JOY: La revolución de los inventos cotidianos

 

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Todo guion, bueno o malo, parte de una página en blanco que no entiende de superproducciones, cine de autor o telefims y acepta la escena que el escritor le vaya desplegando con los diálogos que considere. Cualquier historia es, pues, susceptible de terminar siendo un desecho que no le apetezca ver a nadie o la joya más esperada de la temporada. Pongamos como ejemplo Una historia verdadera, la de un hombre, ya muy mayor, que recorre buena parte de América en su tractor para intentar reconciliarse con su hermano, a quien debido a una enfermedad no le queda mucho tiempo. Con una premisa aparentemente tan sencilla, Joy 4David Lynch construyó una de las cumbres de su carrera.

Contar la historia de la mujer que, forzada por las circunstancias, mejoró el ya de por sí gran invento español de la fregona y pasó de estar arruinada a dirigir un imperio supone llevar a la pantalla la esencia misma del sueño americano. A priori, un acierto que incluyendo a Jennifer Lawrence como la actriz que le diera vida en la ficción, a Robert De Niro en el papel de su padre y a Bradley Cooper en el del hombre encargado de darle publicidad a su producto, nada podía fallar.

Pero una película no se compone de piezas sueltas, sino de un trabajo en equipo, mérito global que solo se reconoce en público en las ceremonias de premios. En el acto habitual de ir al cine, la culpa de que un título no funcione se le adjudica al director, responsable último de dar el visto bueno a todos los departamentos. Es decir, si la fotografía no es la adecuada, era el director el que tenía que haber dado las instrucciones pertinentes para haberla cambiado. Y así con cada categoría de la película.
David O. Russell, genio de un día al bordar la excelente Tres Reyes, con George Clooney a la cabeza, no ha vuelto a alcanzar ese nivel en ninguna de sus obras, ni siquiera en The fighter, donde transformaba una historia apasionante en una película más bien cotidiana. Que fuera considerada una de las mejores de su año no la hace grande en el conjunto de una filmografia que la ha engullido en favor de dos títulos que le ganaron con enorme autoridad: El lado bueno de las cosas y La gran estafa americana. Esta última no gustó a casi nadie, solo a los académicos norteamericanos, que le otorgaron diez nominaciones al Oscar para asombro de crítica y público, que siempre consideraron que su título era la mejor metáfora del contenido de la película. Y aún así, sigue siendo un referente.
Porque David O. Russell es un director controvertido que despierta sentimientos encontrados. Y en un mundo en el que tanto divierte discutir, él es uno de los que más conversaciones airadas genera. Así que Hollywood encuentra en él la fórmula perfecta del taquillazo: profesional infalible en el marketing mas actores de renombre mas historias que, bien contadas, son un regalo. Veamos entonces si esta vez ha acertado.
Y la respuesta es no. No, porque aburre, no, porque no todas las películas tienen que durar dos horas, algunas, más bien la mayoría, pueden contarse en bastante menos tiempo. No porque el guion no puede ser plano a ratos, sin contar nada interesante, y a ratos atolondrado, sin aclarar detalles que se adivinan básicos y se concentran en una voz en off que deje constancia de acontecimientos que se permite no mostrar.
La parte familiar de Joy nos interesa más bien poco. Todo el arranque, aunque necesario, es insustancial, y no requiere tanta concreción. De hecho, la cinta cobra vida en el momento en que nuestra protagonista entra en contacto con la televisión que la lanza al éxito. Es entonces cuando nos damos cuenta de lo grande que podría llegar a ser O. Russell si no se perdiera en intimidades que como director no domina. Cada uno debe conocer sus límites, y O. Russell nadaría mejor en aguas de gran calibre.
La que sí brilla, y en todo su esplendor, como lo hacía en Winter´s bone, su primera y más merecida nominación al Oscar, es Jennifer Lawrence. Pocas veces ha estado tan comedida, en pocas ocasiones ha exhibido un control tan admirable del tiempo interpretativo, del espacio escénico y de la poderosa voz grave que la caracteriza y que el doblaje convierte en la dulce melodía de una chica a la que le adjudican ese tono para no descolocar al espectador con respecto a la imagen tan femenina que ofrece su físico.
Eso sí, una vez más, al igual que ocurriera en La gran estafa americana, Jennifer luce unos peinados imposibles que parecen ya marca de la casa O. Russell.
Para finalizar, un detalle: si desde el inicio del film vemos a Jennifer maquillada con la perfección que habitualmente tienen todos los personajes en el cine, ¿qué diferencia hay respecto a su maquillaje televisivo, por mucho que quienes la rodean alaben el resultado? Las dudas, como ya ha quedado constatado, hay que planteárselas al director…

Silvia García Jerez

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