LA BOLA NEGRA. El estallido de una obra maestra.

La bola negra es una obra maestra, de principio a fin. Rotunda en todo momento. Sutil y bella, en cada plano. Gozando de una excelente produccción, unas interpretaciones que conmueven hasta el tuétano y una narración que atraviesa la emoción en la triada de su metraje. Sin duda, Los Javis han creado una película histórica –para representarnos en los próximos premios Oscar– que merece cada uno de los galardones ya ganados -mejor dirección en Cannes y la elegida por el público en el festival de Toronto y en Zinemaldia-, más todos aquellos que llegarán.
Tan poética como ver nevar en verano y tan brutal como cualquier guerra, La bola negra muestra nuestras raíces y nuestro presente, para para soñar un futuro. Y abriendo un tríptico de historias -a cual más fascinante, sexy, aterrador y compasivo relato-, el filme no sólo luce por la espectacularidad de sus imágenes y un reparto en estado de gracia, también por alzarse como un profundo canto a la vida y al amor, siendo en esencia una elegante reivindicación queer cual homenaje y recordatorio de quienes antaño sufrieron por su condición sexual y lucharon por sus libertades, transcendiendo de la temática gay a gran acontecimiento, aun con esa promoción en rosa y por doquier que pudiera restar a algún publico de entender qué es La bola negra. 

Partiendo de La piedra oscura de Alberto Conejero, una pieza teatral que recupera un manuscrito inacabado de Federico García Lorca y la relación con su último amante, Los Javis entrelazan una triada de relatos en tres tiempos (1932, 1937 y 2017), contando aquello que no se quiere ver o se tiene (tenía) que ocultar, incluso siendo un secreto a voces… Y a través de un tríptico con un acertadísimo lenguaje visual para cada época, el filme señala el discurrir de las vidas de tres muchachos enfrentándose a su identidad, a su entorno y a una guerra -la nuestra y la interna-, revelándonos la verdad de esas personas que hacen la Historia más que los hechos y las fechas de memoria colectiva. 

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La bola negra siembra un poderoso simbolismo donde todo tiene significado, creando capas que a través de una soberbia fotografía, recrean recuerdos y vivencias pareciendo ser cuadros paisajistas o instantáneas costumbristas, de ayer y de hoy, junto a un sinfín de detalles y guiños de quienes saben mucho de cine, han visto mucha televisión y absorbido mucho teatro. Ese dúo Ambrossi-Calvo con un talento inconmensurable que -nos conquistó con Paquita Salas, sorprendió en La llamada, deslumbró con Veneno y rozó la genialidad en La Mesías- sin plagiar ni copiar, logrando apropiarse de un estilo que estalla ahora en La bola negra.
Y mientras, se permiten jugar a ser Almodóvar, quien produce y con quien se bromea en la historia más actual, donde Lola Dueñas domina el oficio en un personaje ya visto y algo desfasado, pero cargado de ternura. Similar al que encarna Penélope Cruz animando a las tropas en el relato de los heridos y soldados, con ese regalo de cupletista que se lleva la frase del filme (travesti es “la fantasía de la posibilidad de ser”). Claro que verla de gachí y cual Marilyn trans sobre una tanqueta es pura fantasía. También cuando Glenn Close aparece encarnando a una ficticia historiadora, convertida así en el mejor hispanista, mujer, y hablando en castellano.

Tan coral como equilibrado, La bola negra no escatima en intervenciones breves ni en secundarios de lujo, y completando un extenso reparto cabe destacar a Mona Martinez, de doblete, como anciana misteriosa y de enfermera abadesa en el hospital de Santander, y a María Morales como esa madre que le recomienda a su hijo irse a Madrid y olvidar esa bola negra que empieza a rodar. Mención especial también para Antonio de la Torre, de padre y socio en el Casino, y Albert Pla, de militar durante una comida memorable. Sin embargo, son otros hombres los protagonistas absolutos del filme.

Empezando con ese magnífico debut en la gran pantalla de Guitarricadelafuente -quien además interpreta el tema principal de la banda sonora-, logrando transmitir la vulnerabilidad, el miedo, la compasión, el desconcierto, la pérdida y la curiosidad que encara en cada plano plano, con esos ojos llenos de dulzura y sus enormes pestañas. Y desde el mismo comienzo de la película, en esa fiesta y tragedia acompañada del Soldadito español que cantado con voz de mujer, pasa a ser coro masculino cuando empieza el viaje del héroe, el camino de ese trompetista soldadito español, soldadito valiente, que huye y trepa por un descomunal San Sebastián apoyándose sobre sus flechas.

Cartrl la bola negra


En el relato más antiguo que da el título al filme, encontramos a ese otro chaval (fantástico, Milo Quifes) deseando entrar en el casino para hacerse un hombre, mientras esquiva la homofobia más radical que le ha tocado vivir, la mirada a los marineros de postal con los que se cruza y la de los señoritos que le señalan. Enamorándose entre las charlas con sus amigos y seduciendo(nos) en ese baile clandestino que es la secuencia más surrealista de la película, donde Los Javis arriesgan en otro código alcanzando lo sublime con la escena en la nieve, una genialidad que deja sin palabras y llega al alma.

Cerrando triada y tríptico, vemos el reflejo de la homosexualidad más contemporánea, la más libre, correspondiendo al personaje de un joven historiador (estupendo, Carlos González) investigando el mariconeo y lo lumpen en los años 20 del siglo pasado, quien descubre a la par su verdadera historia familiar junto a la moderna del pueblo y una madre drogata muy de los noventa -esa Dueñas y ese espírit almodovariano-.
Por último -y no menos relevante-, el nexo final que es puente y destino, siendo ese herido y preso que habla de teatro y poesía (extraordinario, Miguel Bernardeau), o siendo ese enemigo al que le da miedo la sangre que igual brota por su espalda.

La bola negra avanza entre una contunden narración y una colección de metáforas visuales que se quedan en la retina y más adentro, como impregnadas; ya sea con todo lo que ocurre en el casino bajo una gran lámpara de araña, ya sea durante la guerra entre los bombardeos y un caballo negro que al galope se escapa, ya sea en el hospital con un enorme cruifijo caído y un mural reciente pintado que reza En España empieza amanecer… Ese amanecer de jóvenes en el carpe diem de la vida, de soldados celebrando su cuerpo y su día de descanso a la orilla del mar, cuando en un acantilado cercano se citan de paseíllo curas, fusiles y los otros soldados. En ese amanecer cuando una carta vuelve leerse, y se encoge el corazón, entendiendo entre la ficción y la realidad de una Cantabria y una Granada donde puede nevar en verano, que un muchacho se enamore de otro. De aquel que escribe esas cartas. El mismo que cuenta el drama de unas vecinas que son unas hermanas encerradas, que lleva su Barraca itinerante por los pueblos de España. Aquel que dicen es el poeta de la luna… Y es entonces cuando Lorca se hace presente -en una conmovedora secuencia- abarcando todo el sentido del filme, y dejando ese legado que puede cambiar realidades arañando la tierra para que surjan otras historias, como las de esos hombres… 

La bola negra duele. Es el estallido de una obra maestra, Bella, poética y brutal. Rodando y convirtiéndose en algo único e irrepetible. Un hito cultural, transversal, generacional y patrio, que debería verse -al menos- una vez en la vida. 

Mariló C. Calvo 

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