Terminator: Destino Oscuro. La distopía es real.

Este Halloween llega a los cines Terminator: Destino Oscuro. La última entrega y esperemos que así sea. Una saga ya enterrada, que nada tiene que ver con las películas originales de James Cameron. Casualmente el título, no le puede ir mejor, ya que seguramente sea la peor de las seis entregas. Y es que supera en mediocridad a títulos tan anodinos como Terminator 3: La rebelión de las máquinas, o Terminator Génesis.

Esta vez la filfa se traslada a México, donde una protagonista empoderada pero poco carismática e insulsa, debe salvaguardarse de un Terminator líquido y casi indestructible. Este es otro personaje igual de simple, con el redundante fin de no parar hasta acabar con ella. El complejo de Virgen María, que no restaba personalidad o protagonismo a Sarah Connor en Terminator 2: El juicio final, deforma en haras de la corrección política. Un empeño cansino por dejar de lado a los auténticos protagonistas de las sagas en favor de personajes planos, absurdos y con motivaciones elementales. Y es que aquí Arnold Schwarzenegger aparece tarde y mal.

Terminator: Destino Oscuro. Arnold Schwarzenegger
Arnold Schwarzenegger

Como contrapunto y gracias a ello, entregados un poco a la causa, tenemos a Linda Hamilton, que con lo poco que le han dejado hacer, al menos logra, que conectemos con la nostalgia de una saga llena de momentos grabados en el imaginario colectivo: «I´ll be back«, «Sayonara Babay«, la fantástica persecución en el canal, o la propia interpretación de Linda Hamilton en las dos primeras entregas, han sido, son, y serán son iconos del cine.

Por otro lado tenemos a Mackenzie Davis: Tully o Blade Runner 2049. Una actriz en estado de gracia, que al igual que su compañera, queda reducida aún teniendo un imán para los espectadores.

En conclusión: una película de acción más fracasada que mediocre. Saturada de escenas de acción salvables pero monótonas, y con una duración excesiva. Quizás sea la parafernalia perfecta para hincharse a palomitas, o mejor aún: la excusa perfecta para no ir.

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