Se está acabando la gasolina

«Soy el amor de tu vida», escribo. Y me gustaría añadir: «Nunca he tenido el corazón tan rojo», que es lo que le dice Ana a Otto cuando están debajo de la cama. Pero luego, rectifico; archivo la conversación. Ya sé que puede resultar extraño, que es un atrevimiento y que no tengo derecho a invadir su intimidad de esta manera, pero es que esa es la verdad. Y no estoy hablando de mi verdad, sino de una verdad universal. Ya lo sé, es una locura y, además, parece que trato de emular la escena de Stockholm (Rodrigo Sorogoyen, 2019) en la que ÉL (Javier Pereira) le dice a ELLA (Aura Garrido) que se ha enamorado. Pero es que sé que lo soy y sé hasta por qué lo soy. 

Anoche pensaba que lo era porque conoce todos mis estanques y sigue recostándose sobre mis piernas cuando le pongo Los amantes del círculo polar, que es una versión de Medem que odia, como todas las que conoce, pero que acaricia cuando la melancolía me atrapa, o porque me quita las cenizas de la boca cuando corro hacia el acantilado. Pero hoy me he levantado con la certeza de que lo soy porque le sigo el ritmo a botellines y a todo lo que me proponga. Porque compartimos tristeza y giramos alrededor de la misma órbita, la de los extremos, y porque somos jóvenes y modernos cuando no nos queda más remedio.

Hemos adoptado la postura millennial de querernos sólo en horas bajas. Ahora es lo que se lleva ¿sabe? Nos lamemos las heridas cuando escuecen, nos decimos que nos queremos ebrios de madrugada y luego, emigramos. A otra ciudad, a otro cuerpo; a otra vida. Y todo sigue, no se crea. Sólo volvemos cuando vienen mal dadas. Donde no nos sentimos cómodos, o al menos, no me siento cómoda yo, es en lo de subir una foto para reafirmarme en lo que nunca voy a llegar a sentir. Quizá porque mis órganos están llenos de gusanos, pero los suyos no, y no vende propaganda del tipo: «5 días para verte ma’ girl». No me lo imagino, la verdad. No me lo imagino porque su cuerpo es suyo y sigue respirando sus propias manos de libertad y selva.

Pero yo continúo paseando descalza por el barro porque cuando lo hago sobre el asfalto, echo a arder. Tengo las plantas de los pies negras y llenas de cicatrices, pero he pasado noches enteras remendando cada una de ellas y ya no quedan cristales ni silencios. Mi abuela, que es una mujer de amor y lujo, está empeñada en que tenga citas con hombres educados y de buen ver. ¿En qué momento unas cañas se convierten en una cita? ¿Cómo se pide una cita? ¿Hay alguna norma no escrita para las citas? Para esto también soy muy millennial y eso que, al parecer, yo pertenezco a la Generación Z. Así nos llaman a los que nacimos a finales de los 90.

Escribía Blanca del Río hace unos días que ahora, a esto, se le llama situationship. Al parecer, es la nueva manera de llamar a los amores de verano. Sin obligaciones de pareja, planes con poca antelación y nada de presentaciones. Cada vez que salgo, mi abuela me hace el interrogatorio. Ni periodista, ni dramaturgo, ni mucho menos, actor. No le vale ninguno, aunque yo creo que no le importaría que fichara a un futbolista. Ella propone que un día le acompañe a misa para conocer a un abogado o que vaya a un baile. Yo no sé dónde se organizan esos bailes de los que tanto habla, pero sí sé que T., que en paz descanse, también los conocía; y me decía: «Búscate, en un baile de esos de jóvenes, a un novio con un buen trabajo». Pero yo quiero emborracharme contigo en cualquier bar de Malasaña, ver La enfermedad del domingo y escuchar ‘Who Says’, de John Mayer. Hasta que la sangre sea lirio y el paisaje llore poemas. 


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