El Complejo Científico de Orgov: Un viaje a las ruinas espaciales soviéticas en Armenia
El segundo episodio de la miniserie Chernobyl (HBO, 2019) muestra una relación peculiar. La producción de Johan Renck y Craig Mazin sintetiza la compleja convivencia entre la ingeniería soviética y la naturaleza.
En la escena, un vehículo avanza por una carretera solitaria entre pinos. La monotonía del bosque se interrumpe de golpe. A través de las ventanillas aparece una geometría totalmente ajena a ese entorno natural: una muralla metálica colosal. La super estructura supera con creces la copa de los árboles.
Al acercarse, el encuadre revela la magnitud del lugar. Un entramado de antenas de 150 metros se extiende bajo una luz fría y ténue. El automóvil avanza en silencio bajo esta mole de hierro. La herrumbre deja al descubierto una infraestructura gigante, totalmente aislada en mitad de la nada.

Pragmatismo post soviético.
En la entrada del Complejo Científico de Orgov encontramos una barrera junto a una garita. La conversación con el guarda fue corta. A los armenios les gusta ir al grano, sin florituras ni ornamentación inútil.
– ¿Qué quieren?
– Queremos pasar a echar un vistazo.
– ¿El permiso de Ereván…?
– No, pero ¿podemos tramitarlo con usted?
– Si sois buenas personas, sí.
Esta breve charla y 3.000 drams bastaron para acceder a un lugar increíble y distópico. Estaba apunto de comenzar una de las visitas más fascinantes que he realizado.
Del sueño cósmico al olvido: Historia del Complejo Científico de Orgov
La estrecha carretera nos hace avanzar unos metros en el espacio, pero varios lustros en el tiempo. Nos dirigimos hacia los restos oxidados del pasado soviético armenio. Nos encontramos en el Complejo Científico de Orgov.
Sus edificios fueron la punta de lanza de la investigación espacial soviética. Hoy languidecen en las laderas del monte Aragats, a 40 kilómetros de la capital, Ereván.

Este centro nació a mediados de los años setenta. Fue un ambicioso sueño de la astrofísica soviética, ideado por el físico armenio Paris Heruni. Las instalaciones vivieron su época dorada durante la década de 1980. Combinaban la observación por radiofrecuencia y la óptica con una precisión inédita. El objetivo principal era rastrear ondas cósmicas.
Sin embargo, en 1991 colapsó la Unión Soviética. Además, Armenia sufrió una severa crisis energética durante los años noventa. Estos factores cortaron los fondos de mantenimiento y paralizó las investigaciones. En 1995 el complejo cerró sus puertas definitivamente. Sus instalaciones punteras quedaron a merced de los elementos.
Atrapar la luz del sol: El vanguardista concentrador solar de Orgov
Al llegar a la estructura metálica de lo que un día fue este centro, tuve una certeza. Aquella mole oxidada colapsaría pronto, tal y como lo hizo el país que la construyó.
El acceso, por una escalera invadida por la vegetación, lleva a un experimento puntero: un concentrador termoeléctrico solar. Heruni lo ideó para capturar y concentrar la energía del sol. Sin duda, un objetivo pionero para su época.

La estructura es una gran armadura metálica inclinada. Sostiene en su entramado los restos de miles de paneles reflectantes. Muchos espejos se han desprendido por las heladas y el viento, dejando a descubierto sus costillas de hierro oxidado.
Los cristales que aún resisten reflejan de forma fragmentada el cielo armenio. Quedó abandonada a medio construir tras el colapso soviético. Hoy es el recuerdo de un proyecto científico de primer orden.
La celosía que soporta el concentrador mide 50 metros de diámetro. Alcanza los 40 metros de altura sobre el terreno. Posee una pasarela perimetral de servicio que nos llamaba a gritos. Caminar sobre varillas oxidadas transmite una gran inseguridad. Eché en falta un arnés de seguridad.

Desde aquí se divisa el cercano Radio Optical Observatory ROT-54. Está mucho mejor conservado y lo visitaremos al descender de esta estructura roñosa.
El gigante dormido que escuchaba al cosmos: Radiotelescopio ROT-54
Aún fascinado, conduzco los escasos metros hasta la otra gran infraestructura: un enorme radiotelescopio. El objetivo de este instrumento era extremadamente ambicioso para su época. Permitía observar el cosmos en dos longitudes de onda simultáneas. Para ello, combinaba un gran radiotelescopio con un telescopio óptico central.

Hasta entonces, la radioastronomía exigía enormes antenas móviles. Pesaban miles de toneladas, resultaban ineficientes y se deformaban bajo su propio peso. Heruni tuvo una idea brillante para evitar mover una antena de 54 metros. Era una tarea casi imposible por su peso.
La solución pasó por encajar la estructura de forma fija en una excavación realizada en el terreno. La genialidad residía en que sólo era necesario mover un espejo secundario más pequeño, colgado en el centro. De este modo, podían seguir el movimiento de las estrellas con mayor facilidad.
Relojes detenido y utopías olvidadas: La sala de mando de Orgov
A diferencia del concentrador solar, el radiotelescopio está prácticamente intacto. La mayor sorpresa fue el centro de control. Parecía, simplemente, listo para funcionar.

Este lugar era el cerebro operativo del complejo. Desde sus consolas se enviaban las órdenes para mover el espejo secundario y apuntar diferentes zonas del firmamento. Sus ordenadores analógicos procesaban señales de radio del espacio profundo. También coordinaban el telescopio óptico y regulaban el funcionamiento del conjunto. Todo se realizaba con el romántico objetivo de comprender mejor el cosmos.
Dos detalles de la sala anclaban el lugar en un momento histórico concreto. A la derecha destaca un mural de estilo realista socialista. Fusiona ciencia, mitología, patrimonio armenio y naturaleza. Muestra el monte Ararat, pese a estar en territorio turco. También aparece la única central nuclear del país. No falta la granada, fruto tradicional que simboliza abundancia y fertilidad.

En el lado opuesto, en lo alto de la pared, luce una hilera de relojes. Eran visibles desde cualquier punto de la estancia. Indicaban diferentes husos horarios: Moscú, Ereván, Belgrado… Todos se detuvieron hace más de 30 años, en 1995. Ocurrió cuando la humanidad dio por terminado el experimento social de Karl Marx.

Más allá de Orgov: Un viaje por las huellas soviéticas de Armenia
Orgov no fue un caso aislado en mi ruta. A lo largo de mi periplo por Armenia, pude visitar otros fascinantes restos de la época soviética.
El país conserva un patrimonio único, heredado de la Guerra Fría. Mi itinerario incluyó desde estaciones de investigación en alta montaña hasta complejos turísticos y salones de congresos abandonados. Cada uno de estos lugares refleja una era marcada por la ambición científica y social. Recorrer estas ruinas permite sumergirse en las entrañas de un imperio extinto. Sin duda, estas huellas congeladas en el tiempo convierten a Armenia en un destino imprescindible. Es un viaje fascinante para los amantes de una época que, pese a su cercanía temporal, nos resulta ya muy lejana.

