ROJO: Tirando Más Bien A Rojo Rabia

Rojo ¿Qué decir de la última película del director de El Movimiento, Benjamín Naishtat ? Pues lo mismo que de la última del director de Pulp Fiction, Quentin Tarantino: que estamos ante un importante tostón repleto de estupendos mimbres apoyado en una atractiva premisa, de la que por cierto no diremos nada por aquello de la tolerancia cero al spoiler. Lo que sí diremos, centrados ya en Rojo, es que pase que en el pasado festival de cine de San Sebastián se llevara los premios a dirección, fotografía y mejor actor para Darío Grandinetti (por cierto, estupendo también en la serie Hierro), pero que de ahí a poder considerar Rojo como una magnífica película que disfrutar en sala, salón o salita de estar, dista mucho. No todo ha de ser técnica, el cine tiene que contar también con anzuelos con los que atrapar al espectador evitando pensar que éste mantendrá los ojos en la pantalla sin nada especialmente atractivo que así lo requiera. Contar, entretener, enganchar, ya saben.

El comienzo de ROJO
El comienzo de ROJO es verdaderamente acertado

Rojo, con un comienzo prometedor, mezcla de concepción teatral y trazos a lo Haneke (en su vertiente de gentes adineradas con problemas), se diluye a medida que se suceden los acontecimientos, la larguísima presentación de personajes, el planteamiento de ideas que han de apoyar la trama, sin que todo ello acabe de cristalizar de una forma duradera, necesitando el pegamiento de la experiencia vital del espectador, que habrá de pensar: ¡Ah! Pues esto habrá de ser por esto, ¡Ah! Pues esto habrá de ser por lo otro. Y con ello no queremos decir que la intriga sea brutal, no, va a ser que no, simplemente que el director, también en labores de guion, no sabe cerrar los caminos que abrió tan prometedoramente.

Un eclipse rojo
Un eclipse tan ROJO como el título

Muchos, al leer estas palabras y ver después la cinta con mirada contraria a la aquí expuesta pensarán: menudo mamarracho este tal Luis Cruz, si está claro que es un reflejo de la opresión de la dictadura argentina, del drama de una sociedad llena de cabos sueltos con los que ahorcarse o ahorcar al otro. Pues pudiera ser, pero, como ya creo haber comentado en otras reflexiones cinematográficas, el espectador no debe hacer ningún curso antes de ver ninguna película. Ni mucho menos después para no sentirse desubicado. En ella se tiene que encontrar todo lo necesario para una comprensión clara de la historia (contextualización, la suma aleatoria o no de inicio, nudo y desenlace…) para tener ganas de investigar de forma naturalmente curiosa. Imaginemos que, teniendo en cuenta la duración que están alcanzando las películas de un tiempo a esta parte, además tuviésemos que incluir un par de horitas de obligatorio cinefórum, pues que se nos iría la vida en el cine dando, por otra parte, sentido a la nueva moda de cenar copiosamente en la sala de proyección, como si en el comedor de casa nos encontráramos. Pues conmigo que no cuenten. Yo entro a la sala oscura con la intención de descubrir, de comprender otras realidades, de sobresaltarme, de reír, de llorar, de sorprenderme con mundos nuevos, con historias por contar, de comer palomitas si se terciara, pero nunca pensando que si me quedo dormido o voy al baño tampoco me voy a perder nada puesto que ya me lo explicarán a posteriori los que de esto saben. Los ejercicios de estilo para las universidades, lo aprendido aplicado al emocionante estreno en salas. El cine como los cuentos, pero como los cuentos bien contados. Y esta última frase, sí que sí, bien subrayada en rojo.

Luis Cruz

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