LA ODISEA DE LOS GILES: La oportunidad de la venganza

La odisea de los giles es un título curioso que en España debe ser explicado y que la película explica a su inicio, pero para eso hay que entrar a verla: a los giles, escrito con minúscula porque no son una familia, es como se les llama en Argentina a los tontos en el sentido de incautos, que es precisamente la situación en la que están los protagonistas de esta historia.

Originariamente, porque la película se basa en una novela de Eduardo Sacheri, el mismo que escribió El secreto de sus ojos, ganadora del Oscar al mejor film extranjero en 2010, su título es La noche de la Usina, que en su medio original, el libro, tenía un doble sentido porque la usina es una instalación industrial en la que se produce energía eléctrica, pero también, en Argentina, la usina son los rumores que se generan al respecto de un tema o una persona, y en el prólogo de la novela se cuenta, a modo de leyenda, que una vez ocurrió algo y que ese algo lo hizo alguien…

La odisea de los giles es la aventura de unos chiflados que decidieron que hasta aquí habían llegado y de ahí nadie se iba a pasar más. Unos tipos que, habiendo sido estafados por el banco justo cuando en Argentina entraba el corralito, coincidiendo con el ingreso de todo el dinero que juntaron para poder emprender un proyecto que los sacara de pobres, ven, en un momento dado, años después de que todo se les haya venido abajo, la posibilidad de recuperar lo que fue suyo.

Un grupo de personas del pueblo, capitaneadas por los Perlassi, Fermín (Ricardo Darín) y Rodrigo, su hijo (Chino Darín) y por Antonio Fontana (Luis Brandoni), toman la determinación, cuando se enteran de quien les robó se ha hecho un búnker para situar ahí el dinero, de ir a por él y traerlo de vuelta. Ahora el problema es cómo llegar a él, cómo desconectar la alarma y cómo disponer del tiempo para hacerlo todo sin que su dueño los alcance en mitad de la operación. Bonito plan, pero una quimera llevarlo a cabo.

El plan para recuperar lo que les quitaron hay que prepararlo con tiempo

No siempre es así, porque por ejemplo, de Intemperie el libro es igual de bueno que la película, de Las horas, la cinta que le dio el Oscar a Nicole Kidman, también se puede decir lo mismo, de La tapadera, de John Grisham se podría afirmar lo contrario, que la película mejora el libro, pero en este caso, la adaptación de La noche de la Usina a La odisea de los giles es ligeramente inferior al original literario. Ligeramente, simplemente un poquito peor.

Porque La noche de la Usina es una comedia con momentos hilarantes, sobre todo los que tienen lugar en torno a las plantas que ha de manejar Rodrigo sin tener idea alguna de qué está haciendo, pero en un contexto necesario para que el plan se pueda llevar a cabo. Esos momentos, que en la novela son un espectáculo, en la película quedan diluidos por la situación que en realidad ha llevado ahí al hijo de Fermín Perlassi.

Pero insisto en que son detallitos que hacen de la novela un tesoro que cualquier productor querría adaptar pero que en la pantalla no acaban de ser todo lo divertidos que deberían.

Aunque el conjunto no desmerezca, ni mucho menos, la magnífica novela de la que parte. La odisea de los giles es un film estupendo, lleno de una fuerza enorme desde el comienzo hasta el desenlace, un desarrollo que te mantiene pegado a la butaca para contemplar cómo estos giles ponen en marcha su plan y la manera, especialmente cinéfila que tienen, de dar los pasos a seguir.

Y pese a no tener los momentos hilarantes de la novela, la película sí hace gala de un tono de comedia, por encima de la tragedia que los ha asolado, como continuo alivio a los males que los aquejan, que no son pocos, tanto económicos como familiares. Y por eso, por el dinamismo del film, y por disfrutar de sus actores protagonistas, resulta ser una película deliciosa.

Y digo deliciosa como cine. No quiero, en ningún momento, quitarle importancia al hecho de que unos hombres ya maduros luchen por lo que fue suyo y les arrebataron en el corralito. La historia es ficticia pero el corralito fue real, ocurrió en 2001 en Argentina y se prolongó durante un año, y fue una restricción de dinero en efectivo que sufrieron millones de argentinos y que ha desembocado en esta ficción que convierte en héroes a sus protagonistas, es decir, que honra desde la literatura a aquellos que lo perdieron todo hace casi dos décadas.

El grupo tiene que trabajar unido

Ricardo Darín, estrella del cine mundial aunque no ruede en inglés, lo cual es un hito en un mercado, el del celuloide, en el que el inglés lo copa casi todo, es el centro de este reparto coral que cuenta con su hijo, intérprete ya consolidado en el panorama internacional, en el papel de su propio hijo, también en la ficción, y con Luis Brandoni, a quien vimos el pasado verano en El cuento de las comadrejas, como otro de los nombres rutilantes de la película.

Entre todos ellos, que funcionan en un perfecto engranaje, forman un equipo en el que cada uno tiene su función dentro del plan, y todos han de estar coordinados para que nada falle en el momento indicado de ponerlo en práctica.

Y claro, ver a estos actores en pantalla es fantástico. Su profesionalidad es un hecho confirmado desde hace décadas en aquellos que tienen más edad, y algo que ya sabemos quienes seguimos al que tiene menos, por lo que asistir al arte conjunto de todos ellos le confiere a la película una fuerza que combinada con la belleza de esa mezcla de generaciones hace de La odisea de los giles un título muy recomendable.

Lo cierto es que se disfruta mucho. Más allá de la reivindicación de quienes sufrieron el corralito y la emoción de ver que no solo el cine de venganza pertenece a Liam Neeson, La odisea de los giles es un film de aventuras con un humor muy necesario para situaciones intrincadas y un reparto que hará las delicias de los espectadores. Al cine, muchas veces, no le pedimos más que pasar un buen rato, y esta película nos lo ofrece de sobra, llenándolo además de un mensaje histórico que nunca debería olvidarse.

Silvia García Jerez

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