LO QUE SUCEDE DESPUÉS: Comedia en horas bajas

Lo que sucede después supone el regreso de Meg Ryan al cine tras ocho años alejada de él. Como actriz y como directora. La última vez que la pudimos ver fue en Íthaca, su ópera prima, en la que también intervenía como intérprete. Pero no pudimos contemplar su trabajo en salas porque sólo se estrenó en digital y en plataformas.

La reina de la comedia romántica en los años 80 y 90, una auténtica estrella que era un imán para la taquilla y para rodar las mejores películas de entonces, títulos míticos como El chip prodigioso, Algo para recordar, Tienes un e-mail o la sensacional Cuando Harry encontró a Sally…, por citar sólo algunos de sus grandes éxitos, rodó En carne viva, un intento de thriller erótico, dirigido por Jane Campion, que iba en contra de lo que su público de siempre le pedía y éste le dio la espalda. Tanto, que no volvió a aparecer en ninguna otra gran producción, ni en presupuesto ni en impacto mediático.

Sí, siguió trabajando, pero sus películas ya no funcionaban igual. Y ahora regresa al género romántico junto a David Duchovny, el actor que interpretaba al agente Mulder en Expediente X, en Lo que sucede después, extraño y poco comercial título para un relato con alma de teatro. No en vano está basada en Shooting star, obra de Steven Dietz, uno de los guionistas junto a la propia Ryan. En ella, dos antiguos compañeros de instituto, novios entonces, matrimonio más tarde, se reencuentran en un aeropuerto en una noche de tempestad que retrasa sus respectivos vuelos y los obliga a enfrentarse a su pasado, al de antes del divorcio, a la vida que compartían y en la que hubo tanto buenos como malos momentos.

El saludo que da lugar al reencuentro

Pero Lo que sucede después no es un despegue hacia un segundo estrellato sino un mantenimiento en las horas bajas de una carrera que Meg Ryan no acaba de reflotar. Conociendo como conoce los códigos en los que se movió en sus comienzos es llamativo que no sepa volver a dar con ellos. A lo mejor la comedia romántica no era tan fácil de hacer, a lo mejor los directores de entonces eran unos mejores artesanos y sus productos estaban más refinados, pero Lo que sucede después suena no sólo a ya visto sino a mal engrasado.

Ni los personajes protagonistas funcionan, ni son atractivos para el público, ni ninguno de los dos termina de caer bien. Sus diálogos parecen a ratos forzados, alargados para llegar a la hora y media de metraje, y a ratos exentos de gancho e interés. Escritos con desgana, sus conversaciones ni siquiera suenan naturales. Por lo tanto, cuando llegan las revelaciones que el guión plantea para los puntos de giro, sólo les importan a ellos dos.

Es una lástima que la vuelta al cine de Meg Ryan tenga tan poco atractivo. Hollywood ha cambiado desde que ella fuera una de sus reinas, pero ella también lo sabe y no ha aplicado ese viraje con la industria. Es su nombre, su leyenda, la que le ha permitido realizar una película como las que antaño arrebataban a su público. Sólo que éste ya no acude a las salas ni ve ese tipo de cine que pretende ser elegante, dominando, como ahora predomina, la brocha gorda en el humor. Lo que sucede después no tiene nada de zafio, pero tampoco de entretenido ni de memorable. No conecta con el público de antes ni con el de ahora, no puede hacerlo.

Hay muchas maneras de acercarse a los vaivenes de una pareja, a sus problemas, sus inquietudes, sus fallos como cónyuges una vez pasado el tiempo y vistos con más frialdad, pero Lo que sucede después no acierta con ninguna. Los que hemos crecido admirando la destreza de cuanto Meg Ryan aportaba al género romántico lamentamos que se haya alejado tanto de ella, pero es evidente que de esa chipa que la caracterizó durante tanto tiempo no queda ni rastro en esta película. Esperemos reencontrarnos con ella en su próximo trabajo, que aquella Meg Ryan inocente y seductora siga aún ahí y podamos recuperarla.

Silvia García Jerez

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