EL CUENTO DE LAS COMADREJAS

El cuento de las comadrejas es un acierto más en la filmografía de Juan José Campanella, cineasta argentino cuya carrera ha ido transcurriendo más al amparo de la televisión y sus series que de la gran pantalla y sus estrenos, pero a quien el cine le debe tanto desde que El niño que gritó puta lo pusiera en el punto de mira de los directores fundamentales, que por muy escasos que sean los títulos que realiza para este medio siempre son recibidos como el talento de su creador merece.

Porque tras aquella joya diseñada para paladares exquisitos, y por qué no decirlo, estómagos entrenados en los terrenos más sórdidos del comportamiento humano en una relación madre hijo, la fama de Campanella se acrecentaba con la maravillosa El mismo amor, la misma lluvia, antes de cambiar de siglo, y bien entrado este, ya en el 2001, el mundo se rindió a la emoción que provocaba su trabajo gracias a El hijo de la novia.

El éxito estratosférico de la película que lanzó definitivamente a Ricardo Darín al estrellato en el que aún vive no se consolidó con el Oscar, que aquel año no ganó tampoco ni la francesa Amelie, sino la bosnia En tierra de nadie, favorita en todos los certámenes, y fabulosa película aunque hoy se recuerde menos que sus dos competidoras.

El Oscar para Campanella acabaría llegando, y lo hizo con El secreto de sus ojos, otra de esas películas capitales que cualquier cinematografía querría tener y que por efecto de las coproducciones algo le tocaba a España aunque compitiera por Argentina y fuera dicho país el que se quedara, lógicamente, con los laureles.

Y entre unas películas y otras y entre reconocimientos varios a su trabajo en cine, Campanella seguía haciéndose cargo de series, y no de segunda fila, sino de Vientos de agua, House, Ley y orden, Rockefeller Plaza, Colony o Halt and Catch Fire, todas ellas con capítulos dirigidos por él. Juan José Campanella dejando su impronta también en la pequeña pantalla.

Y ahora vuelve a la grande para demostrar que ninguno de sus títulos ha sido casualidad y que su excelencia se mantiene tan intacta como cuando rodó El niño que gritó puta, de la que en El cuento de las comadrejas rinde merecido homenaje.

Óscar MArtínez, Luis Brandoni y Marcos Mundstock
De izquierda a derecha: Óscar Martínez, Luis Brandoni y Marcos Mundstock

El cuento de las comadrejas es la historia de Mara Ordaz (Graciela Borges), actriz de un cine clásico ya olvidado que pasa su ocaso de figura que ya nadie recuerda en una mansión igual de alejada de la vida como aquellos con quienes la comparte: su marido (Luis Brandoni), compañero de reparto de sus películas que hace mucho tiempo que está en silla de ruedas, y el guionista y el director de buena parte de su carrera: Óscar Martínez y Marcos Mundstock respectivamente.

Todos ellos, un grupo de jubilados que se entienden muy bien a pesar de que navegan permanentemente entre reproches confeccionados a base de ironía y de humor negro, ven, de repente, amenazada su, en realidad plácida existencia, cuando un par de chicos jovencitos llega a su parcela para pedirles un teléfono.

Al darles la atención que requieren, ambos reconocen a la antigua estrella y los elogios acaban por derretir a quien se creía acabada. Francisco Gourmand (Nicolás Francella) y Bárbara Otamendi (Clara Lago) tratan de convencer a la diosa que tienen delante de que el resurgir tiene que ser un hecho consumado porque sigue siendo un ídolo. Y focalizando tal altruista motivación intentan desviar la atención de lo que de verdad los ha conducido hasta allí.

Pero a tres hombres descreídos y lejos de la necesidad de que todo vuelva a ser como era, no se les engaña tan fácilmente, y no están dispuestos a que su mundo se desmorone, así que harán lo que esté en su mano para mantener lo que, poco o mucho, aún conservan de ese pasado en el que el que fueron grandes, tan grandes que les continúa ofreciendo este presente.

Clara Lago, El cuento de las comadrejas
En primer término, Clara Lago, brillante en EL CUENTO DE LAS COMADREJAS

El cuento de las comadrejas es, como su título indica, un cuento. Y como tal debe verse y asumirse, aunque un cuento muy apegado a una realidad que nos suena, que aunque centrada en el mundo de la fama, podemos reconocerla como nuestra, de cualquiera de los espectadores que se acerquen a verla. Porque asistimos a diario, en los informativos, a hecho similares, y porque por eso mismo forma parte de nuestra vida.

Pero no solo de cuanto vemos en los telediarios está construida la película, también de una ficción que remite a otras. Para empezar a su propia fuente, Los muchachos de antes no usaban arsénico, película argentina de José A. Martínez Suárez, de la que ésta es remake, pero también nos lleva a la ya citada El niño que gritó puta o a El crepúsculo de los dioses, ya que la Mara Ordaz protagonista bien podría haber sido  una Norma Desmond en una hipotética secuela de la cinta de Billy Wilder.

Ese sería el punto de partida, pero en el caso de Campanella todo lo ofrece desde el prisma del humor. Humor sardónico y mordaz, de ese que mientras suelta verdades hirientes lo que en realidad denota es una camaradería aplastante, de amigos que se apoyan aunque se digan barbaridades porque ellos saben que la auténtica barbaridad sería no ser amigos.

De este modo, Campanella nos ofrece una de las películas del verano. Fresca, divertida y llena de ingenio, resulta una delicia acercarse a ella e ir desgranando cada diálogo, cada pulla, cada genialidad.

Pero cómo no esperar tal resultado si en la pantalla tenemos juntos a actores de esa talla. Imposible no rendirse a Luis Brandoni y su sufriente Pedro de Córdova, a Marcos Mundstock, esa inmensa voz de Les Luthiers que aquí nos regala momentos para el recuerdo, o a Óscar Martínez, ese Ciudadano ilustre, que lo seguirá siendo siempre, y con el que se mide Clara Lago en un duelo interpretativo de máxima altura.

La intérprete de Ocho apellidos vascos clava el acento argentino y un personaje que no por verlo venir resulta ser menos estremecedor, y Lago lo borda con la maestría de quien, a pesar de su juventud, tiene ya poco que aprender de su profesión.

El cuento de las comadrejas es un espectáculo de primer orden. No necesita efectos visuales para electrizarnos, con un buen guión, una dirección majestuosa, unos actores portentosos y un equipo que no le falla a ninguno de los anteriores, se puede construir una de esas películas que uno no se cansa de recomendar. Y que una vez vistas tampoco puede olvidar.

Silvia García Jerez

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