LAS NIÑAS: La década tormentosa

Las niñas comienza con toda una declaración de intenciones de lo que será posteriormente la película: el plano de un coro en un colegio de monjas de los años 90 en el que las niñas protagonistas, estas estudiantes, tienen que ensayar su canción, con la particularidad de que aquellas que lo suelen hacer mal hagan el favor de mover solamente los labios para no estropear el conjunto de las que realmente sí saben cantar. Y la pequeña que será el centro de nuestra historia es una de las que están obligadas a simular que pueden hacerlo.


Esa es la palabra clave de Las niñas: simular. Cuánta hipocresía la de entonces. Aunque también cuánta hipocresía la que ahora nos domina, de la que ya nos daremos cuenta cuando otro film, años más tarde, nos revele lo que éste destapa de una época no tan lejana pero que evidentemente recordamos con más romanticismo del que merecía.


Porque la España de los 90, aparentemente prodigiosa, pero en realidad aún tormentosa, ya había despertado a una libertad evidente, con la Expo de Sevilla o los Juegos Olímpicos de Barcelona como horizonte y bandera de un país más que moderno, pero en la ópera prima de Pilar Palomero sigue siendo una nación gris en la que el sexo es tabú y el día a día fuera de los cánones religiosos de una familia conservadora algo tan mal visto que quien viviera bajo ese paraguas irregular era motivo de burla. O de cosas peores.


Es lo que le ocurre a Celia (Andrea Fandos), quien vive con su madre (Natalia de Molina) pero sin padre, porque ha muerto, pero en el estricto colegio católico al que va eso es algo que ni sus profesoras ni sus compañeras ven como algo ortodoxo para su óptica rutinaria.


Así, mientras van descubriendo que crecer trae consigo cambios hormonales, deseos nuevos y gustos que las acercan al sexo opuesto, Celia irá indagando al respecto de su familia y de lo que de verdad ocurrió para que solo su madre y ella compartan el mismo techo.

Las niñas en una fotografía de promoción de la película
LAS NIÑAS en una fotografía de promoción de la película

Las niñas es una de esas óperas primas que te dejan impresionado. Al nivel de lo que consiguió Achero Mañas con El bola o Alejandro Amenábar con Tesis, aunque esta última pertenezca a un género distinto. El resultado es el mismo: salir del cine con la certeza de que has visto algo monumental.


Y Pilar Palomero lo consigue con dos pinceladas en un guión que ella misma escribe lleno de precisión en cada detalle. Es admirable asistir a la explicación que ofrece cada silencio, sobre todo cuando el film cambia su costumbrismo inicial, con la diversión de la complicidad adolescente riéndose de todo y a todas horas, o al menos intentándolo, porque las monjas vigilan, y va girando, muy sutilmente, hacia la película de suspense social en la que se convierte.


Porque llega el momento de la verdad, el de descubrir la propia identidad tras años de protección para no sufrir con ella, y Celia empieza a enfrentarse a su yo adulto, con el que quiere dejarse de chiquilladas y conocer un pasado que empieza a atormentarla. Es ahí cuando Las niñas pasa de grande a sublime.


Y ahí es también cuando Natalia de Molina demuestra, una vez más, que es la actriz descomunal a la que nos tiene acostumbrados a ser desde que David Trueba nos la presentó en Vivir es fácil con los ojos cerrados. No diré que Natalia no ha parado de crecer desde entonces porque en su debut, por el que logró el Goya a la mejor actriz revelación, ya estaba claro que llevaba dentro las decenas de personajes que nos lleva años mostrando. Lo que comprobamos en Las niñas no es nada que no intuyéramos en ese primer trabajo pero es que, efectivamente, vamos admirándola más a cada ampliación de su filmografía.


La madre a la que da vida en Las niñas es tan brillante como la Triana que ya interpretó en Adiós, solo que con otro registro, porque Natalia es de esas actrices capaces de cambiarlo según el papel lo requiera. Aquí es una madre sin nombre, para que Celia lo tenga aún más difícil, pero con la personalidad apabullante de la mujer que sabe en qué ha consistido su existencia y que tiene claro que no quiere que su hija se convierta en su propio reflejo.

Andrea Fandos, a la derecha de la imagen, protagoniza LAS NIÑAS
Andrea Fandos, a la derecha de la imagen, protagoniza LAS NIÑAS

Me gustaría insistir en la sutileza de la propuesta. Las niñas es lo que Verano 1993 no logró. La tan alabada ópera prima de Carla Simón caía en lugares poco creíbles en su desarrollo y en silencios poco afortunados que no aportaban nada a la trama. En cambio, en Las niñas, los silencios hablan. Gritan. No quieren ser silencio pero no les queda más remedio. Por eso los descubrimos, ellos mismos se delatan para contarnos lo que la historia necesita desvelar.


Y Pilar Palomero consigue con ellos la belleza del cine que se cuenta con imágenes, algo que parece fácil pero que muchos cineastas se empeñan en obtener sin alcanzar. Las miradas cuentan secretos, los actos también, y nos van acercando a una historia de represión, de un pasado común a muchas más mujeres de las que pensamos, un pasado que del que es mejor huir para que no las persiga y no las asfixie.


La historia de España es triste y hay películas que a pesar de la inocencia inicial con las que se nos presentan, lo saben reflejar con el dolor que provocó. Las niñas es una de ellas. Es una película que duele, y por lo tanto permanecerá en la memoria, pero duele para bien, para poner su granito de arena en intentar curar las heridas. Por eso, además de recordarla, lo haremos con cariño.


Porque solo las grandes obras, hechas con el material gracias al que perdura el cine, es decir, amor por un proyecto, evidente talento para trasladarlo a la pantalla y personalidad para que los espectadores vayan asumiendo que el cine pequeño muchas veces es más grande que cualquier obra proyectada en IMAX, las buenas películas que nacen para formar parte de nosotros van demostrando plano a plano, sin necesidad de que tenga que pasar el tiempo por ellas para otorgarles esa bendición, que son la maravilla que solo la magia del buen cine nos puede regalar.

Silvia García Jerez

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