ESTA SOLEDAD. Ese desamparo compartido
Javier Giner se estrena en el largometraje con un filme irregular y un relato sostenido por sus interpretaciones, entre el realismo social y el cine de autor, alrededor de un Bilbao algo vintage. Después de su debut con la exitosa serie Yo adicto, basada en su propio proceso de desintoxicación, Giner vuelve a indagar en la intimidad -con un guión menos autobiográfico pero aun personal y co-escrito junto a Luisa Matienzo- para hablarnos de duelo, ausencias y traumas familiares desde la ruptura de una pareja.
Alrededor de un recurrente cartel de “Función de noche” -extraordinario filme precursor del metateatro y cualquier reality-, cual guiño a la intimidad que se hace pública -esa intimidad que tanto le gusta tratar a Giner-, asistimos al desamparado que queda tras el final de una relación. Y conocemos al par por separado, contemplando sus vidas entre la precariedad emocional, laboral y de vivienda -que marcan estos tiempos que no dan para madurar-, mientras van enfrentando la ruptura a su manera, según sea él (Oriol Pla) o ella (Marina Salas).
Ella es una niña bien, indómita, con un libro publicado y participando en el club lectura de la cárcel para creerse escritora. Y él, un actor trabajando de dependiente, centrado en un dolor mayor ante el declive de su padre y redescubriendo a una madre ausente, transformada. Entre tanto, la vida sigue empujándolos a huir o evitar atender al dolor, apareciendo otros personajes con los que ella va llenado el vacío, unas nuevas compañías que no le van nada bien. Mientras él pasa las noches cual enfermero del padre y actuando con una nariz de payaso.
Y así comienza Esta soledad, mostrando una pieza teatral del propio Pla -el regalo de la película- que se repite durante todo el metraje, demostrando el pedazo de actor que es -siendo imposible dejar de mencionar su papel en Yo adicto, encarnando el alter ego de Giner, así como sus personajes sobre las tablasen el montaje de Gula y por supuesto en Travi, ese excelente homenaje familiar al oficio de cómicos y cómicas ambulantes-.
Poco sabemos del pasado de la pareja y aquello que conocemos es a través de las cajas tiradas a la basura a que, junto a fotos y libros en maletas, van exigiendo al espectador completar esa historia que pudo ser y poner ganas en lo que va sucediendo en un Bilbao como anclado en los años 90, que parece reflejar el desamparo compartido de esta contemporaneidad.
Oscilando entre una naturalidad abrupta y una intensidad que resulta algo distante, sus protagonistas terminan revelándose cual hijo y una hija necesitando a una madre. Y entre el miedo al abandono y las ausencias ahí están esas madres sosteniendo también el relato, donde encontramos a Itziar Lakano, Kai Etxaniz y Gemma Martinez encarnando a la distante, la que abandona a su pesar y a la que no se le permite ejercer como mamá, siendo finalmente la esencia de Esta soledad;, esa figura materna salvadora que nos libra del caos -e igualmente aparecía en Yo adicto-.
Esta soledad atraviesa conversaciones y planos notables -como la charla del gerente de supermercado, las clases y funciones de payaso, la despedida del padre frente al mar, la visita a la cárcel, la expresa descubriendo su vida “de novela”, el reencuentro final entre cristales… Sin embargo se pierde en imposturas siguiendo una narración por pulir, que escapa de la emoción y se apoya en demasiados secretos enmarañando lo que contar.
Mariló C.Calvo
