SÚPER EMPOLLONAS: Gamberrismo entronizado

Si lo pensamos bien, es llamativa la encrucijada a la que una película como Súper empollonas nos somete. Porque nos presenta a dos chicas que el día antes de su graduación se dan cuenta de que no se han divertido lo suficiente durante el tiempo que han estado estudiando y deciden remediarlo volviéndose locas de fiesta en fiesta, con todo lo que eso supone, de borrachera, drogas y demás elementos del abanico standard.

Pero claro, luego nos encontramos con los brillantes ejemplos, que ellas mismas son, con esos estudiantes modelo que todos los años son noticia por haber sido el que mejor nota ha sacado, el único 10 de toda España en lo que fue la antigua Selectividad, hoy la Evaluación para el Acceso a la Universidad, EvAU, que tiene el mismo fin, y admiramos la entereza de quien nos cuenta que ha hincado codos sin un respiro que valga. Es un héroe.

¿A qué nos atenemos entonces? ¿Cuál es entonces nuestro modelo? ¿Por qué es peor no haber sabido divertirse en lugar de haber sido capaces de destacar para una sociedad que no te va a pedir que puedas tomarte un éxtasis sin que te afecte o que seas una esponja que con varios cubatas sigas en condiciones de ser tú? ¿Por qué está tan bien visto perder el control y tiene tan mala prensa ser responsable y dedicarte, como estudiante que eres, a estudiar?

Si hablamos muchas veces de que el cine tiene el poder de cambiar el mundo, si creemos que desde la pantalla podemos aprender cosas, no desaprendamos. No vayamos por el camino fácil, no dejemos que los malos consejos superen a los buenos. Aunque no nos guste estudiar, aunque no lo consideremos divertido, no podemos permitir que desde la pantalla nos sigan diciendo que si no te has drogado tus años de estudio no han servido para nada. Porque ni es verdad ni es sano pensarlo.

Las protagonistas de Super Empollonas
Beanie Feldstein y Kaitlyn Deveren SÚPER EMPOLLONAS

Súper empollonas plantea esta supuesta pérdida de tiempo desde un punto de vista gracioso. Cómico trágico, porque el dramatismo surge desde el momento en que las dos protagonistas hacen todo eso para ligarse a las personas que les gustan, y van de fiesta en fiesta porque no encuentran aquella en la que estarán sus objetivos. Hay que alargar la noche para que el metraje llegue al tiempo previsto.

Pero el humor prima en el tono del desmadre, y es casi increíble que en el siglo XXI el cine siga recurriendo no solo a los chistes con brocha gorda sino directamente a la escatología, caso del vómito, o a chascarrillos referentes a prácticas sexuales que creímos superados en el cine que se supone de altura.

El humor elegante del que hacía gala el cine clásico o del que pueden presumir cintas más contemporáneas como Regreso al futuro, Jungla de cristal o Indiana Jones y la última cruzada, películas destinadas al público joven, como esta misma, no nos creamos otra cosa, con guiones llenos de talento y de cariño, ha desaparecido en las producciones norteamericanas de unos años a estos otros.

Súper empollonas no es una película de un gran estudio, Annapurna, pero la productora, nacida en 2011, sí está asociada a ellos, y de este modo algunos de sus títulos han sido de los más esperados en sus temporadas, con nominaciones al Oscar en las mejores categorías de los premios, como ocurrió con Joy, La gran estafa americana o El vicio del poder.

Esto implica que a pesar de asociarse con grandes empresas que permiten que sus películas tengan una difusión mayor, sus producciones pueden ser más arriesgadas, y de hecho en el caso de Súper empollonas, posiblemente la mejor secuencia de la cinta sea esa en la que unas muñecas toman el control de la situación y nos dejan atónitos con el efecto que produce verlas en el contexto en el que aparecen dentro del film.

Pero lo cierto es que el conjunto tiene muy poco que salvar. Recuerdo los tiempos en que comedia gamberra era sinónimo de películas como Loca academia de Policía, o Top Secret, cuya zafiedad evidente campaba a sus anchas en el metraje con el mejor gusto que Hollywood haya visto jamás, sin poner colorado más que al espectador que hubiera reaccionado igual ante una foto de una mujer en bikini.

Lo cierto es que la ópera prima de la actriz Olivia Wilde resulta decepcionante. Tal vez sea demasiado americana, con un humor especialmente dirigido a su público, y muchos espectadores en nuestro país, asumido ya que en Estados Unidos la elegancia en los chistes no se lleva, acepten sin pegas que una comedia de graduación tiene que ser así de loca y que contener el mensaje de que o respetas esa regla o tu graduación es en vano, y la aplaudan. No es mi caso.

Una comedia loca es La fiera de mi niña, ¿Qué me pasa, doctor? o Un pez llamado Wanda. Se puede escribir un cine así de gamberro sin dejar de ser elegante y no solo no pasa nada sino que va a quedar mucho más bonito.

Silvia García Jerez

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