GHOSTLAND: Tierra de muñecas

Ghostland debería haberse titulado Dolland, es decir, en lugar de Tierra de fantasmas, Tierra de muñecas, y con el juego de palabras de acortar una ele de las tres que sumarían Doll y Land por separado. Porque el primer título, el que la película realmente tiene, es sutil por mucha referencia que haga a lo que ocurre en el film, pero el segundo sería mucho más adecuado por la auténtica naturaleza del mismo, la de la película malsana que es.
Y afirmar que Ghostland es malsana no es algo negativo. Lo sería en sí mismo porque nadie quiere ver cine malsano y oscuro estando en sus cabales, no es algo que se mire con buenos ojos, pero si pensamos en la cantidad de películas que dejan mal cuerpo mientras las estamos viendo y que son imprescindibles dentro del género, ahí ya no nos sentimos tan mal. Y las hay.
¿Acaso La matanza de Texas, La casa de los 1000 cadáveres o La residencia no son malsanas? Y son películas que un cinéfilo no se puede permitir pasar por alto. No estoy afirmando que Ghostland sea un film que todo amante del cine deba ver, eso el tiempo lo dirá, no podemos, por mucho que las prisas con las que está de moda calificar una película de obra maestra instantánea, o de culto, que son las obras maestras alejadas del éxito, instiguen a etiquetarla ya como imprescindible, pero su premio Paul Naschy en Nocturna 2018 como mejor película del certamen, y al mejor director en el mismo, ya le da un empujón hacia ese territorio.
Lo que sí aseguro es que la atmósfera de película, asfixiante, oscura y enfermiza, recorre los fotogramas de Ghostland como lo hace en los títulos antes citados y nadie discute hoy que se trate de cine que, aún advirtiendo sus características tétricas, se considere imprescindible que un cinéfilo los tenga controlados.

La casa de GHOSTLAND está llena de muñecas
La casa a la que llegan las protagonistas de GHOSTLAND está llena de muñecas antiguas

Dicho esto, vamos a adentrarnos en Ghostland, que comienza con la llegada de una madre y sus dos hijas a una preciosa casa que acaban de heredar y se enfrentan, en su primera noche en ella, a unos seres que las atacan brutalmente.
Dieciséis años más tarde, Beth (Crystal Reed) recibe una llamada desesperada de su hermana Vera (Anastasia Phillips), que sin esperar a una respuesta le pide ayuda, con un pánico palpable, por vía telefónica.
Al llegar a la casa todo parece tranquilo, su madre (Mylène Farmer) la recibe con las ansias de quien no ha visto a su hija en años, enfrascada en su exitosa carrera literaria… pero lo que inicialmente es una maravillosa vuelta al hogar, se transforma en breve en la pesadilla que hemos ido a ver.
La casa de muñecas que atisbamos en un principio adquiere la auténtica dimensión que el film tiene diseñado, y es entonces cuando la oscuridad del relato florece en toda su crudeza y los espectadores más sensibles pueden verse perjudicados por ella.
Pero claro, estamos hablando de un film de Pascal Laugier, director de la controvertida Martyrs, película que data de hace 10 años pero que debido a su intensidad aún no ha visto la luz en las pantallas de nuestro país.
Ahora, con Ghostland, Pascal sí va a lograrlo, a pesar de que tampoco sea una película fácil de ver. Pero no todo es perfecto en ella, también tiene sus momentos irrisorios, como ese encuentro con cierta figura mítica de la literatura universal que la película presenta de tal modo que uno no sabe si Laugier nos está tomando más el pelo con la intervención o con la caracterización de la misma.

Beth y Vera, las hermanas de GHOSTLAND
Beth (Crystal Reed) y Vera (Anastasia Phillips), las hermanas de GHOSTLAND

Lo que verdaderamente no le sienta bien a Ghostland para acabar siendo una película redonda es la mezcla de fantasía y realidad con la que está confeccionada. Porque resulta demasiado confusa hasta que se arma totalmente el puzzle. Y no es que sea negativo tener que esperar a que las piezas se expongan del todo, es que puede que unos espectadores se adelanten y al adivinar el truco ya no les resulte interesante lo que vayan a contarles o que otros tarden demasiado y para entonces ya hayan desconectado de una película tan retorcida.
Pero lo cierto es que al juntar los datos en su totalidad la cinta adquiere un sentido aún más macabro porque todo está pensado para que el mundo horrible que plantea, al que las dos hermanas se ven abocadas a vivir, sea lo más liviano posible, y resulta incluso inspirador que en medio del infierno se pueda plantear un poco de aire fresco.
Con el tiempo sabremos si Ghostland entra en la lista de películas imprescindibles dentro del género, pero por lo pronto ya se ha ganado su sitio en la de las que hay que ver para posicionarse entre quienes la apoyan como una gran película y aquellos que no la recomendarían nunca.
Quien esto firma está del lado de los que la defienden como una apuesta más que digna dentro de un cine morboso que nos saca del universo del clásico asesino en serie que persigue a jovencitos por pasillos, escaleras o bosques nocturnos y nos adentra en otro al que estamos menos acostumbrados como espectadores. Por eso nos resulta más oscuro y nos produce más rechazo. Como si un asesino en serie no lo produjera de por sí, pero es lo que tiene la costumbre: cuando el cine abusa de ciertos estereotipos los tenemos más asumidos.
Ghostland es una propuesta menos vista, aunque no sea innovadora, pero el mero hecho de que su resolución, y buena parte del camino a ella, haya sido menos utilizada en el cine, hace que nuestro subconsciente se niegue a aprobarla con más facilidad. Y lo cierto es que como género de terror es igual de válido que el más manido. Sus elementos funcionan con la misma eficacia. Y se nos meten en la mente con la misma agresividad.
Ahora que Ghostland llega a las pantallas es el momento de descubrir, para quienes no se hayan acertado al cine de Pascal Laugier, a un autor que cada vez cuenta con más seguidores por su forma de acercarse a la violencia, tanto física como psicológica, que ofrece productos que no están dentro de los estándares habituales, algo que siempre es de agradecer, que un director no se quede en el territorio fácil y que aunque no guste a todos se arriesgue a contar lo que pocos mostrarían.

Silvia García Jerez

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *