DIGGER: Se levanta el telón…
y aparece Tom Cruise caracterizado como un anciano en la enorme cama de su lujosa habitación. La película se titula Digger, pero no es el inicio de un chiste sino el comienzo del nuevo trabajo de la mayor estrella de Hollywood en activo, con permiso de Brad Pitt, de quien también acaba de llegar En el corazón de la bestia a la cartelera, pero a Cruise lo conocimos antes y por eso ostenta un prestigio previo que lo consolida con más solera.
Digger también es la nueva película de Alejandro González Iñárritu como director y guionista, un genio controvertido que nos ha ofrecido más aciertos –Amores perros (2000), 21 gramos (2003), Biutiful (2010), Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia) (2014) o El renacido (2015)- que errores –Babel (2006) o Bardo. Falsa crónica de unas cuantas verdades (2022)-, de entre las cuales sólo es guionista a partir de la penúltima citada, ya que de las anteriores el responsable fue el extraordinario escritor Guillermo Arriaga.
La película anterior a Digger fue realmente insufrible, pero después de una trayectoria en la que apenas hay títulos reprochables para quien los defiende, ya que Iñárritu provoca reacciones muy extremas, a favor o en contra, hay que darle una oportunidad con su actual estreno, sobre todo cuando viene de la mano de un Tom Cruise que lleva unos cuantos años dedicado únicamente al cine de acción, así que verlo regresar al drama, aunque vestido de comedia a modo de sátira feroz de la Norteamérica contemporánea es, cuanto menos, interesante. Como espectador, y como admirador de un profesional que se deja la piel en cada producción en la que interviene, uno se pregunta qué ha visto en un proyecto tan curioso como para meterse de lleno en él.
Y, como pensamos que la mejor manera de explicarlo es analizándola a fondo, advertimos que a partir de aquí vamos a contar cuanto entendemos que es necesario para su completa comprensión, por lo que quien no desee saber lo que no conviene hasta haberla visto, si tiene pensado verla, le recomendamos que vuelva más adelante a este mismo texto.
Digger es, ante todo, una película valiente. Muy valiente. Una sátira excesiva de una Norteamérica dirigida por unos pirados que toman las peores decisiones posibles tras reuniones surrealistas en las que nada tiene sentido para el buen devenir de una humanidad que está, irremediablemente, en sus manos. Y es que en ella, Digger Rockwell, el hombre más poderos del mundo gracias a sus prospecciones petrolíferas, comete el error de no hacer caso a un subalterno que le dice que está a punto de ocurrir una catástrofe en Groenlandia, desde donde le avisa, porque un glaciar se ha separado diez metros y… el gigantesco iceberg va recorriendo su camino hacia Europa, directo a inundarla. Digger se niega a cerrar la plataforma, pero es igual, ya es tarde para eso. Por mucho que se reúna con el Presidente Compson (John Goodman) y el resto del Gabinete, no parece que haya ninguna solución factible al desastre que se avecina. Así que Digger decide que si no puede controlar la naturaleza, controlará la narrativa, y ésta asegura que no se podían, pueden o podrán cerrar los pozos petrolíferos, porque gracias al petróleo todo funciona y si no funcionara la gente no sería feliz.
Una sátira sobre un gobierno negacionista del cambio climático, con un protagonista que se dedica a enriquecerse con el petróleo que no deja que nadie le dé consejos… suena a crítica feroz al inquilino de la Casa Blanca. Tom Cruise nunca se ha posicionado políticamente, ha ayudado a las campañas electorales de ambos partidos porque debido a la temática de sus películas debe llevarse bien con todas las administraciones e instituciones como la N.A.S.A., por lo que para no significarse incluso ha rechazado invitaciones específicas de mandatarios, caso del que ahora mismo gobierna su país. Pero Iñárritu, director mexicano, sí ha expresado opiniones claramente a favor del partido Demócrata, tales como mostrar empatía por los inmigrantes, criticar los abusos de poder o la falta de igualdad a la que lleva el sistema capitalista. Uno escribe y dirige el guión que la estrella interpreta. Pero una vez que interpretas algo tan extremo también te expones.
Un tándem perfecto para llevar al público al cine. Y para que éste salga descolocado, ya que Digger es una de las películas con proyección comercial más extrañas que se hayan visto en una sala. Y prueba de eso es que aunque se levante el telón en el primer plano de la película y veamos un decorado majestuoso con una habitación lujosísima y Tom Cruise interpretando a un magnate avejentado con un maquillaje tan excesivo como cuanto lo rodea, muchos espectadores no se darán cuenta de que están ante una obra de teatro hasta que no vean caerse un árbol en medio de la pantalla y un operario salga a escena desde las bambalinas a intentar arreglarlo y, por lo tanto, a pedir un tiempo de descanso en el ensayo. Pero es que ya nos habían contado al principio que estábamos viendo una ficción dentro de otra ficción.
Hay muchos detalles en Digger que pasan desapercibidos debido a lo excesiva que es. La risotada al chiste machista de que no haya mujeres en la sala de reuniones del Presidente, el gato clonado en referencia a otro mandatario que hizo lo mismo con su perro, la bandera en el interior de la chaqueta de uno de los miembros del equipo de Digger, ese monólogo emitido desde un escenario a modo de hemiciclo inspirado en un foro romano, o esa imagen de nuestro protagonista con su séquito tocándole el hombro y rezando en su despacho… esa nos suena, ¿verdad?
Todo muy de machos. Que se note la hombría y, sobre todo, quién manda aquí. Aunque el mundo se esté desmoronando. Pero América es la más grande, la más importante, la primera de todas y la Nación gracias a la cual las demás son felices. Y la única que es capaz de arreglar lo que ha estropeado. O no…
Digger es un sí y un no a la vez. Cuanto vemos en ella repele y resulta fascinante. Al mismo tiempo. Porque es complicado que todo en ella provoque el rechazo que consigue provocar, y está claro que es algo buscado porque lo que retrata es, un mundo que ni a ellos les gusta ver. Pero que entienden que la actualidad es tan grotesca que requiere retratarla de igual manera.
El conjunto es tan excesivo que pueden perderse las grandes minucias, los detalles que son los que construyen el universo en el que Digger se mueve, en su reino sin tacha en el que todo es fabuloso y todo va bien porque en su cabeza el mundo funciona como él lo la diseñado gracias a su dinero. Aunque en realidad todo va mal por su culpa, una barbaridad de mal, semejante a su figura.
La película también es excesiva en cuanto al trabajo de dirección artística, vestuario o maquillaje. Descomunales juntos y por separado. Incluso la manera en la que Alejandro González Iñárritu los retrata en la pantalla, con esos contrapicados para darle importancia a todo, para realzar la irracionalidad de sus personajes, con esas ópticas que distorsionan la imagen y la saturan, esa fotografía que convierte cada plano en un cuadro. Tan excesivo que acaba agotando. Y repeliendo, de nuevo. Resulta todo muy cargante. Porque está recargado. Esa es la intención y lo consigue.
Digger es consciente de su magnitud. Y de hecho así se expresa en varias ocasiones por parte de diferentes personajes. Que es una horterada, que es terrible, molesta. Lo es. Y aún así, no deja de ser carne de película de culto. El tipo de película de la que se reniega pero que en realidad todo el mundo quiere ver para comprobar si además de su trailer el resto del film es tan repulsivo. O si Tom Cruise está tan bien como suele. Y lo está, pero en un registro muy cargante y con un maquillaje que no es del agrado del cine comercial convencional, por lo que sus posibilidades de ganar el Oscar en competición, más allá del Honorífico que recibió el año pasado, se le complican.
Por encima de eso es una película inteligente, en su fondo y en su forma, en sus intenciones y sus resultados, que nos da uno de los mejores finales que hemos visto en años, un final que te deja helado en el asiento… si es que la gente en cuanto vea que empiezan a aparecer los créditos no se levanta pensando que ya ha acabado y se da cuenta de lo que está sucediendo ante sus ojos. Mucha atención a lo que ocurre en esa escena en la que parece que todo ha terminado pero siguen pasando cosas, Iñárritu nos continúa dando información con ese Estado de Sitio que se ha creado después de la inundación del iceberg que, en efecto, iba camino de destruir el mundo que conocíamos, con esos aviones que sobrevuelan la ciudad y ese militar que dispara a quienes desobedecen el nuevo orden establecido. En efecto, remata así uno de los trabajos más controvertidos de su carrera. Tal vez el que no le permita seguir haciendo películas debido a su fracaso. O el que lo convierta en un autor de culto que lo mantenga en la industria con otra mirada, la del director que defiende su visión frente a la marea que hace lo posible por llevárselo por delante.
Silvia García Jerez


