¿Veraneante yo?

Sonando: Ocean Eyes, de Billie Eilish

Regreso a casa en metro después de una mañana tratando de cuadrar palabras con maquetación. Me gusta más hablar del invierno particular del Káiser que de desfile porque, sin entender nada sobre las pasarelas, entiendo que aquel espectáculo fue el último sitio del recreo de Antonio Vega. Ahora me obsesiona que el interlineado sea el correcto al mandar un estúpido whatsapp. Alargo el mensaje y levito para pulir un TOC latente. A veces incluso no lo envío. Pienso en la torpeza de mis dedos y en una respuesta vacía y desinteresada. Aquí la falta de interés es un mal terrible. El contestar con un emoticono, más que amenizar el chat, aterra. Tampoco me gustan los gifs ni las stickers, aunque tengo que reconocer que la de Julita Salmerón (Muchos hijos, un mono y un castillo) tiene cierta gracia. ¿En qué momento dejé de utilizar smileys al final de cada mensaje?

Empiezan las vacaciones. Las suyas, digo. Las mías las paso debajo del aire acondicionado y la soledad de un teclado. Tres de mis compañeras tienen tres semanas de libertad -no pagada, claro-, pero M y yo nos tenemos la una a la otra. Y eso es una suerte. Cuando pienso en la idea de verano interminable, me viene a la cabeza algo muy cercano a la muerte. Al infierno eterno, al Apocalipsis de los cuerpos, al suicidio de la mente. Como ven, ideas muy románticas. Pero es en el romanticismo donde nace el ser humano y crece la derrota. La fortaleza no, porque es algo intrínseco, aunque nos empeñemos en clavarnos estacas en el costado.

Yo antes era invencible. Los días eran largos, las horas de sol correspondían a una energía vibrante e inagotable que se palpaba al anochecer, cuando jugábamos en el hotel a polis y cacos, y uno de los dueños salía al césped reñirnos. Éramos ocho, pero fantásticos. A veces fallaba uno, otras aparecían el primo de otro y entonces la noche era una fiesta. Recuerdo que cuando nos llevaban a la recepción y nos amenazaban con avisar a nuestros padres, nos encogíamos de hombros. Ellos siempre estaban de nuestra parte. Los míos nos daban la razón al flaco y a mí. Sólo con este asunto, pero lo hacían. Y entonces nos moríamos de risa porque habíamos ganado. Hoy pienso que era más una manera de llevar la contraria al alopécico y no que tuviéramos razón.

¿Cuándo fue la primera vez que vi el mar? ¿Y que lo sentí hogar? Otra pregunta sobre el tiempo, como casi todas las que retumban en mi cabeza desde las últimas semanas. ¿En qué momento deje de soñar con las noches de verano? ¿Cuál fue el detonante? ¿Aquella noche en la playa huyendo de la secreta? Supongo que, como las promesas en el mar, hacían agua por todas partes. Aquello no se sostenía, como los amores de verano y los gerundios infinitos de arena y sal. ¿Quién iba a creerse aquello? Amor y verano siempre fueron conceptos incompatibles. ¿Se imagina que fuera real? D. saliendo del reformatorio para venir a verme… ¡Bendita ingenuidad!

Mientras escribo estas líneas, escucho a Billie Eilish. ¿Soy moderna ya? Entiendo que sí, que soy digna hija de la generación Z, pero sigo sin encajar los antros con luces de neón. Ahora, mis noches de verano consisten en beber cerveza y celebrar la vida. Por cualquier cosa. Siempre hay algo por lo que brindar. Ayer lo hicimos por los amores imposibles y la pasión del verano, la que arde y arde hasta hacernos sentir vivos. La que nos mueve, nos golpea y nos retuerce cuando la duda asoma. Y a la mañana siguiente, olvido y rutina impuesta. Anoche nunca pasó nada. Y ahora, silencio. Hay que seguir trabajando.

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