MOTHER MARY: La diva del pop en apuros

Tras el descomunal estreno de La Odisea, de Christopher Nolan, Anne Hathaway estrena Mother Mary aún cuando el éxito de la adaptación del poema de Homero al cine sigue teniendo un rendimiento en taquilla incluso mayor a lo que Universal esperaba. Y recordemos que el pasado 30 de abril se estrenó El diablo viste de Prada 2, que habiendo costado 100 millones de dólares había recaudado, hasta este mes de julio, 690 millones en todo el mundo. Por lo tanto, independientemente de lo que Mother Mary sea capaz de rendir en la taquilla, que es de imaginar que no sea mucho, Anne Hathaway ya es la actriz más rentable del año. Y todavía le falta por estrenar El final de Oak Street, cinta de aventuras junto a Ewan McGregor, a mediados de agosto y el thriller Verity. La sombra de un engaño, anunciada ya por Sony como próximamente pero aún sin fecha concreta de llegada a nuestras carteleras.

Y no será mucho porque Mother Mary es un relato que mezcla el drama con el fantástico de una manera que a medida que pasa el metraje se va volviendo más extraña. Y eso no se lo pone fácil al espectador menos avezado en el género. También hay que tener en cuenta que el director, David Lowery, es el mismo que en el año 2017 nos llamó tanto la atención con A ghost story, una cinta extremadamente peculiar en la que un fantasma que acaba de empezar a serlo tras fallecer el hombre que era, regresa a su casa esperando, a lo largo del tiempo, que su esposa conecte con él. Una película preciosa que ponía al público a prueba con su planteamiento y su narrativa, alejada de todo lo convencional en el cine de fantasmas.

Guste o no, A ghost story se ha convertido en una película de culto, y un año después rodó con Robert Redford la última del actor, The old man & the gun, otra joya, diferente a lo que se espera de un relato convencional, que no fue tan bien recibida como debería haberlo sido. Por eso, una vez vista Mother Mary se llega a la conclusión de que no lo tendrá fácil de cara a contentar a un público que espera de Anne Hathaway algo mucho más comercial de lo que se va a encontrar aquí.

En la segunda hora la película se vuelve más críptica pero sigue fascinando igual

David Lowery nos cuenta, como guionista, la historia de una diva del pop en apuros. Una reina de la canción que llenaba recintos y lograba admiradores con canciones brillantes y escenografías con una luminosidad espectacular, además de gracias a un vestuario único, diseñado por la mejor creadora de la industria, Sam (Michaela Coel), que resulta ser la persona más cercana a la cantante, aunque haga años que se distanciaron. Ahora, Mother Mary va a regresar a los escenarios a estrenar un tema muy especial, y el traje que tiene no le convence. No se encuentra cómoda en él, no parece que esté diseñado para ella. Así que, en pleno agobio porque no tiene tiempo de reacción, corre desesperada al reencuentro de la que fuera su mejor amiga, quien para atenderla le exige, como primera medida, que le pida perdón. Luego, veremos si accede a la petición de la diva.

Mother Mary será, a partir de entonces, un pulso entre ambas, un diálogo en el que las dos tienen que encontrar la manera de volver a encajar sin roces, sin rencores. Y la única manera de conseguirlo es que Mother Mary se explaye en explicaciones, en detalles de cómo quiere que Sam le haga el vestido. Es decir, volviendo a pasar tiempo juntas para unir lo que una vez se separó.

La primera hora del film no puede ser más fascinante. Un despliegue de talento de David Lowery a nivel de dirección es impresionante. Dos mujeres frente a frente con una tensión que se palpa en el ambiente, con una precisión en el tira y afloja ejemplar. Y una Anne Hathaway increíble que borda todos los registros interpretativos, incluyendo el baile sin música alguna que lo acompañe, en una escena sobrecogedora que, si la Academia no fuera tan reticente a considerar el cine fantástico, la haría de inmediato candidata a estar presente en la temporada de premios como mejor actriz por este trabajo. Posiblemente lo esté, también hay que decirlo, pero por su Penélope de La Odisea.

La segunda hora es otra cosa. Ya es más compleja, más abstracta, más onírica incluso, introduciendo el tema de los espíritus como metáfora dolorosa de una amistad rota. Y sólo ellas son capaces de exorcizar ese pasado que parece que le pesa más a Mother Mary pero que en realidad arrastran las dos como una condena. Y la música como hilo conductor de ese mirar atrás como única respuesta a los males de hoy.

Los números que protagonizó Mother Mary a lo largo de momentos clave de la historia que vamos conociendo son tan espectaculares como los de cualquier cantante afamada que tengamos en mente. Citemos a Madonna, citemos a Beyoncé o a Lady Gaga. Vestuario más rimbombante porque Mother Mary tiene un estilo distinto, pero es reconocible como diva apoteósica que mueve masas en sus conciertos. Y los temas también son estupendos. Canciones que podrían haberse compuesto de verdad para cualquiera de las anteriores. Exquisitos, bien escritos y con una música fabulosa, rodados de una manera fascinante que incluye transiciones de primer nivel para situarlas en el presente de la charla que ambas mantienen durante el metraje. De hecho, añado con respecto a la cantante ficticia que centra la película, da pena que no haya en el panorama de la música contemporánea otra equivalente con esa calidad, porque lo que se escucha ahora, esa mezcla entre reguetón y trap latino, hace añorar lo que antes triunfaba, a una Mother Mary real sobre los escenarios.

Mother Mary no es tan brillante como las películas de Lowery nombradas antes. La segunda hora hará desconectar demasiado al espectador, que tratará durante bastante rato de comprender qué está viendo, ya que la metáfora no acaba de ser clara ante tanto radicalismo visual con el que la adorna, pero sí es cierto que en conjunto es una propuesta de lo más interesante, lo suficientemente kamikaze como para ser bienvenida por su atrevimiento. Que se sigan rodando, y estrenando en cines, películas tan poco convencionales es una alegría para quienes quieren apartarse de lo típico y buscan riesgo en una industria, la norteamericana -que aunque produzca, como en este caso, en compañía de otros países, está presente-, que no es precisamente famosa en las últimas décadas por apostar por rarezas. Eso sí, los que las apreciamos y sabemos lo que cuesta encontrarlas, aplaudimos que tengamos la posibilidad de descubrirlas y valorarlas.

Silvia García Jerez

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