Springsteen: Deliver Me From Nowhere

Un retrato tan certero como conmovedor, abordando la depresión del músico y la creación de uno de sus mejores trabajos discográficos. 

No hay duda que Born in the USA es la canción más conocida de The Boss. Ese tipo representante del obrero y cowboy del descreído sueño americano, que lleva más de medio siglo currándose su música desde la humildad aun siendo El Jefe. Sin embargo, Born in the U.S.A. podría haber sido una película de Schrader protagonizada por De Niro y el mismo Springsteen, quien se apropió del título para su disco más vendido, con esa portada icónica de su trasero en vaqueros, una gorra de beisbol en un bolsillo y el atisbo de una bandera estadounidense al fondo.
Un éxito mundial que más que himno patriótico, es un brillante lamento post Vietnam. Un hit rechazado en donde nació, dentro de las sesiones de grabación de Nebraska; ese álbum con el que Springsteen se distanció de su identidad rockera para encontrase en el folk. Un disco que pudo ser doble y fue redondo, sin promoción ni gira alguna, sonando cual grabación casera con ecos y fallos, resultando el mejor reflejo de la profunda crisis existencial -que no creativa- que enfrentó al artista a sus fantasmas y obsesiones, mientras buscaba su lugar en el mundo, entregándose desde ningún lugar. Un trabajo ya analizado y un estado emocional ya compartido en el libro homónimo de Warren Zanes, del que parte este notable filme dirigido por Scott Cooper, bendecido por el músico y nacido en la factoría Disney.

En los años ochenta, Bruce está tocando el éxito y sus directos son ya apoteósicos, mereciendo comenzar el filme con Born to Run, en una magnifica recreación del concierto fin de la gira The river. Y ya en esos primeros planos descubrimos la certera encarnación de Jeremy Allen White, quien con sutiles gestos y alguna estrofa cantada parece ser Springsteen; sin imitación, ni copia, sino aprehendido esa esencia que identifica a El Jefe.
Situándonos, entonces, el artista había cumplido los treinta y los recuerdos de una infancia dolorosa asomaban más que nunca -con flashbacks en blanco y negro, durante toda la película-, necesitando parar y así se lo confiesa a su productor y amigo, John Landau (interpretado estupendamente por Jeremy Strong), personaje fundamental en este periodo vital del músico, apostando tanto por su creatividad como preocupándose por su estado mental, más allá de la relación manager-artista. 

Play

Volviendo a las raíces, que no tanto al hogar, Bruce se muda a su ciudad natal, donde con esos andares de vaquero y chupa de cuero es reconocido entre sus vecinos, quienes le saludan por su nombre y sin apodo alguno, mientras él parece no saber quién es, ni quién quiere ser.  Sólo sabe de rock & roll, actuando en el bar local y por pasarlo bien. Sin embargo, el rockero que cree en Little Richard antes que en Elvis, parece no conseguirlo y hasta cambia de emisora cuando suena su Hungry Heart. 

Bruce está a otra velocidad. Y sólo va su ritmo cuando vuelve a la casa alquilada y aislada, y con una guitarra y un cuaderno trata de componer, para recomponerse a sí mismo. 

De vueltas con la memoria y a través de la inspiración de sus propios recuerdos junto con la literatura de Flannery O’Connor, Bruce va contándose su historia; la de un niño atemorizado por su padre (magnífico, Stephen Graham, el progenitor también en Adolescencia) y defensor de su madre. Un crío en busca del padre en los bares y de su madre en los bailes al son de la radio. Un crío que evoca sin parar ese día especial en el cine, viendo La Noche del cazador.
Entre los nuevos acordes y el televisor del salón con Malas tierras en bucle, Bruce va encontrando o queriendo encontrar paralelismos vitales con los relatos de O’Connor y los personajes del filme de Malick, siendo tal reflejo una colección de seres enrabiados, melancólicos y violentos -asesinos reales, incluidos- que irrumpen en esas canciones -que no son singles, sino toda una historia compartida- pasando de la tercera persona a la primera del yo, mientras el rock se hacía folk, y un obsesivo y vacío Springsteen graba todo lo originado de manera casera, con los ecos y la velocidad alterada, dando lugar a Nebraska; ese álbum anómalo que sigue siendo un referente. 

Springsteeen: Delivery Me From Nowhere contiene momentos gloriosos en esas madrugadas probando acordes y suspiros de armónica, y durante la grabación en el estudio para reproducir ese peculiar sonido -muy logrado en el filme- que parecía imposible de atrapar en un vinilo y más, con la potencia de la E Street Band -de la se podría haber mostrado más de su relación con El Jefe-, apareciendo también otros detalles más Disney con su romanticismo y chica enamorada, regalando una medalla de San Cristóbal como guía y destino para el chico perdido y buen hijo, que sigue huyendo hasta mudarse a una casa propia, en la costa Oeste, y de nuevo, estar cerca de sus padres. 

El lugar de donde vienes ya no está, el lugar al que creías que ibas nunca estuvo, y el lugar en el que estásno sirve de nada a menos que puedas alejarte de él. Flannery O’Connor

El trailer nos anuncia que es “una historia basada en hechos reales” y además sabemos que tiene un buen final -Springsteen sigue en activo y sin bajar el nivel-. Claro que siendo fan, o no, del músico ver tanta fragilidad y sufrimiento no es de recibo, pero es lo debe prevalecer d esta ficción biográfica, que evitando relatar sus hits -aunque tenga 2 bandas sonoras ad hoc- es todo un homenaje al proceso de creación y un acertado acercamiento a la depresión -ahora que se puede hablar de los trastornos mentales-, para terminar con una celebración del perdón a través del conmovedor reencuentro con el padre, y al comenzar la terapia -a la que el músico todavía recurre-, donde White refleja magistralmente el estado emocional que atraviesa en todo el filme. 

Mariló C. Calvo 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *