CineCríticasEstrenosPortada

RUEGA POR NOSOTRAS. Lo que pudo haber sido. Principio y final.

Daniel Monzón acerca al gran público la existencia del Patronato de Protección a la Mujer, esa institución franquista, entre cárcel y convento, que encerró hasta los años 80 a jovenes incompletas, descarriadas y rebeldes para su re-educación moral.
Ruega por nosotras llega tras varios documentales y reportajes sobre esa colección de reformatorios, donde lo que pudo haber sido aquella convivencia es casi inimaginable. Sin embargo, la ficción de Monzón se dispersa en la estética y clichés, ofreciendo una cinta larga que no logra encontrar el tono ni el ritmo, terminando por ser más un telefilme de campamento y amistad, que el reflejo del relato de aquellas mujeres y el verdadero homenaje que merecen, por mucho que el filme esté dedicado.
Y lo que pudo haber sido una película necesaria, justa y recordable, se queda en una oportunidad desperdiciada que resta importancia al horror y terror vivido. 

Fueron unos centros regidos por monjas y ofrecidos cual refugio, o castigo, para esas chicas que se apartaban del modelo de hija dócil, mujer hogareña y futura madre y esposa sumisa, según los cánones franquistas, que llegaron a perpetuarse durante la inicial democracia con esa reeducación basada en vejaciones, abusos y hasta tratamientos de electroshock como modus operandi.
Dependiendo de la orden religiosa que lo dirigiera, la disciplina era más o menos severa, dejando secuelas en todas estas chavalas rebeldes, abandonadas o embarazadas, que hoy son mujeres de unos 70 años; esas adolescentes completas o incompletas según mantuvieran su virginidad, que encerraban con 16 años y podían salir con 25 cumplidos, aunque no hubieran cometido ningún delito. 

Podían entrar con Franco al mando y salir cuando el rey emérito comenzaba a mandar. Podían ingresar cuando Massiel cantaba el la, la, la y salir cuando Alaska andaba con Los Pegamoides. Podían entrar por ser lesbianas, madres solteras, huérfanas e incluso, por ser víctimas de violación, resultando aun increíble que una muchacha podía ingresar en tal sistema porque cualquiera podía denunciar a una menor de edad, considerada caída o en riesgo de caer “en la mala vida y el pecado”. Pudiendo entonces ser detenida, sedada y aparecer en una ciudad distinta tras unas rejas y en un cuartucho con la puerta cerrada, que sólo se abría cuando “las madres” de habito y velo consideraran que podía juntarse con las otras chicas del lugar, ya fueran “de pago”, las menos, encerradas por su familia, y las de la calle, las más, volviendo al Patronato, aun habiendo escapado, pues no tenia lugar, ni entorno al que acudir. 

En tales centros, a las parturientas se les exigía dar a sus recién nacidos en adopción y las restantes, eran exhibidas en la misa dominical para poder ser elegidas, “encontrar marido y ser buena esposa”. La correspondencia estaba censurada y cualquier tipo de comunicación, incluso hablar entre ellas, estaba prohibida, así que la mayoría no conocía el porqué del encierro de las demás. Muchas se autolesionaban y el suicidio, o el intento, era común en el día a día, siendo enviadas al manicomio de Ciempozuelos, aquellas que no conseguían ser moralmente rehabilitadas. Y todo ocurría bajo el amparo del estado y la iglesia, y con el doctor Varela -el de la trama de los bebés robados- ejerciendo de ginecólogo. 

Cuando las últimas ingresaron, la que escribe hacia la comunión,y cuando salieron algunas valientes se atrevieron a denunciar y revelar lo vivido. Fue el principio del fin para la institución. 

Recopilando las experiencias narradas y los recuerdos revelados en documentales -de obligado visionado- como El Patronatorealizado por Crónicas de La 2 , Descarriadas de J. Sistiaga y por supuesto, Els buits (Los vacíos), sobre el descubrimiento de una joven, la propia directora, de  sus abuelos encerrando a su madre en uno de esos centros, siendo los “vacíos” del titulo los de una memoria tocada por los tratamientos psiquiátricos de la época recluida.
Ruega por nosotras se nutre de todo ello y se inspira en esas supervivientes a través de una pandilla de internas y la amistad surgía entre dos recién llegadas; la de la acomodada familia (Zoe Bonafonte), con estudios y encerrada por su autoritario padre, y la repudiada (Manuela Calle) que no tiene dónde ir. Junto a ellas conoceremos todas las atrocidades, casi todas a la vez y en el mismo centro. 

Envolviéndola del ambiente de la época, más que del espíritu, la cinta con pretensiones de llegar a casi todos los públicos, subraya cada detalle para recrearse, o explicarlo en exceso; ya sea en los diálogos, ya sea en los planos, predicando entre secuencias impactantes, efectistas y esos momentos de violencia y dolor tan necesarios -con muy buenos F/X y maquillaje-. Pero todo resulta demasiado preciosista y un algo esteriotipado, alrededor de ese esmerado diseño de producción que parece de anuncio. Como ese único anuncio, a las afueras, en la carretera que vemos a través de los barrotes de la celda de aislamiento -donde, a veces, no se salía viva-, cambiando según pasa el tiempo y evolucionan las costumbres, esa moralidad y la sociedad, entre el cowboy de Marlboro y la modelo tomando el sol con Nivea. 

Daniel Monzón y Jorge Guerricaechevarría, compartiendo el guión, imaginan como serían las confesiones en el taller de confección para unos grandes almacenes, las clases a las que asistían entre fregar y fregar los suelos, y la travesura de ese cigarrillo compartido entre cuatro con las confidencias de la chavala que ya sabe como funciona el lugar, pues lleva interna desde que era una niña, y con la del pueblo, recluida por un padre al que teme en sus visitas (estupendas, María Gandiaga y Carla Domínguez). 

Sin embargo, tales convivencias debieron ser la excepción y la película resuena a melodrama entre muros de convento y uniformes de colegio, campamento vintage, y telefilme de género con una Rottenmeier como veterana madre priora (Adelfa Calvo) y una cándida monja que antaño fue rebelde, convertida en novicia como única salida (María Cerezuela) -ambas, buenas actrices, defendiendo un papel algo pasadito-. Mientras, de fondo, la canción de Los Diablos que sin duda recordarán con “tú has sido principio y final. El principio de mi nueva vida, el final de mi la soledad”, como metáfora y catarsis del relato, siendo el final de la soledad junto a la amiga y el principio de una nueva vida, soñada, tras poder salir o lograr escapar. 

Ruega por nosotras es un abrazo de amistad y quizás, ese es el regalo del filme para todas esas víctimas que sobrevivieron, gracias a la ayuda de unas y otras. Cuando entraron las últimas, la que escribe hacia la comunión. Y cuando salieron, una ya bailaba a Madonna y Wham! -e insisto en ubicar este pasado tan reciente-. 

No existe un dato oficial de cuántas niñas, adolescentes y jóvenes pasaron por el Patronato entre 1941 y 1985, y las supervivientes siguen esperando respuestas y exigiendo una investigación, mientras van restaurando la memoria que les queda y sus propios traumas, recordando a aquellas que no aguantaron ni consiguieron rehacer su vida.
Sea como sea, y que así sea, Ruega por nosotras homenajea a todas esas chicas del Patronato, emocionándonos por todas las supervivientes que hoy son maduras setenteras, que igual son madres, abuelas, viudas, solteras, esposas e incluso, homeless a la vuelta de la esquina…

Como la mendiga haciéndose un refugio en las puertas del cine, a la salida del pase de prensa.
Y una piensa que igual esa mujer pudo haber sido alguna de las encerradas por el Patronato, alguna de esas chicas que entre tanto horror, no encontró una amiga.

Mariló C. Calvo

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *