El lado oscuro de Bali: donde los muertos descansan bajo las estrellas
Parte de la película de Ryan Murphy Come, reza, ama (2010) se desarrolla en Bali. La entrada de Julia Roberts en Ubud es digna de un folleto de viajes de ultralujo: una postal edulcorada donde la isla se reduce a un edén aseptizado de verdes imposibles y luz dorada permanente. A lomos de su bicicleta y ajena al estado del asfalto o el calor sofocante, la extranjera se desliza entre terrazas de arroz mientras los campesinos locales, convertidos en comparsas mudas y sonrientes, ejercen de atrezo exótico. Es la condensación perfecta del paternalismo occidental: un parque temático místico donde la naturaleza y sus gentes existen únicamente como un bálsamo emocional al servicio de la catarsis del primer mundo. Desde luego, la experiencia dista mucho de la cruda y fascinante realidad que esconde el cementerio de Terunyan.
Bali es uno de esos destinos cuyo nombre evoca de inmediato playas de postal y una espiritualidad prefabricada a la medida del viajero occidental. Son, precisamente, los tópicos de los que huyo en cada viaje. La llamada Isla de los Dioses atesora un legado histórico, artístico y cultural inmenso que deseamos conocer y que describimos en detalle en nuestra WEB; sin embargo, hoy no toca hablar de eso. En este artículo vamos a desgarrar esa capa amigable para sumergirnos en el reverso más oscuro y ancestral de un rincón remoto de la isla, adentrándonos en el lado oscuro de Bali: donde los muertos descansan bajo las estrellas.
Bajo la sombra del Batur: Geografía de un cataclismo
El Lago Batur se encuentra en el nordeste de Bali y es fruto de una violenta erupción volcánica relativamente reciente, de hace unos 29.000 años. El cercano Volcán Batur nos recuerda que estamos en el Cinturón de Fuego del Pacífico, y la pequeña población de Terunyan, a orillas del lago, nos devuelve al pasado animista de la isla, antes de que el hinduismo se impusiera como religión dominante.

Cruzando las aguas sagradas: El difícil acceso a Terunyan.
Llegar a Terunyan no es precisamente fácil; pese a que existe una carretera, la forma más sencilla para llegar es a través del lago. Tras regatear con el «mafias» que controla las embarcaciones, conseguimos fletar una frágil lancha junto con locales que conocen bien la ruta hacia el cementerio de Terunyan.
El trayecto hasta la población vale por sí solo el coste del transporte; el omnipresente volcán nos muestra amenazante las coladas de lava de su última erupción en el año 2000.

Desembarcamos en Terunyan y la impresión es bastante decepcionante: una población deprimida sin demasiado que ver. En realidad, no nos hemos desplazado hasta aquí para visitar el pueblo; nuestro objetivo es un lugar muy concreto a un kilómetro: Kuburan Terunyan, el famoso cementerio de Terunyan.
Más allá del hinduismo: el ancestral y desconocido mundo de los Bali Aga
Los habitantes de Terunyan pertenecen al grupo étnico Bali Aga, descendientes directos de las migraciones prehistóricas que poblaron la isla antes de la influencia de los reinos javaneses y de la llegada del hinduismo. Aunque hoy en día se adscriben formalmente esta religión, practican una fe antiquísima con profundas raíces animistas.
Regresamos a la barca y, después de una breve travesía, atracamos en Kuburan Terunyan, el auténtico propósito de este viaje. Tras caminar unos pocos metros, nos topamos con dos figuras tiradas junto al muro, un anticipo de lo que aguarda tras cruzar la puerta del recinto: uno de los vestigios antropológicos más fascinantes y mejor conservados del Sudeste Asiático.

Kuburan Terunyan: El ritual funerario donde los muertos no se entierran.
A diferencia de las famosas y multitudinarias cremaciones del hinduismo balinés, aquí en el cementerio de Terunyan los difuntos no se incineran ni se entierran, sino que se colocan directamente sobre la superficie del suelo, a la intemperie. Pero esta práctica no se aplica a todos: está reservada exclusivamente para los casados que han fallecido por causas naturales.
Tras el deceso, el cuerpo es lavado ritualmente con agua de lluvia y vestido con telas tradicionales de algodón blanco. El traslado del difunto y de los dolientes debe realizarse de manera obligatoria por agua, a bordo de una barca. El cuerpo se deposita entonces horizontalmente sobre la tierra, bajo la sombra protectora del árbol Taru Menyan (cuyo nombre significa literalmente «árbol de agradable fragancia»).

Para evitar que los animales —como perros o aves de rapiña— profanen los restos y para resguardarlos de la intemperie, se coloca sobre cada difunto una estructura cónica o triangular hecha de varas de bambú trenzado llamada ancak, que actúa a modo de pequeña jaula individual.
El misterio del Taru Menyan y la ausencia de olores
Este cementerio al aire libre cuenta con un límite estricto de espacios disponibles, tradicionalmente fijado en siete u once ancaks simultáneos. Cuando se produce un nuevo fallecimiento y todas las estructuras están ocupadas, los restos más antiguos de ese sector son retirados con rezos y profundo respeto: los huesos se trasladan a una plataforma de piedra adyacente o a la base de las raíces del árbol principal, liberando así espacio para el recién llegado.

Lo cierto es que la impresión al adentrarse en el recinto del cementerio de Terunyan es la de estar en una especie de vertedero, donde los restos humanos se mezclan con ofrendas, cuencos y otros objetos depositados durante las ceremonias.

Sin embargo, algo en lo que insisten todas las crónicas es una realidad casi imposible de creer hasta que se experimenta: pese a la acumulación de restos en diversos grados de descomposición, no hay rastro de olor. Se crea o no en la reencarnación, lo único indiscutible al constatar este fenómeno es que el Taru Menyan cumple con creces su legendaria misión purificadora en este rincón donde los muertos descansan bajo las estrellas.
