YO NO MORIRÉ DE AMOR: Un infierno en la familia
Con el extraño, y no demasiado comercial título de Yo no moriré de amor, llega a nuestras pantallas la ópera prima de Marta Matute, una joven directora que, contando su experiencia personal con el Alzheimer que afectó a su madre, ha logrado todas las alabanzas de la crítica y unos cuantos premios en el Festival de Málaga.
La película se hizo con la Biznaga de Oro a la mejor del certamen y además consiguió dos Biznagas de Plata para varios intérpretes del reparto, Jùlia Mascort como mejor actriz, porque es la protagonista, y Tomás del Estal como mejor actor secundario, el padre de las chicas y el marido de la enferma. Y fuera del palmarés también consiguió el Premio Feroz Puerta Oscura, que es el que otorga la crítica especializada que forma la Asociación de Informadores Cinematográficos de España (AICE).
Lo cierto es que una vez vista Yo no moriré de amor se entiende que haya logrado todo eso. Porque, como decimos, cuenta la historia de una mujer con Alzheimer desde la etapa más temprana, en la que apenas se nota que va perdiendo la memoria, hasta el deterioro cognitivo y físico al que estas personas están sometidas debido al avance de la enfermedad. Y es terrible verlo en la pantalla pero Marta Matute lo muestra con un tacto y un cariño sobrecogedores, con el máximo respeto hacia los dos lados, quienes lo sufren y quienes tienen que estar ahí para atender las necesidades, cada vez más complejas, de las personas que van dejando de ser lo que fueron.
La protagonista no es la madre (Sonia Almarcha), es Claudia (Jùlia Mascort), la hija no tan adolescente ya, que con 18 años es la que vive con sus padres porque su hermana mayor (Laura Weissmahr) está en Barcelona, trabajando y con su novio, y va poco a la casa familiar, pero intenta, con esta situación sobrevenida, estar presente más a menudo. Así que será Claudia quien tenga mayor responsabilidad ante lo que ocurre. Claudia y su padre (Tomás del Estal), que tendrá que dejar de trabajar para ocuparse más de su mujer. Y la joven protagonista ha de asumir una responsabilidad que no quiere porque en realidad sólo desea evadirse con sus amigos e ir de fiesta. La vida del eterno adolescente.
Yo no moriré de amor es, por lo tanto, un drama muy intenso sobre una dolencia que padecen 800.000 personas en España y que vivió Marta Matute de primera mano con su propia madre. La directora cuenta que cuando aquello ocurrió no tenía ninguna referencia cinematográfica del tema, no había película alguna con la que poderse identificar, porque, por supuesto, sus amigos no estaban pasando por nada parecido. Y ha decidido contar aquí lo que ella experimentó de la forma más natural posible. Eso sí, naturalidad implica llegar a un nivel dramático doloroso, porque cuanto más se acentúa la enfermedad más difícil se hace todo. Pero se agradece ver esa naturalidad en la pantalla haciéndole justicia a quienes pasan por todo ese proceso.
De hecho, hay escenas que van a quedarse grabadas en la retina del espectador. Escenas duras con las que más de uno va a saltar de la butaca. Pero sí, así puede llegar a ser la situación que se viva con un estado avanzado del Alzheimer. Es terrible pero es la realidad. La paciencia, por mucho amor que haya de por medio, se puede acabar. Y más vale que regrese porque el paciente no tiene vuelta atrás, no va a mejorar porque quien lo atiende lo pretenda. Ya le gustaría al propio enfermo, pero no va a ocurrir.
La dirección de Marta Matute es fabulosa. Ha hecho de Yo no moriré de amor una película ejemplar. A nivel de guión, de dirección de actores, que están colosales, de puesta en escena, de ritmo… Es una maravilla de ópera prima, con un pulso narrativo en todo momento fascinante. De hecho, hay que tener mucho talento y mucha personalidad para poder defender el plano final. La escena final. Desgarradora al máximo de por sí, Marta la cuenta de una manera que se hace aún más impactante. Y sin abandonar esa naturalidad que ha caracterizado todo el metraje.
Lo más normal es que salgamos de Yo no moriré de amor destrozados. Que tengamos que esperar un rato para recomponernos porque la experiencia ha sido extremadamente intensa. Y, lo decimos ya, es imprescindible verla en el cine porque no te va a afectar de la misma manera si la ves fuera del formato de la sala oscura, donde te vas a tener que centrar en la problemática de la familia sin distracción alguna. Una vez que has respirado, y que la vas asumiendo, te vas a dar cuenta de hasta qué punto has asistido a una película mastodóntica, una joya en forma de celuloide, de esas que, de verdad, tan pocas veces se dan en la cartelera. Y cuando estamos ante una maravilla de semejante calibre tenemos que cuidarla, que recomendarla y que amarla como se merece, convirtiéndola en una de nuestras favoritas del año, con los máximos honores.
Silvia García Jerez

