El faro: la vertiginosa ascensión de Robert Eggers.

Un ejercicio singular e interesante, que ya desde su primera secuencia consigue retrotraernos a esa recóndita y perversa isla de Nueva Inglaterra. Una inmersión que surte efecto gracias, sobre todo, a la sobresaliente puesta en escena, que logra combinar a la perfección con el blanco y el negro de la imagen, y con una proporción de 4/3. Gracias a esto, se dota a la cinta de una sensación claustrofóbica, que hace hincapié y favorece al aislamiento y a la soledad de los personajes.

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