Norte de Vietnam (I). Rocas como colmillos.

«Volamos de regreso a lo largo de la frontera de China sobre un paisaje de un verde tan liso que parecía pintado, roto por rocas que surgían de los campos como colmillos. Entre las rocas, la selva se apelotonaba. No había carreteras, ni ríos visibles, solo el círculo interminable de las montañas enemigas que nos rodeaban en el zumbido de los motores».

Graham Greene describe así el paisaje que el periodista Thomas Fowler contempla en un vuelo de reconocimiento en El americano Impasible. Un laberinto de campos, selva y montañas calizas afiladas. Esa misma estampa es la que me atrajo al norte de Vietnam. Eso, y el deseo de huir de enclaves masificados como Sa Pa.

Rumbo a la frontera

Lejos de la realidad que vivió Fowler en los años cincuenta, el Vietnam actual dispone de una buena red de infraestructuras. El autobús que nos traslada de Hanói a Cao Bằng gana altura entre plantaciones de eucaliptos y campos de té. El trayecto sería plácido de no ser por la certeza de que vamos a morir en cada uno de los adelantamientos suicidas que el conductor ejecuta sin inmutarse.

Cao Bằng

Cao Bằng, capital de la provincia homónima, se sitúa a unos 180 kilómetros al norte de Hanói y a tan solo 30 de la frontera china. Su carácter fronterizo y su complicada orografía la convirtieron en escenario de algunos de los episodios bélicos más relevantes del siglo XX. Durante los próximos días, visitaré varios de ellos.

Por el momento, la ciudad no sufre la presión turística de otras zonas del país. Gracias a ese aislamiento, es posible cenar un arroz con pato, sopa y dos cervezas por poco más de dos euros. Por la misma razón, la oferta de agencias locales es reducida. Una de ellas organiza la ruta en la modalidad más popular del norte: el Easy Rider. En plata: viajar de paquete en una moto.

En el hostal conozco a Tho, mi guía y conductor para los próximos cuatro días. Es insultantemente joven, habla un inglés perfecto y asumo que pilota con destreza la Honda de 125 cc aparcada junto a nosotros. El objetivo es enlazar Cao Bằng y Hà Giang devorando los puntos de interés que salgan a nuestro paso en esta sinuosa ruta.

Antes de partir, coincido con dos viajeras neerlandesas que planean un bucle de un par de días por los alrededores. Al preguntarles si dominan este tipo de motos, responden, para mi sorpresa, que no demasiado. La segunda pregunta —y no por ser pájaro de mal agüero— es si cuentan con seguro de viaje. La respuesta, esta vez previsible, vuelve a ser negativa. Siento una punzada de envidia al recordar la libertad de esa edad: embarcarse en un viaje largo, lejano y sin billete de vuelta.

El eco de las tradiciones Nùng

Comenzamos la marcha bajo la niebla y la lluvia. Lejos de ser un contratiempo, el ambiente plomizo aporta un aire onírico y casi fantasmal a los colmillos de piedra descritos por Greene.

La primera parada es Phja Thap, un pequeño núcleo habitado por los Nùng, una de las 53 minorías étnicas reconocidas en el país. Aunque la parada habitual de los viajeros se justifica por la manufactura artesanal de varillas de incienso, el verdadero valor reside en la cotidianidad de sus habitantes. ¿Cuánto tiempo pasará hasta que este lugar se llene de cafeterías para extranjeros? ¿Cuándo se transformará en una impostura? Desafortunadamente, intuyo que no falta demasiado.

Si la especialidad de Phja Thap es el aroma del incienso, nuestra siguiente parada, Pác Rằng, destaca por la herrería. En sus forjas se fabrican cuchillos y herramientas cortantes de forma artesanal. Al abandonar la aldea, la lluvia arrecia y nos vemos obligados a enfundarnos los impermeables.

Un giro inesperado en la ruta

La carretera zigzaguea con fuerza. Pese al escaso tráfico, la precaución y la atención en la ruta debe ser máxima. Tho y yo circulamos unos metros por delante del grupo cuando una frenada brusca y sin motivo aparente me pone en alerta. Tho responde a su teléfono con rostro de preocupación y se gira: «One of the girls has fallen» (una de las chicas se ha caído).

Damos la vuelta con la esperanza de que sea un percance menor, pero el deseo se desvanece a los pocos metros. Junto a una casa, una de las jóvenes holandesas yace en el suelo. Está viva y mueve las extremidades, pero el estado del casco atestigua la violencia del impacto. Perdió el control en una curva húmeda y cayó hacia el desnivel donde se asentaba la casa. Se queja del codo y del hombro, aunque mantiene la calma.

Mientras Tho gestiona la ambulancia, me limito a sostener un paraguas para protegerla. Al verla tendida, pienso en su fortuna por estar viva, pero también en la tristeza de interrumpir un viaje de meses de una forma tan abrupta. Tras una larga espera, los sanitarios la evacúan. Sabré más tarde que sufrió fracturas en la clavícula y el codo, y que fue intervenida esa misma tarde en Hanói. Espero de corazón que se recupere plenamente y que no pierda las ganas de disfrutar de este bonito planeta.

El espectáculo fronterizo de Ban Gioc

Con el ánimo algo mermado reanudamos el periplo. La gestión del accidente nos obliga a suprimir alguna parada, pero mantenemos el destino principal del día: las cascadas de Ban Gioc. Es el enclave más turístico de la provincia, un peaje que considero más que justificado.

Los saltos de agua se distribuyen sobre el río Quây Sơn, que delimita la frontera con China. En esta época el caudal es modesto, ignoro si por la regulación de alguna presa río arriba o por la estación del año, pero la panorámica sigue siendo imponente. Menos idílica resulta la masificación. A los visitantes que accedemos desde el lado vietnamita se suma el volumen turístico del gigante asiático.

Desde la orilla sur se contempla la infraestructura del lado chino: un skywalk con suelo de cristal, pasarelas y complejos hoteleros. Desde ambos márgenes, decenas de balsas a motor aproximan a los viajeros a la base de la caída de agua. Pese al bullicio, el entorno conserva una belleza incuestionable.

Campamento bajo el ojo del ángel

El último tramo hasta el campamento transcurre bajo un aguacero constante. Resulta frustrante adivinar la magnitud del paisaje sin llegar a contemplarlo del todo; la lluvia solo nos permite distinguir las siluetas de infinidad de colinas puntiagudas cubiertas de vegetación. Es una suerte de bahía de Ha Long, pero tallada en tierra firme.

Establecemos el campamento en un emplazamiento asombroso. A unos cientos de metros se recorta la silueta de la montaña del Ojo del Ángel (Núi Mắt Thần). Es una mole piramidal de unos 200 metros de altura, típica de la geografía kárstica de la región, cuyo rasgo distintivo es un enorme vano central: una cueva perfecta que atraviesa la roca de lado a lado.

El paisaje que tenemos frente a nosotros parece haber sido diseñado para colmar el anhelo de cualquier viajero. El verde encendido de los pastizales contrasta con la gravedad plomiza del cielo. A nuestro lado, resalta el destello rojo de la bandera vietnamita mientras un rebaño de búfalos de agua regresa con paso cansino hacia los establos. Contemplando la escena, siento que no existe en el universo otro lugar mejor donde acabar el día y dar descanso al cuerpo después de tantas emociones.

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