ESA COSA CON ALAS: El dolor de pasar un duelo

Esa cosa con alas llega a nuestras carteleras después de haber concursado en la sección oficial del festival de Sitges, que es un poco el lugar ideal para que se vea esta adaptación de la novela de Max Porter al cine, una obra que ya fue representada en el teatro en 2019 con Cillian Murphy en el papel del padre que pierde a su mujer inesperadamente y tiene que llevar a cabo el duelo junto a los dos hijos pequeños que tenían en común.

Benedict Cumberbatch interpreta el personaje en la cinta que dirige Dylan Southern. No lo podemos comparar con el trabajo de Murphy, que damos por hecho que fue espléndido, pero sí podemos asegurar que el Cumberbatch lo es. Y es muy difícil lograrlo porque ese padre está siempre al límite pero con una sensibilidad que hay que tener mucho talento para transmitir. Y es que Cumberbatch lo tiene. Ya lo demostró siendo el mejor actor del año 2021 gracias a El poder del perro, por la que fue nominado al Oscar pero por la que no pudo ganarlo. Los Oscar no siempre se ganan cuando se merecen.

Benedict Cumberbatch interpreta a un dibujante de cómics en esta historia

Y una vez más, Cumberbatch hace gala de su nivel interpretativo dándole capas de dolor a ese padre dibujante de cómics que no se hace con la disciplina de unos niños que también lo están pasando mal y lo externalizan rebelándose contra todo y haciendo lo que les viene en gana. Con su madre también pasaban buenos ratos pero ahora no tienen otra filosofía de vida. La casa tan desordenada como el oscuro interior personal en el que todos lidian.

Esa cosa con alas se ha visto en Sitges porque tiene mucho de cine fantástico. Porque Esa cosa con alas es en realidad un cuervo gigantesco, el mismo que el padre se dedica a dibujar pero a tamaño humano, y en el que se cobija como única salida emocional a su desdicha. Un cuervo malhablado que, no sin buena intención, trata de sacar al padre del hoyo en el que cada día se va hundiendo más.

Y qué bonito lo cuenta todo Dylan Southern, su guionista y director. Su manera de acercarse al duelo de esta familia es a través de la luz, de planos generales y del anonimato de quien ya no está. Porque a la madre de los pequeños la filma siempre desenfocada, de espaldas, desencuadrada, nunca llegamos realmente a verla, y eso es un acierto, porque es un personaje que ya no está. Está para ellos, pero no para la historia, y Southern nos traslada muy bien esa ausencia por muy presente que ella aún esté para quienes la lloran.

Esa cosa con alas es muy triste pero también una belleza. La primera hora es, narrativa y estéticamente hablando, colosal. Una preciosidad dirigida con una sutileza y una sabiduría asombrosas. Luego ya se vuelve algo más burda y su última media hora, porque es cortita, tan sólo dura una hora y media, se lleva a cabo con un trazo más gordo. Por momentos hasta confuso, pero Southern la remonta bien y nos ofrece un desenlace en el que apostamos por que nadie en la sala va a mantener los ojos secos.

Esa cosa con alas no ganó en Sitges. Durante buena parte del metraje tenía mucho potencial para haber sido una justa ganadora por encima de la que lo logró: La hermanastra fea. Pero a partir de la hora se desquicia por encima de lo que debería, dejando un poco de lado la sobrecogedora elegancia con la que estaba contando algo tan cinematográficamente complicado de plasmar, ayudado su director de un montaje exquisito que le otorga a la película una entidad magnífica. Pero la media hora final le baja el nivel y La hermanastra fea, que no lo baja nunca, le ganó la partida en el festival.

Aún así, Esa cosa con alas es una película muy recomendable, por mucho que nos recuerde a otra que no se puede citar pero que está, sin remedio, presente en la memoria de los espectadores. Porque cuando una película, antes novela, cuenta lo mismo que otra más famosa, es inevitable ir a ella. Y cada uno decidirá cuál le gusta más. A mí, a pesar de todo, me gusta más ésta. Es más elegante, más sutil y cuenta las cosas mucho mejor. Y con ésta lloras, con aquella, por mucho que su director lo pretendiera… no.

Silvia García Jerez

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