4 DÍAS: Horizonte de recuperación

4 días son los que Molly (Mila Kunis) necesita para completar la semana sin meterse nada de droga en el cuerpo para poder acceder a una inyección que le dé un mes de inmunización frente a las sustancias que ingiere, de manera que de mes en mes en que toca la inyección se vaya desintoxicando de su adicción.

Pero para ella, que lleva siendo drogadicta desde hace 10 años, no es fácil. Una hora sin meterse nada ya es un infierno. Le ha robado a su madre, Deb (Glenn Close) todo lo que ha tenido a mano, ha discutido con ella y con su nueva pareja hasta que ambos han decidido que lo mejor es que Molly no vuelva a casa hasta que se recupere, así que la chica no está en las mejores condiciones para conseguirlo.

Pero un día, tras múltiples desapariciones de su casa, regresa, asegurando que quiere cambiar. Esta vez sí. Y que lleva cuatro días limpia, con la intención de continuar de la misma forma. Pero Deb la convence para que visiten el centro en el que le ofrecen la solución de la inyección, para lo cual deberá mantenerse limpia 4 días más. Muy complicado, pero está dispuesta a intentarlo. Y su madre lo está más aún.

4 días . Madre (Glenn Close) e hija (Mila Kunis
Madre (Glenn Close) e hija (Mila Kunis)

4 días es un drama que recorre tanto el presente de los dos principales personajes como el pasado de ambos, todo a través de las historias que surgen de sus memorias conjuntas, de sus recuerdos de cuando Molly estaba bien y era una chica brillante e inteligente que, en estos días en los que camina hacia el horizonte de la recuperación, vuelve a emerger.

Porque Molly era la mejor de su clase, pero tuvo que abandonar el instituto. Las drogas paralizaron su vida y aunque le cueste muchísimo, aunque el mono se haga insoportable y le duela todo el cuerpo, está dispuesta a dejarlas.

Es fantástico ver a Mila Kunis metida en la piel de esta joven drogadicta que intenta recomponer su vida. Es una actriz que no ha tenido muchas oportunidades de demostrar su valía más allá de en la estupenda pero olvidada El libro de Eli, o en Cisne negro, donde Natalie Portman se llevaba todo el protagonismo, y más allá de ser, además, la voz original de Meg Griffin en la serie de animación Padre de familia a lo largo de dos décadas.

Su carrera, por lo general, se ha centrado en comedias de perfil comercial bajo y su rostro no se ha visto demasiado en cintas que merezcan la atención fuera de su potencial taquilla. Por lo tanto, encontrarla en 4 días, con un maquillaje que la convierte en una persona enferma, alejada de su imagen habitual, llena de glamour, es llamativo.

Y no solo físicamente. Su retrato de una chica con la determinación de curarse, con la inteligencia para saber qué le conviene y la capacidad para observar la vida a la que se quiere aferrar es fabuloso. La vemos metida en un laberinto y es admirable su tesón para encontrar la salida. Como actriz necesita continuar por ese camino para lograr el reconocimiento que merece.

Reconocimiento que hace décadas se ganó Glenn Close, su madre en la ficción, a la que, una vez más, es fantástico poder admirar. También ella mantiene una batalla en su interior: querer ayudar a su hija pero tener que forzarla a que haga las cosas bien sin entrometerse para no presionarla tras años de aceptarla en casa, echarla o perderla de vista cuando desaparece. Tener que ponerle límites. Para una madre es devastador, pero debe hacerlo.

Desde el primer minuto Glenn Close está prodigiosa en 4 días, y para muestra, el botón de la escena en la cafetería hablando con una de sus hijas. Ese tira y afloja que mantiene con su Molly es tan natural como complicado de conseguir en la ficción. Pero parece que no hay nada que le cueste hacer a esta intérprete, que acaba de perder de nuevo el Oscar en su octava nominación, por esa abuela estupenda a la que da vida en la nada recomendable Hillbilly, una elegía rural.

4 Días
A pesar de la situación que viven, madre a hija se quieren

Verlas a las dos frente a frente es un regalo para el espectador. Lo malo es que 4 días solo ofrece eso. No es poco, pero una película debería aspirar a que sus valores no se limitaran a sus dos protagonistas.

Pero así es. El concepto de telefilme corre por cada uno de sus fotogramas. Plantea el drama de quien es adicto, y de la familia a la que le afecta, de una manera tan ligera para que los espectadores no rechacen el tema, para que descarten marcharse de la sala sin terminar de verla, que se queda en eso, en un planteamiento. Sin profundidad.

La secuencia de la casa, en la que vemos a drogadictos en los momentos de colocarse, es la única que nos puede introducir un poco en la sordidez que significa estar metido sin remedio en un mundo que ofrece pocas salidas. Fuera de esa secuencia 4 días es mucho más amable de lo que es de imaginar que las familias inmersas en la problemática llegan a sufrir.

Su director, el colombiano Rodrigo García, hijo del premio Nobel Gabriel García Márquez, quien ya trabajó con Glenn Close en la magnífica Albert Nobbs, otro de los Oscar a los que la actriz aspiró y que no consiguió, y un cineasta acostumbrado a darnos películas corales con muchas estrellas de Hollywood, caso de Nueve vidas o Madres & hijas, es también un realizador bastante irregular.

Aquí, en 4 días, su trabajo sigue esa línea de mantenerse por debajo de lo excelso. Es una lástima que un tema tan potente quede diluido en un discurso que no profundiza en aquello que plantea. Algo parecido le ocurrió a El regreso de Ben, donde la madre era Julia Roberts. Tampoco llegaba a calar y, con un esquema parecido al de 4 días, tanto argumental como dramático, se quedaba lejos de lo que era esperable a la hora de adentrarse en una adicción tan dañina.

 Aún así está bien que se hagan películas como esta. No todo han de ser comedias y la droga está lo suficientemente presente en la sociedad como para que el cine también hable de ellas y exponga, en una película con rostros que atraigan espectadores a las salas, el hecho de que hay familias pasándolo mal por ellas. Otra cosa es que esa reivindicación, además, esté a la altura del problema del que hablan.

Silvia García Jerez

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