OLINKA: La construcción de la serpiente

Cuando uno se enfrenta a la lectura de Olinka, de Antonio Ortuño, sabe que se sumerge en una historia de venganza porque así lo asegura la contraportada. La venganza de alguien que ha pasado quince años de su vida en la cárcel para encubrir al verdadero culpable del hecho que lo ha llevado allí.

Aurelio Blanco es ese alguien, un tipo que desde pequeño fue el más obediente del barrio porque veía a su vecinita Alicia y la consideraba una belleza pero tan inalcanzable como cualquiera que apareciera en las revistas de moda. Alicia no era para él. Pero el destino se encargó de unirlos y Aurelio siempre se ha sentido en deuda con el suegro que lo hizo posible.

Don Carlos Flores, dueño de todos los bienes imaginables y de todo aquello que se pudiera conseguir a base de negocioso sucios que se encargaría de disimular, a base de una corrupción que no había por qué destapar, fue también el amo de su vida, y a petición del mismo, Aurelio vivió un encierro que no le correspondía.

A la salida, y tras años de querer vengarse porque estar a la sombra le quitó a la familia que, aunque fuera gracias a Carlos Flores no dejaba de ser la que logró tener, su mujer y su hija, Aurelio encamina sus pasaos hacia la meta que la libertad ya le permite programar.

Antonio Ortuño
Antonio Ortuño en la imagen oficial de Isabel Wagemann

Pero las cosas no siempre salen como uno lo lleva imaginando años, así como tampoco Olinka es la novela que creímos que iba a ser cuando nos sumergimos en sus páginas.

Y no lo digo como algo malo sino todo lo contrario: no solo es admirable sino que está escrita con un dominio excelso del lenguaje, que incluye los diálogos en las descripciones y convierte la narrativa en una experiencia vibrante. Aunque tal vez no esté de más avisar acerca de una pizca de aridez en cuanto a los vocablos y las expresiones mexicanas que van trufando el relato, sobre todo al dar comienzo éste.

Dividida en cuatro bloques, cada uno con su título, el primero de ellos nos sitúa a Aurelio a punto de salir de prisión. Le queda poco, en breve ya. Solo unos meses, a principios de año. Mientras, debe aguantar, y aunque esté en la Casita, el mejor lugar de esta sombra, uno no quiere pasar ahí ni un minuto más. Y menos cuando tiene un plan que le urge cumplir.

Y una vez que consigue salir, Aurelio hace lo que cualquier personaje sediento de sangre, o de la venganza que se pueda realizar, ejecutaría: hacerse con el arma con el que pueda saldar las cuentas.

Entonces, cuando ya encaminamos a nuestro desesperado héroe hacia su destino, cambiamos de capítulo y nos vamos al pasado.

Vamos a ir conociendo cómo Aurelio llegó a estar con Alicia. Y cómo llegó a pasar todo lo demás. Vamos a ponernos en situación familiar, a desentrañar los secretos que se esconden bajo la aparente felicidad de una saga de Flores que no son lo que parecen ni hacen lo que se espera de ellos. No todos, y así es como las cartas van cambiando y acercándonos al presente, gracias a giros tan fascinantes como increíbles. Y cuando digo increíbles no me refiero a quela razón los deseche por ilógicos sino a que la estrategia los alumbró asombrosos.

Portada de Olinka
Portada de OLINKA

Sí, Olinka es una novela increíble. Es una historia que va creciendo a cada página, con personajes tan bien dibujados que casi nos parece conocerlos en la vida real. Egoístas, codiciosos, reflexivos, tímidos, calculadores, tiernos, desquiciados, serpientes, víboras… de todo hay en este lugar tan apartado de la realidad que es imposible que crezca en ese México que aumenta a su alrededor mientras ellos, en sus sueños de grandeza, se van quedando chiquititos.

Es una novela negra en la que el amor sobrevuela las decisiones, las hace fuertes e indestructibles. En cuanto algo se decide, eso es lo que hay que hacer. Otra cosa podrá torcerse, pero no lo que nos ha llevado a la resolución que toca porque detrás hay un amor que no se doblega, que mira por encima del hombro a las desdichas.

Olinka no es la novela que esperas, es una novela mejor. Cada capa que la construye está situada en lugar apropiado, cada personaje aparece cuando la trama lo requiere y cada consecuencia nos hace abrir los ojos de entusiasmo al recordar de dónde vinimos para llegar ahí y al observar la maestría con la que Ortuño mueve las figuras, las piezas, para que el ajedrez finalice con el jaque mate que merece.

Cuando cerramos el libro nos damos cuenta de que Aurelio Blanco, Carlos Flores y el resto de personajes con los que hemos estado, son parte de nuestra cultura lectora. Seres que han traspasado las páginas para quedarse en nuestros corazones, junto con ese Dr. Atl cuyo busto simboliza tantas cosas como las que la novela representa, pero sobre todo, la maravilla de formar parte de un universo en el que quién sabe, a lo mejor, nosotros también querríamos vivir.

Silvia García Jerez

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