Cuando en Annie (Hall) se impuso la cordura

Sonando: Slow Dancing in a Burning Room, de John Mayer

Yo creo que, como casi todo, la fe es algo vocacional. Ocurre algo parecido con el periodismo. Me atrevería a decir que lo mismo. Es una cuestión de pasión. Yo, por ejemplo, soy toda sangre y, cuando algo quema, echo a arder. Últimamente pienso en la posibilidad remota de hacerlo. Sueño que de mi cuerpo sale humo, que el fuego me rodea como a las letras que nos enseñaron en la universidad, como si eso fuera a ayudarnos a encontrar trabajo. Imagino mi primera entrevista como graduada diciendo: «sé poner letreros con fuego. ¡Contrátame, soy la persona que estás buscando!». No lo veo. Creo que vale más mi habilidad de restaurar cajas de madera con mi abuela que mi excelente manejo de Photoshop. Aunque todo hay que decirlo: el tampón clonar lo utilizo de maravilla. Lo mismo te quito pierna que cambio un SEAT Panda por un yate. Todo es una enorme mentira.

Hace unos días charlaba con O. de la importancia de hablar de lo vivido. De lo que te toca de alguna manera y la persistente manía que tenemos los seres humanos de contar algo ajeno a nosotros. Al escribir un corto, un libro, un poema o la vida. Nos empeñamos en narrar algo que no sabemos. Y yo no sé nada ni de coches ni de barcos. Tampoco sé contar al mus. Por eso, cuando ellos cuentan, yo callo. Procuro entender lo que hacen. Nada.

Me pasa también cuando voy al cine o al teatro. Se abre una ventana ante la inmensidad y entonces sólo busco verdad. Y callo. Otra vez hablando de lo mismo. Otra vez pidiendo sinceridad. Una mirada que anticipe derrota, el rechazo de un dogma salvaje, la aceptación de uno mismo o las vísceras de quien desearías matar con tus propias manos. Y sólo encuentro palabras que me hacen reafirmarme en mi fatalismo asimétrico: el mundo está al borde de una hecatombe. Y no hablo de que nos lo estamos cargando nosotros solitos -que también- sino del verdadero motor del mundo, que quiero pensar que no es el dinero. Mi romanticismo no tiene límites de madrugada.

Antes pensaba que tú eras Alvy (Woody Allen en Annie Hall) y yo no tenía más remedio que ser Annie (Diane Keaton), pero la neurótica en esta farsa soy yo. Y la sensible a toda alusión. Para mí, como para él, la vida está dividida en lo horrible y lo miserable, y nosotros somos miserables. La mayoría necesitamos los huevos; por eso nos relacionamos. A pesar de que yo sea como «una isla dentro de mí misma» y encuentre en ese pesimismo absurdamente cotidiano el lugar donde habita la belleza.

Mi amiga L. sostiene que es nuestra manera de amar lo que anuncia la decadencia del ser humano y nosotros hemos perdido las ganas antes de intentarlo. Ella ama todo el rato. Y libre. Digo que ama libre y es libre. Sobre todo, lo segundo. Permite, desata y se cuelga de todos los cuerpos que le hacen reír. Sin condiciones. Pero nosotros no. Vemos el miedo, a lo lejos, y nos dejamos dominar. Nos paralizamos. Me dice: «fluye» y yo sólo pienso en saltar. Esta vez, hacia delante. Después me quedo quieta. La bestia está al otro lado del río. Nado hacia ella como entregándome al vacío. Hay una voz desnuda que no reconozco y que me grita: «¡Atrás!». Pero ya es tarde. Me he pasado la pantalla: estoy fluyendo.  

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