LA MANIOBRA DE LA TORTUGA: El Cádiz más oscuro

La maniobra de la tortuga es la segunda película de Juan Miguel del Castillo rodada para estrenarse en cines, porque entre Techo y comida, aquella cinta devastadora que le dio a Natalia de Molina su segundo y merecidísimo Goya a la mejor actriz después el obtenido como actriz revelación por Vivir es fácil con los ojos cerrados, entre aquella y la presente han pasado siete años en los que ha llenado su filmografía de títulos para el consumo televisivo.

En esta nueva historia los personajes tienen techo y comida, pero eso no les asegura una vida más sencilla que la que se mostraba entonces. La lucha es distinta en cada ocasión y en todas ellas hay que estar alerta porque nadie está a salvo, y menos la joven enfermera (Natalia de Molina) a la que acosa su pareja de una forma que la ley no contempla como amenaza.

Pero tampoco está tranquilo el inspector Manuel Bianquetti (Fred Tatien), quien atormentado por su pasado acepta, porque no le queda más remedio, su nuevo destino como inspector en Cádiz. Allí aparece el cuerpo de una chica entre los escombros de un contenedor y eso le da fuerzas para comenzar a seguir sus propias pesquisas al margen de sus jefes para lograr llegar al fondo de lo que ocurrió hace años y que puede estar conectado con este hallazgo.

Manuel y la enfermera unirán sus destinos y sus miedos, porque el hecho de que sean vecinos les va a ayudar a hacer frente a lo que los acecha.

Los protagonistas de la película

La maniobra de la tortuga está basada en una novela de Benito Olmo, cuya adaptación ha corrido a cargo de Juan Miguel del Castillo y de José Rodríguez, uno de los responsables del guión de Adiós, que también protagonizó Natalia de Molina.

Tras el desgarrador drama de una mujer que buscaba trabajo sin conseguirlo, ahora Del Castillo rueda un thriller brutal que nos abre los ojos a la violencia de género. También a las mafias y a los tejemanejes oscuros dentro de las altas esferas de la sociedad, esas en las que parece que nunca ha de pasar nada porque su estatus está por encima de todo lo que sea turbio. Lo que ocurre es que esta parte de la historia es más habitual verla reflejada en el cine. Eso no quiere decir que sea desdeñable, siempre es necesario combatir lo que no está bien y más si perjudica no solo a quienes están inmersos en lo que se planea. Pero es la violencia de género la que requiere de más representación en la pantalla, ya sea grande o pequeña, es la violencia contra las mujeres la que se agradece que esté presente. Para tenerla presente.

Y es en este ámbito en el que Natalia de Molina vuelve a emocionarnos demostrando, una vez más, que es una de las mejores actrices del panorama cinematográfico contemporáneo. A la altura de las más grandes, hablen el idioma que hablen. Es un espectáculo asistir a su dominio de la escena, a su tempo para decir cada palabra, a cómo sabe colocar sus pausas para helarnos el alma. Tiene un talento asombroso para transmitir los sentimientos que nos provoca. Todo el dolor que siente su personaje nos lo hace llegar con una sencillez que nos desarma. Su temor es nuestro temor, y sabemos que solo en nosotros encuentra refugio: es terrible, y por eso resulta admirable que el cine denuncie el desamparo al que las mujeres están sometidas por los agujeros legales por los que se cuelan los acosadores. La maniobra de la tortuga da visibilidad a todo el camino que aún falta por recorrer, a todo a lo que aún la ley tiene que llegar.

El thriller y la denuncia social se dan la mano en este acertado film que no baja su intensidad no solo gracias a sus tramas, también a los actores que las interpretan, sobre todo a la ya citada Natalia de Molina, pero también a una secundaria imprescindible, Mona Martínez, a la que descubrimos en Adiós, y que ahora, sin las canas que tantos años le echaban encima, se erige de nuevo en punto en el que convergen todas las miradas, con esa socarronería que demuestra su estar de vuelta de todo de la que hace gala en la película. La experiencia es un grado y ella suma unos cuantos. Sabe de qué va lo que se ve y lo que no, el Cádiz más oscuro no tiene secretos para ella. Y se agradece un personaje así de fabuloso, de los que se recuerdan mucho tiempo después de que la película haya terminado.

La maniobra de la tortuga es un ejercicio de cine eficaz que nos asoma a la parte andaluza menos frecuentada, la que no sale en los informativos, la que está exenta de alegría y de fiesta, la que ahoga a quienes sufren sus consecuencias. A veces las sombras se cuelan por donde menos lo hacen las cámaras, en ocasiones llega un cineasta que también quiere retratar el otro lado. Entonces el cine de viste de negro. Sin peinetas, sin faralaes. Con todo el peso de la ley sobre el abismo.

Silvia García Jerez

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