LA RESISTENCIA: El prestigio y el talento

Llegar a la sala Verde de los Teatros del Canal donde se representa La Resistencia es, en sí mismo, un espectáculo. Aparte del que luego veremos. Porque ya, salvo alguna excepción que confirme la regla de la modernización, no hay telones que se abran o se suban al comienzo de la función ni que se cierren o bajen al finalizar esta.
Ahora lo habitual es llegar a la sala y encontrarla preparada con la escenografía en la que la obra va a desarrollarse. Y eso es maravilloso. Casi más que el tópico anterior. Es como ir introduciéndote en el universo en el que luego los actores nos acabarán de sumergir. Y en el caso de La Resistencia, mucho más.
Nada más entrar vemos el bar en el que está convertido el escenario, con todos sus detalles. Dan ganas de pasar y servirse una copa mientras esperas. Un acierto absoluto de Mónica Boromello. La barra a nuestra derecha y a la izquierda el acogedor local, con mesas a las que también uno se sentaría si se lo permitieran.
Pero ese es territorio de los actores, Francesc Garrido y Mar Sodupe, quienes interpretan, a las órdenes de Israel Elejalde, a dos escritores que durante una noche van a enfrentarse a sus ideas, las que tienen el uno del otro, porque los dos son autores reconocidos, y cuando el amor está por medio a lo mejor también es necesario que más allá de las ventas, la admiración sea el motor que los lleve a estar juntos y no el éxito que los hará inmortales.
La resistencia comienza con suavidad, como todas las tormentas, y se va transformando en un torbellino en el que cada palabra es un arma que hiere el alma hasta desangrarla. La persona que se era no volverá tras oírlas y por eso hay que ser extremadamente cuidadoso al lanzarlas.

Francesc Garrido y Mar Sodupe en LA RESISTENCIA

La Resistencia nos presenta a dos personajes en la cima de su éxito, pero poco a poco nos vamos dando cuenta de que el reconocimiento exterior es una minucia si no tenemos admiración en la intimidad que compartimos. Nuestro público se reduce a un lector y si ese no nos aprecia, habremos fracasado.
El texto de La Resistencia, surgido de la beca para autores contemporáneos del teatro Kamikaze, lo firma Lucía Carballal, madrileña de 35 años, con un amplio historial de obras escritas y estrenadas, caso de A España no la va a conocer ni la madre que la parió, junto a Víctor Sánchez Rodriguez, habla aquí del trabajo, del amor y de la relación entre ambos a través de dos personajes en los que las edades son primordiales.
Mónica tiene 47 años y David 55, y Mónica conoció a David cuando éste, hace unos cuantos, no era más que su cliente. Curiosa situación que también servirá para tensar el ambiente cuando una pregunta que le arde a Mónica en su interior salga a la luz para remover los cimientos de su vida.
Intensidad, precisión, recuerdos a modo de dardos envenenados, frases con una digestión peor que una copa servida con garrafón, y para el espectador queda la reflexión de si como lectores hacemos bien en seguir, y admirar, el libro de moda, o si somos cómplices del éxito de un producto sin alma, que hay que leer como hay que ver la última película más taquillera del momento solo por sentirte integrado en la conversación o si deberíamos ser los que descubriéramos a nuestros interlocutores a un autor con talento fuera del circuito más aplaudido.
Porque en una obra tiene importancia lo que se cuenta, que en La Resistencia es una reflexión sobre lo creado hasta ese momento, sobre años de profesión que han podido valer o no la pena, pero también el espectador puede coger el testigo y tomar la parte del texto que le corresponde, preguntándose por qué un autor está ahí, en el punto de mira de la comercialidad, en lugar de que lo esté otro que a lo mejor lo merezca más.
Dos actores que cara a cara defienden un texto complejo, lleno de aristas personales y emocionales, plagado de rencores que por fin salen a la luz con la dificultad que entraña soltar algo que tal vez no debería verbalizarse nunca. Un desafío que deja a su autora, Lucía Carballal, en la mejor de las posiciones para seguir creando obras de este necesario calado.

Silvia García Jerez

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