UNA DECEPCIÓN LLAMADA TARANTINO

Ya está aquí. Ya llegó. Érase una vez en Hollywood, de Quentin Tarantino, ya está disponible en nuestras carteleras. Y ya está causando los primeros estragos. Porque quién podría esperar que se tratara de una decepción.

Por supuesto, hay a quien le gusta, y es muy respetable, pero no deja de ser una incógnita, cómo es posible que la novena película de Quentin Tarantino pueda recibir halago alguno.

Estoy empezando a llegar a la conclusión de que Tarantino, un cinéfilo declarado desde que comenzó su carrera y le contó al mundo que su trabajo en un videoclub le había permitido ver películas que muchos de sus fans ni siquiera saben que existen, ese cinéfilo declarado, es precisamente eso, mejor cinéfilo que cineasta.

Es innegable que tiene grandes películas en su filmografía, para cada uno unas, para muchos todas. No es mi caso. Por mi parte, ya son más las que no me gustan que las que sí, y de momento no ha hecho nada mejor que Reservoir dogs, su ópera prima, con la que asombró en Sitges, y se dio a conocer  como un genio en ciernes que no tengo tan claro que realmente sea.

Y mira que me gusta Pulp Fiction, que reconozco que Kill Bill es una barbaridad y que Los odiosos ocho me parece una película enorme. Y ya. Ahí se detiene su grandeza. El resto de sus películas son decepcionantes o directamente malas, como ese espanto de Death proof, concebido en programa doble bajo el título de Grindhouse, que compartió con su amigo Robert Rodríguez, quien, todo sea dicho, le ganó en calidad y entretenimiento. Y de largo.

Pero Robert Rodríguez siempre estará por debajo de Tarantino. Que tal vez sea mejor director no es ni planteable, pero sí, a mí me gustaría plantear que a lo mejor lo es. De hecho, aseguraría que lo es. Este mismo año le ha vuelto a ganar, pero Alita: Ángel de combate, no funcionó en taquilla, apenas la vio nadie, cosa que con Érase una vez en Holywood no va a pasar, y muchos no podrán compararlas, pero quien gana la carrera aquí, de nuevo,  es Robert.

Brad Pitt y Leonardo DiCaprio -  En Érase una vez en Holywood, de Tarantino
Brad Pitt y Leonardo DiCaprio, protagonistas masculinos

Muchas veces me pregunto si hay poner bien ciertas películas para quedar bien. Para ser un buen cinéfilo, para que no te miren mal. Si un título es intocable pero te ha aburrido como una ostra, cállate, que no lo sepa el mundo, porque entonces el que no sabes eres tú.

Ahora Tarantino coge una época gloriosa del cine, los años casi 70. Sitúa su película en 1969 pero el germen de lo que será una de las mejores décadas del cine norteamericano está ahí, a las puertas. Y coge a unos protagonistas que son un actor de western y su especialista. Para un señor que es un cinéfilo, qué mejor punto de partida. Vamos a conocer los entresijos de aquello en lo que trabajan.

Y además lo sitúa en el verano en el que mataron a Sharon Tate y lo que uno piensa es que es el proyecto perfecto para un cineasta que conoce el mundo de los rodajes desde dentro, aquel cine irrepetible (porque no nos engañemos, cuando una década pasa su cine es irrepetible por concepto, por muchos remakes que se hagan ese cine ya pasó) y por si fuera poco, lo va a unir todo con la historia más macabra que Hollywood ha vivido nunca de cuantas historias terribles han surgido en su seno. Érase una vez en Hollywood no podía defraudar.

Margot Robbie
Margot Robbie como Sharon Tate en el film

Y hay a quien no defrauda, pero no tengamos miedo, los que nos hemos sentido profundamente decepcionados con ella, a admitirlo también. También nosotros existimos. Y a lo mejor con el tiempo muchos más de quienes hoy no se atreven a decirlo, lo admiten. Tarantino es intocable, pero hasta Robert De Niro, que lo era, dejó de serlo.

Érase una vez en Hollywwod me recuerda a La piel que habito. Una película cuya primera hora era un esperpento y que luego sube con asombroso poderío hasta un final que quedó en el imaginario colectivo como un portento capaz de salvar una película que poco o nada tiene de magnífica.

Érase una vez en Hollywood adolece mucho de eso, de tener un tramo final con el que enardecer a las masas, para que se vayan alucinadas a sus casas sin recordar que las dos horas previas han sido un desastre. Un tramo final que moralmente me parece un escándalo, por cierto. No se puede contar, claro, pero si yo fuera Roman Polanski me enfadaría mucho, mucho, muchísimo con él.

Pero eso es entre Roman y Tarantino, en lo que nos concierne a nosotros, los espectadores, repito que a quien la disfrute mejor para él, eso que tiene, no se habrá aburrido como me pasó a mí las dos horas de metraje en las que no sé qué quiere contarme Quentin, en las que el guión no va a ningún lado, en las que no hay ni una sola frase de esas míticas que hacen de Tarantino un excelente escritor de diálogos, ni una sola frase que poner en un meme. Nada.

En Cannes, donde se presentó y recibió palos, se dijo que iba a recortarla. Y le ha quitado un minuto. Para eso ni te sientes en la sala de montaje. Si vas a ponerte, hazlo bien, quita metraje, quita a Brad Pitt abriendo latas de comida para el perro, quítame a esa chica haciendo autostop que no la quiero para nada, quítame ese desnudo gratuito en el tejado, que como es Brad Pitt nos vale, pero si fuera Mario Casas ya habría manifestaciones porque se quite la camiseta.

Estoy leyendo mucho eso tan manido de que para disfrutarla hay que conocer cómo era ese mundo de Hollywood que retrata Tarantino. Discrepo. Para disfrutarla hay que haber hecho una película disfrutable, con la que uno se lo pase bien. Si el director me va a acercar a una época, aunque me la sepa de memoria, quiero que me la cuente como si no supiera de su existencia. No tengo que hacer deberes para ver una película. Si me quiero leer el libro, me lo leo, si no, no. Voy a ver una película, no a hacer una tesis, la tesis la estás haciendo tú. Audiovisual, en este caso, pero ese es tu cometido, no el mío.

Sí, la novena película de Tarantino me parece una decepción. Quiere rendir homenaje a una industria a la que enseña con pinzas, alguna fiesta, algún rodaje, cameos poco afortunados, porque la escena, ya famosa, con Bruce Lee es un despropósito, y una Sharon Tate a la que idealiza, y me parece muy bien que lo haga, pero no a base de desdibujarla. Su contexto es tan vacío como el resto de la película, que es una excusa argumental, sin ningún guion, para llegar a un clímax marca de la casa. A lo mejor ese empieza a ser el problema de esta casa: buscar una escena culmen que justifique dos horas inanes. Pero como es Tatantino, todo vale.

Silvia García Jerez

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