Sobre el Amor y el Amado

Leí de Carson Mccullers en «La balada del café triste» que es inevitable, en el amor, preferir ser el amante antes que el amado. Yo a menudo me pregunto si puede existir algo más difícil que soportar el peso del deseo de alguien que te quiere. El deseo es doloroso cuando no es correspondido, pero es posible manejarlo, nadie espera absolutamente nada de ti cuando no te desean. En cambio, el deseo, cuando es correspondido, es lapidario, condicionante y puede llegar a convertirse en una prisión. Lapidario porque te somete a una línea de actuación, te entierra prácticamente en una única forma de ser: justo la que el amante necesita ver de ti.

Condicionante porque acabas dejando de hacer cosas y terminas haciendo otras, para adaptarte al nivel de expectativas tanto de tu amante como tuyas, porque no quieres decepcionar, nunca. Y una prisión, porque la sensación de ser querido puede llegar a ser tan adicta que terminas por adoptar a tu carácter justo las cosas que más han gustado de ti, aquello que parece que ha sido más aceptado por tu amante, te lo aprendes de memoria, te lo aprendes hasta perder lo que, probablemente, más te ha costado encontrar: tu independencia. Por eso el amor suele ser un juego desequilibrado, porque nunca un deseo puede reproducirse exactamente igual en el otro, jamás los motivos de unión y demanda serán los mismos, por tanto tampoco tu papel en la relación. En el amor más puro, en el deseo más noble y en el sentimiento más honesto y entregado, el amante y el amado están, prácticamente, destinados a no encontrarse jamás. ⚫

«Un pájaro puede amar a un pez, ¿pero dónde viviría?». 🌹

Marina Fernández

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