EL AUTOR

Martín Cuenca estrena en su quinto film, un formidable juego de voyeurismo entre escuchas y paredes, que siendo inclasificable en géneros es auténtico cine de autor.
Con un inconmensurable Javier Gutiérrez y una sorprendente Adelfa Calvo, esta historia de una escalera con apuntes de La ventana indiscreta, En la casa y El hombre de la lado, narra la obsesión de un tipo mediocre por convertirse en gran escritor.
Inspirada en El móvil de Javier Cercas y manejando el drama con humor negro junto a un thriller de retorcida ternura, El autor es en dos palabras: un peliculón.

El blanco de Martín Cuenca

Álvaro trabaja en una notaría pero siempre ha soñado con ser El autor de una gran novela. Nada de best seller como el que acaba de publicar su mujer, sino literatura de verdad, como La colmena.
Para conseguirlo asiste a un taller de escritura, se separa de su esposa y se muda a un piso en omnipresente blanco, a entregarse a la página en blanco.
En su nueva comunidad, una maravillosa portera -que dará mucho que hablar- le dará mucho para escribir; inmiscuyéndose ambos, entre la realidad y la ficción de la vida de sus vecinos (un anciano facha y unos inmigrantes mexicanos), en una Sevilla del día a día, donde de cada esquina puede surgir un relato… Agridulce, divertido, ingenioso, irónico y cruel como El autor.

Manuel Martín Cuenca nos invita al proceso de creación de esa gran novela, retratando los celos, el talento, la valentía y la manipulación de cada personaje, a través de un patio donde se proyectan los miedos y pasiones de cada casa; de manera literal y figurada, como este autor con ansias de Hemingway, dejándose las pelotas frente al ordenador.

Porque para ser escritor hay que echarle huevos, según el profesor de escritura -un estupendo, Antonio de la Torre- que manda de deberes, mirar y escuchar. Pero parece que a el autor se la da mejor, oír y copiar. Mentir para llegar a la verdad -que ya decía M. Twain que es más extraña que la ficción porque ésta, al fin y al cabo, ha de tener sentido-. Y aunque la película nos lleva por sorprendentes giros hasta el genial final; un móvil, una caja de herramientas y una ficha de ajedrez harán el resto. También una caja de bombones como bienvenida a la comunidad.
Y ahí encontramos a Adelfa Calvo como esa portera, ese personaje tremendo -como bien dice el autor en la magnífica secuencia del karaoke- de mujer madura con una verdad imponente que pone los pelos de punta, e igual te invita a un café en su portería abigarrada de animales de cerámica, que se canta Se me enamora el alma, haciéndote olvidar a La Pantoja y valorando más el tema de Perales -quien participa en el filme con otras dos canciones, junto a la banda sonora compuesta por su hijo-. De ovación, ya verán.
Que si Javier está de premio, una vez más, Adelfa suena ya para los próximos Goya y no es para menos; ambos tiene una brillante escena de cama, que fascina por su naturalidad. Preciosa.

Desde las paredes de su piso a los muros del patio vecinal-que es cine en estado puro-, el autor juega a ser el dios y el diablo del edificio, pero olvida que cada hogar es un mundo y hasta los ciervos disecados con buenas cornamentas pueden observar y el cazador resultar cazado.

Con su última película, Martín Cuenca cumple con aquello tan taurino de no hay quinto malo y confirma su buena mano en la dirección de intérpretes y su buen ojo para la puesta en escena.
Si además les digo que esta cinta está dedicada a la memoria de Josechu Moreno, debería convertirse en imprescindible, ya gracias a la labor que realizó el homenajeado -fue director de los Alphaville, ahora Golem- pudimos conocer a realizadores como Ken Loach, Mike Leigh, Haneke, Von Trier y Atom Egoyan, entre otros, y ver un cine fuera del circuito americano en su idioma original.

Estuvimos charlando con todo el equipo, exultante tras la buena acogida en San Sebastián y el galardón ganado en Toronto.
En Entrevistas.

Mariló C. Calvo

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