EL OLVIDO QUE SEREMOS: Humanismo indomable

El olvido que seremos, el regreso de Fernando Trueba al cine desde que en 2016 estrenara La reina de España, terrible continuación de la formidable La niña de tus ojos, es la adaptación de la novela del mismo título escrita por Héctor Abad Faciolince para hacerle un homenaje a su padre.

Los recuerdos que desde niño tuvo de un hombre excepcional, Héctor Abad Gómez, profesor universitario, fundador de la Escuela Nacional de Salud Pública, hoy Facultad Nacional de Salud Pública que además lleva su nombre, médico y activista político en sus últimos años, que se dedicó por entero a los demás y lo pagó con su vida, es el relato que ahora llega a los cines de la mano de Fernando Trueba.

Héctor Abad Gómez, nacido en Jericó, Colombia, fue odiado por muchos pero querido por muchos más. Lo asesinaron en Medellín el 25 de agosto de 1987. Su legado fue un inmenso mapa humanista de entrega a quienes lo necesitaran y a una familia numerosa en la que nacieron seis hijos. Una vida apasionante que ahora llega a las pantallas para que quienes no la conozcan, la descubran.

El olvido que seremos
Una imagen de la película

A Héctor Abad Gómez lo interpreta Javier Cámara, un actor descomunal que pasó de tenerle respeto al inglés que no sabía mientras rodaba Hable con ella y que iba a necesitar poner al día para llevar a cabo el marketing internacional de una película que acabó ganando el Oscar al mejor guion original, a dominarlo rodando la miniserie The New Pope, junto a Jude Law, y a explorar otros acentos.

En El olvido que seremos Javier Cámara deja a un lado el español de España y abraza el español de Colombia como si de allí fuera nativo. La perfección de su trabajo a nivel de acento es un prodigio, pero no solo gracias a eso consigue un retrato emocionante de su personaje, porque le aporta toda la humanidad que es evidente que tenía, y eso es algo que trasciende, traspasando la pantalla.

Tanto leyendo la novela como viendo la película nos llega al alma ese hombre cuya vocación por la enseñanza resultaba abrumadora. Docente superdotado en su profesión y en su cercanía con quienes no fueran sus alumnos, siempre estaba dispuesto a iluminar las mentes de quienes se expusieran a sus momentos didácticos.

Siempre se está aprendiendo y Héctor Abad Gómez era capaz de imbuir conocimiento no solo en las aulas, también en el día a día con las anécdotas que contaba, cuyas conclusiones y moralejas siempre traían consigo interesantísimas reflexiones que deberían ayudar a crecer personalmente a quien las escuchara.

El olvido que seremos. Héctor Abad Gómez (Javier Cámara) rodeado por su familia
Héctor Abad Gómez (Javier Cámara) rodeado por su familia

Fernando Trueba regresa con El olvido que seremos a ese cine academicista con el que nos obsequió con su película anterior a La reina de España: El artista y la modelo.

Como entonces, cuando rodó aquella joya con un espléndido blanco y negro, aquí lo retoma para acercarnos la infancia de Héctor Abad Faciolince, el hijo que recuerda la vida de su padre. Mientras es niño El olvido que seremos hace gala de una estética del cine de otro tiempo, aquel en el que la reflexión formaba parte de la vida, en lugar de las prisas por todo que hoy imperan, dejando a un lado tomarse las cosas con la calma que requiere el largo plazo, el asentar las ideas para no caminar desordenado.

Ya en el relato del Héctor adulto, Trueba gira al color con el que hoy mayoritariamente se rueda. Ese con el que el dolor de la pérdida se retrata en toda su crudeza. Pero es ahí donde El olvido que seremos pierde su fuerza. Lejos de emocionar, distancia. Justo cuando debe ser más emotiva, se enfría.

Aún así, El olvido que seremos se mantiene en la barrera del cine imprescindible, del que no debemos apartarnos, para descubrir a un ser excepcional y las circunstancias en las que lo perdió la humanidad. El testimonio de una lucha por los más desfavorecidos que lo llevó a ganarse enemigos en los lugares menos recomendables.

Fernando Trueba ha querido homenajearlo con un film en el que vuelve a desplegar su talento como cineasta, regalándonos  secuencias asombrosas como la grabación de Héctor Abad Faciolince de cómo le está yendo a su familia en un momento en que su padre no está presente.

Un director con mayúsculas capaz de firmar una película elegante, rebosante de madurez, la de alguien centrado en una figura que sirve de luz a un mundo apagado y de la que tomar conciencia de que si no atendemos a su legado, a su espíritu docente indomable, estamos condenados no solo a olvidar lo que supimos, tal vez a no llegar a aprenderlo nunca.

Silvia García Jerez

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