MANUEL MARTÍN CUENCA, el gran observador y buen ladrón

Yo no hago cine social, hago cine contemporáneo

Estuvimos con el director Manuel Martín Cuenca y la mayoría del reparto de El autor, además de encontrarnos con el cantautor Jose Luis Perales, quien se ha encargado de la banda sonora del filme.

En la cinéfila librería 8 y1/2 de Madrid, frente a los cines Golem, la cita con la prensa se prolongó hasta la comida, pero allí estuvimos tan ricamente, charlando, ya que en cada foto, en cada ronda de preguntas, se respira diversión y compañerismo.
Y las entrevistas se convirtieron en buenas conversaciones.
Quizá todo resulta más relajado cuando se trata de una película que sólo ha recibido buenas criticas, pero también se nota la satisfacción del trabajo bien hecho que emana todo el equipo.

Empezamos por Martín Cuenca, que vuelve a dar en el blanco.

El director andaluz, gran creador de ambientes y personajes, ha sabido siempre elegir un buen reparto y descubrirnos más de los espacios, sacando lo mejor de cada intérprete y de cada fragmento de la realidad. Con un gusto excelente y una mirada reflexiva -aún en una escena de acción-, consigue que cada elemento empape y aporte -incluso el ruido y los silencios-.
Como en sus anteriores cintas (La mitad de Óscar, Malas temporadas, La flaqueza del bolchevique, Caníbal), donde practicaba una predilección por la metáfora visual y la elipsis narrativa que es ya rasgo de su estilo.

En El autor ha sido verdaderamente valiente entre tanta mentira y quién engaña a quién; arriesgando en una mezcla de géneros, que estando dentro de la novela que adapta, logra superar. Utilizando un fascinante trampantojo visual que nos recuerda a los orígenes del séptimo arte, atrapa la comedia y el surrealismo para huir de lo que podría ser un dramón y hasta una de terror, apoderándose del tono perfecto para esta historia, que no es fácil de rodar, ni escribir.

Pedazo de conversación que tuvimos con Martín Cuenca…
Toda una lección de cine y vida.

La Cronosfera: No he leído El móvil de J. Cercas. Pero la propuesta visual de las sombras en la pared, tan mágica como acertada, ¿es una idea tuya o venía tal cual, en la novela?

Martín Cuenca: Muchas gracias. Es de lo que más orgulloso estoy. Toda la construcción de la puesta en escena y esa idea del blanco, es un poco el corazón de la película. En realidad es un decorado. Si te has fijado, las sombras son imposibles; no pueden ser así, y están construidas. Yo era consciente de que no íbamos a encontrar el sitio para cómo quería hacer las cosas; así que, construimos un decorado. Desde el principio, hicimos unas pequeñas maquetas y fuimos probando la idea de las sombras proyectadas, como en un teatro chino, o de cine antiguo. Hicimos un pequeño decorado, pero me pareció que nos estamos quedando cortos. Fuimos probando cosas como hacían los pioneros del cine y con la directora de arte buscamos diferentes materias para hacer las paredes, hasta que al final, fue una tela. Yo no quería hacer nada digital y quería que todo fuese rodado, con esa dificultad en la construcción del decorado para poder moverlo en función de la cámara y poder proyectar desde atrás o delante; todo para hacer que la narrativa fuese evolucionando también, porque las sombras van evolucionando…

L. C.: Hasta llegar el color y como de super8CinExin. Muy bonito. 

Martín Cuenca: Exacto. Hay una en color. Es una proyección y no una digitalización posterior, porque no consigues esa textura, si no es analógico… La idea de esa puesta en escena es fundamental; es el núcleo de la película porque cuando lees la novela y ves que va de un tío que está espiando, ¿cómo ruedas eso? Recuerdo que al montador no le conté cómo lo iba a hacer y cuando leyó el guión, me dijo que estaba preocupado por esas escenas -Espérate, que ya irás viendo- le dije. Entonces vio el material en bruto y cómo estaba hecho, y me sirvió también para saber si estaba funcionando. Hay muchos juegos en la película…

L. C.: Y cómo surge esa metáfora del blanco, que llega hasta el final, incluso en el vestuario de todos los personajes… 

M. Cuenca: En lo que llamo, la reunión de color. Eso significa que no debería haber nada en el fotograma que no sea significante a nivel narrativo, aunque esté en lo atmosférico y no en el mismo nivel. En todos los sentidos, el color es fundamental; la fotografía no es nada sin el color y esta todo unido. Entiendo el cine como un telón negro, de una manera muy teatral, sobre el que aparecen los elementos que tienen que aparecer para contar la historia Y cuantos menos elementos sean suficientes para evocar el resto, más potencia visual. Para mí el trabajo con la dirección de arte y el vestuario, es un concepto global… Cada color tiene una evolución junto con el personaje. Pedro Moreno en un maestro y pensamos no sólo el vestuario del personaje, también en el color de las paredes donde iba a estar ese vestuario para que no empastara y quedara bien. Vimos secuencia por secuencia, con todos los elementos que ya teníamos y fuimos decidiendo lo que cambiar… Viene de la reflexión de que aunque no nos demos cuenta, todos elegimos una manera de vestir y un color que nos define, inconscientemente; no en toda nuestra vida, pero sí en nuestra evolución. Decía Azcona que ‘el cine es imbatible en lo superficial’ y que hay que preocuparse de todos esos aspectos físicos. Y yo como director, tengo que preocuparme de coordinarlo, para que todo el mundo en su departamento trabaje en el mismo camino.

Manuel Martín Cuenca

L. C.: -Los libros son para leer, no para inspirarse, para eso esta la vida- dice A. de la Torre, ese profesor caradura y canalla. ¿Compartes opinión? ¿A ti qué te inspira?

M. Cuenca: Un poco de todo. La literatura es una fuente de inspiración como una experiencia personal, y cuando te cruzas con algo bueno, sea lo que sea, venga de un libro o de otro lugar, si consideras y crees que te puede traspasar, eso es un poco el motor. Cuando leí la novela estaba buscando una historia; estaba leyendo mucho, escribiendo y probando diferentes ideas. En esos momentos, tras la promoción de Caníbal, los Goya y todo eso, yo estaba reflexionando un poco sobre lo que hacemos; esa especie de obsesión, ese agujero en el que te metes cuando te metes en una peli o un libro, que te pasas los años y toda tu vida en la película, y hasta qué punto todo eso te puede infernal porque además siempre uno quiere hacer una gran película y como quieres hacer una gran película y quieres trascender, pues tratas de darlo todo. Entonces, me di cuenta también de lo ridículo que es todo esto y cayó en mis manos el libro de Cercas que justo trataba de ese tema -un autor que quiere trascender- y me reí mucho. Me reí de mi mismo y ahí fue todo el motor de la película. El artista es grandioso. espiritual y heroico, pero también es ridículo. El arte es una cosa que respeto mucho, pero también es ridículo por esa necesidad de trascender… Cualquier persona sensata no deja su trabajo para escribir un libro. Eso lo hace la gente que está un poco loca y que al mismo tiempo, tiene esa pulsión de su vocación que hace falta. Es esa locura necesaria para poder hacer la obra, la película… ¿Pero dónde está la diferencia? ¿Qué es un demente? ¿Y un lúcido? Don Quijote es un tipo que pretende que su realidad se funda con sus novelas de caballería, ¿está loco, o lúcido? Es la gran pregunta de la literatura.

L. C.: Muestras un reflejo de Andalucía, distinta a la de los faralaes ¿Cómo lo consigues?

Martín Cuenca: Sale de la corriente inconsciente que te lleva. No hay ese cliché que te lleva a un resultado. Hay una voluntad de que lo que te rodea, impregne de una manera inconsciente la historia que estás contando. A mi no me gusta el cine social, yo no hago cine social pero si hago cine contemporáneo. De alguna manera, es el retrato de una Granada que está ahí y que yo he vivido; probablemente sea un retrato de una Andalucía que también está ah, satíricamente, porque no he intentado reírme de ella. Lo que hago es dejar fluir eso, reconociéndolo durante el proceso; primero en el guión y luego en el rodaje y en el montaje. Todos esos elementos que sé que son muy andaluces y dejo que fluyan… En mi primera película, La mitad de Óscar, de la que estoy muy contento con el resultado, hay una escena de un paseo entre los tres personajes, donde prácticamente no hay diálogo y hay viento todo el rato. Entonces, la gente me preguntaba cómo había rodado eso con ese viento, pero es que es ¡el viento de mi infancia! y yo quería que estuviera; así que dejé que aquello entrara en la pantalla. Para mi esa es la idea de rodar. Es mi manera de entender el cine; como un proceso donde la preparación es un punto de partida y te dejas impregnar por lo que ocurre. Además, yo creo que los lugares hablan y no es una metáfora; creo que el tiempo y el espacio hablan… Yo no tengo una planificación clara de mis películas. Me gusta llegar antes a las localizaciones y soy el que primero que está en el rodaje, porque lo entiendo como un taller de artesano, donde siento el espacio. Todo cambia en función de lo que siento ese día y en función de lo que le pasa a los actores, en función de la energía. Para mí nada está predeterminado y una misma escena, al día siguiente, la rodaría de otra manera. La vida es diferente cada día y para mí esa concepción del director que tiene toda la película en la cabeza y que por eso es muy bueno, para mí es absurdo. Si yo tengo una película en la cabeza, lo que trato es de quitármela de la cabeza, ya que es un cliché, un acto de intelectualización… Si no puedes perder el control, no dejas camino a la incertidumbre, que es la esencia de lo que hacemos, del Arte. ¿Qué hay más etéreo que una obra de arte? Luego ya vendrán las clasificaciones, pero tratar de controlarlo desde el principio, me parece un acto mortal.

L. C.: Vendrá las clasificaciones pero ¿cómo defines El autor? Combinas géneros aunque creo que prima la comedia “negra”

M. Cuenca: Había ese debate desde el principio, incluso en el mismo el rodaje (risas), cuando me preguntaban qué tipo de película era. Ya veremos, decía yo, que ya vendrán los periodistas y críticos y dirán. Recuerdo que hablando con el montador, dudé de si la gente iba a tomarse la película en serio y si es así, ¡estoy muerto! Yo voy al sentido del humor, pero no se si la gente le va a ver ese punto como de risa helada, que no se sabe si reír o no… Entiendo esa necesidad de clasificarla, pero volvemos a lo de la incertidumbre. Es como ir a la contra; vas al resultado final antes de haberlo hecho, y eso producen un tipo de cine que a mí personalmente, no me interesa: todas clasificadas y todas iguales, ¡hasta los tráilers! Claro que esa incertidumbre crea mucho abismo, sobre todo al productor (risas), pero de aquella manera, matas la esencia del cine.

L. C.: El autor llega con muy buena criticas y es tu siguiente película tras Caníbal, que te posicionó para el gran publico. ¿Algo más de seguridad tendrás frente a la incertidumbre?

M. Cuenca: Algo más (risas) Pero yo siempre intento huir de mí mismo, sabiendo que no lo voy a conseguir. Si me dejo guiar por los cantos de sirena y sólo escucho que Caníbal está muy bien; si se espera que repita Caníbal, voy a terminar odiándome a mí mismo, porque voy a terminar convirtiéndome en un estilo vacío. Lo que trato de hacer -y no te digo que lo consiga- es evolucionar. Es decir, nunca va a ser la misma película porque ésa ya la he hecho. Y si hay gente que dice que le gusta más Caníbal, pues maravilloso, te la vuelves a ver y ya está… Yo amo a todas mis películas, pero trato de evolucionar, aún sabiendo que inevitablemente voy a ser el mismo. ¡Ojalá siempre pudiera hacer una película radicalmente diferente! Creo que si como cineasta me quedo mirándome el obligo, a largo plazo es la muerte.

L. C.: ¿Implica una mayor responsabilidad adaptar una novela que un relato propio?

M. Cuenca: Debería, pero a mi me da un poco igual y una vez que tenemos el contrato (risas) Tengo muy buena relación con el autor, con Javier Cercas, y ambos coincidimos en que para respetar la esencia de la novela hay que traicionarla, hay que robarla… No voy a ponerme medallas porque la obra de Cercas es que es buenísima, pero la película es mía y tengo que hacerla mía. Y a la vez, dejar la mente suficiente abierta para que la película pueda hacerla suya, también el espectador. No me gusta tampoco ese cine que se supone está muy cerrado y te indica lo que tienes que pensar. En El autor hay esa comedia de la que hablamos antes; ese punto de sonrisa helada que por supuesto está la novela, que es una referencia, pero hay que superarla. Luego hay que volver a reivindicarla, porque la película no existe sin la novela, sin el mundo de Cercas. He leído otros libros suyos y ni se me ha pasado por la cabeza adaptarlos, pero El móvil lo leí dos veces -la segunda pensando ya en la peli- y me reí mucho, aunque no puedes ir a la fuente como si fuera una Biblia -si el texto es tan bueno, ya lo decía Godard, escanéalo y ruédalo página a página-, porque por muy buena que sea la novela, tienes que moldearla.

L. C.: ¿Alguna obsesión o manía a la hora de ponerte a escribir?

M. Cuenca: Algunas relacionadas con los lugares donde escribes mejor. Aunque a veces te sorprendes, pues decides ir a una casa maravillosa al lado del mar para concentrarte a escribir y cuando llegas allí, sólo te dan ganas de tomar vino blanco y fumar ¡Y no escribes ni pinga! (risas)

L. C: No puedo terminar sin mencionar la escena del kararoke, con esa Adelfa tan de verdad y esos aplausos enlatados.

M. Cuenca: No existen en la novela y es real, tal cual. Lo tomé de la realidad y lo incorporé. Estaba un día en Almería con mi hermana y debía ser Navidad. Voy a comprar tabaco y lo único que estaba abierto era un pub -un “paf” que dicen allí, que no son puticlubs, si no como un bar de noche pero abierto a las 4:00 de la tarde (risas)-. Total, que entro a comprar tabaco y me encuentro, literalmente, una escena de dos señores de unos 50 años que vendrían de un invernadero de trabajar, supongo, y estaban tomándose un cacharro (como se dice en Almeria al gin-tonic) mientras cantaban una canción de Roberto Carlos. Cantaba uno y luego le pasaba el micro al otro; pero todo como muy normal, como que lo hacían normalmente… Me quedé flipado y hablé con Alejandro, el co-guionista, para meter la historia del karaoke en la película. Terminamos encontrando esa idea para nuestra portera y buscando canciones. Pensé en ‘Se me enamora el alma’ de La Pantoja -que me encanta y tiene una vida apasionante-, con esa letra de ‘el fuego está encendido, la leña arde’ que es maravillosa (risas), pero es que además, yo no quería un músico que fuera convencional para el cine y buscando diferentes posibilidades, mientras el director de producción buscaba los derechos de la canción, descubro que es de José Luis Perales… Y te das cuenta que es un compositor increíble con una capacidad para llegar a la gente, trascendiendo épocas y generaciones. Así que pensé que era una llamada de Dios, o del destino y le pedí a J. L. Perales que hiciera la música… Pero déjame contarte, además, que lo del karaoke también fue mágico -con eso que te decía antes de dejar que la realidad se meta-, pues el señor que aparece en la cabina es el encargado del lugar y quien lanza la ovación después de cada actuación. Me lo contó, me pareció fantástico y quise que estuviera en la película; majísimo y encantador, me enseñó cómo funcionaba todo, incluidos los aplausos.

Como los que merece El autor junto a un bravo a Martín Cuenca.

Mariló C. Calvo

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