Feliz

Tu cabeza apoyada en mi falda roja es el único peso que puedo sentir. El amor me bendice como nunca antes lo había hecho, me hace sentir ligera y tranquila, ¿qué más puedo pedir? Levanto mi mano del banco de piedra donde descansa, retiro mi guante, que se encuentra un poco húmedo por el rocío de la mañana, y la acerco a tu hermoso rostro. Tienes la piel muy suave y fría, el semblante de un niño que acepta su derrota contra el sueño y decide relajarse. Bordeo tus líneas faciales con mis dedos congelados: barbilla, mandíbula, pómulos, frente. Y vuelvo a empezar, una y otra vez, una y otra vez. Me paro un segundo a descansar en tus hoyuelos, pues no has dejado de sonreír desde que me quité el guante, tus ojitos parpadean y mueves un poco los labios para hablarme: -¿Eres feliz? -No he sido más feliz en toda mi vida. ¿Y tú? -Tan feliz que me estaba quedando dormido encima tuyo, y esa confianza no se la permito a todo el mundo. Sigue, por favor. – siempre un pequeño tono mandón.

Te cierro los párpados tan suavemente como puedo hacerlo y continúo mi recorrido casi como si estuviera memorizando las líneas de tu rostro o dibujando un cuadro. Me siento realmente satisfecha, por fin he conseguido quedarme en silencio con él sin sentirme incómoda, disfrutar del cariño sin ninguna expectativa. Al principio, cuando nos conocimos, mi cabeza no dejaba de pensar de forma circular alrededor de una única idea: decepcionarle. Las relaciones amorosas han sido siempre para mí un juego de poderes donde yo iba la última y trataba, en vano, de posicionarme por encima del otro para no poder dar lugar a la decepción.

Nos quedamos en silencio un largo rato y solo escucho de fondo a unos niños jugando con piedrecitas. “Clac”. Una de las piedras que se están lanzando cae a mi lado en el banco. Es grande, no entiendo cómo no se hacen daño entre ellos. Vuelvo a fijarme en tu rostro: te has quedado dormido. Tú siempre has respirado tranquilo a mí lado, yo era la que tenía dificultades. Es un momento tan feliz… quisiera que nuestro amor acabara ahora mismo, justo así, no quiero que pueda ocurrir nada entre nosotros que estropee lo que tenemos. Una idea horrible cruza mi mente: Solo la muerte puede parar el tiempo, solo ella es capaz de hacer perdurar la felicidad que sentimos. No quiero hacer las cosas mal, no quiero que te alejes de mí. Vuelvo a mirar la piedra que tengo a mi lado, la agarro con mi mano congelada y miro tus ojos cerrados, tu cara dormida llena de paz y confianza. Cierro los ojos y la golpeo. Otra vez. Otra vez… Brota la sangre y con ella, la felicidad eterna.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *