JAY KELLY: La oscuridad de la leyenda

Jay Kelly es el último ejemplo de lo bien que hace las cosas Netflix a la hora de producir películas. Lo malo es que se trata de una plataforma que además nunca ofrece detalles de sus visionados ni de sus recaudaciones en salas, donde estrena con un tiempo limitado las obras que considera que pueden competir por el Oscar, ya que la Academia exige que las películas que premie sean exhibidas en los cines al menos durante dos semanas. Así lo hace Netflix cada año con los títulos que produce de cara a ganar la estatuilla, pero sus miembros no le han dado nunca el Oscar a la mejor película porque la base de su existencia no está en los cines sino en el consumo en casa. Y si la Academia nació para premiar el cine que se ve en el cine, para ella supone una contradicción darle el premio gordo de la noche a una plataforma.

De este modo, Netflix ha ido perdiendo cuando ha merecido ganar. El poder del perro, de Jane Campion, Mank, de David Fincher, y sobre todo El irlandés, la última obra maestra de Martin Scorsese, fueron las mejores películas de su año. Con diferencia sobre sus competidoras. Pero la Academia no las habría premiado nunca porque si bien es cierto que estamos en tiempos en que se reconoce a títulos de menor intensidad y mayor ligereza, no lo es menos que al tratarse de producciones de Netflix debe considerar que con la nominación ya tienen suficiente reconocimiento.

Y lo mismo les sucederá en esta temporada a las sensacionales Frankenstein, de Guillermo del Toro y Jay Kelly, de Noah Baumbach. La primera cosechó buenas críticas entre la prensa asistente al festival de Venecia, aunque luego el público la ha despachado con menos cariño en las redes sociales, y la segunda tampoco es que fuera la favorita en el certamen italiano, pero una vez vista sospechamos que cuando llegue a las salas de cine seleccionadas en las exhiban tampoco será precisamente un éxito de taquilla. Y es una lástima porque es una de las mejores películas del año.

George Clooney y Adam Sandler en Jay Kelly
George Clooney y Adam Sandler

Las dos lo son. Jay Kelly es, al igual que lo fue Mank, un tributo al cine. Al cine con mayúsculas. Mank contaba cómo y sobre todo por qué Herman Mankiewicz escribió el guión de Ciudadano Kane, que dirigiría Orson Welles en 1941. Una plataforma no puede rendirse más ni mejor al cine. Al clásico, además. Pero es que ahora nos llega Jay Kelly, que es, una vez más, una carta de amor a ese arte que cuando se hace bien nos emociona hasta la lágrima.

Jay Kelly se sitúa en el Hollywood contemporáneo y narra la historia de una de sus estrellas, la que da título a la cinta, y a la que interpreta otra, George Clooney. Tal vez el actor no esté en su mayor momento de popularidad, pero hace veinte años fue el rey de la industria, y aunque la historia de Jay Kelly no sea real sí está basada en vivencias que los actores han tenido a lo largo de sus carreras. Quien esté al tanto de los cotilleos, de lo que sucede entre bambalinas, o sea, tras las cámaras, estará informado de las situaciones que Jay Kelly relata con una sensibilidad a prueba de un director tan asombroso como Noah Baumbach, responsable de Una historia de Brooklyn, Frances Ha, Historia de un matrimonio o The Meyerowitz Stories.

Y es que a Jay Kelly, que ya está en una edad avanzada para lo que Hollywood considera una estrella taquillera y puede que no le queden muchas películas por rodar, le quieren hacer un homenaje, pero el actor se niega. Siempre se ha negado. Él sólo quiere seguir. Seguir siendo ese actor cuyos trabajos generan largas colas ante las taquillas de los cines, ese intérprete venerado por un público al que realmente no conoce porque las estrellas no suelen tener comportamientos muy terrenales ni rodearse de aquellas personas que resultan ser su verdadero apoyo para continuar teniendo éxito. Así que Jay Kelly sólo tiene proyectos, nunca un minuto de descanso.

Hasta que se cruza con un amigo de la juventud que le echa en cara su pasado. Porque Kelly lo acompañó a un casting en el que finalmente quien obtuvo el papel fue Jay. Con el consiguiente éxito que su amigo no pudo tener. Así que lo reta a una pelea de la que Kelly saldrá mal parado. No sólo físicamente, también lo suficientemente tocado anímicamente como para querer aceptar ese homenaje y retirarse a continuación. Por eso inicia un viaje hacia la gala junto a su agente, Ron (Adam Sandler) y su publicista (Laura Dern), en el que sus mayores compañeros de viaje van a ser, en realidad, los recuerdos de una vida en la que el éxito ha empañado todo el aspecto personal.

Por lo tanto, Jay Kelly es una película muy emotiva en su recorrido por el cine creado por una leyenda viva que en esta ficción es ficticia pero que sabe a homenaje al actor que le presa su rostro, un George Clooney espléndido que nos transmite el peso de un pasado en el que, se siente pero así es la realidad, las decisiones que se toman tienden a dejar a un lado a quienes no pueden acompañarte en tu trabajo. En el cine, porque tienes que viajar continuamente si te va bien y te salen proyectos, no existe la conciliación. Tu equipo más cercano es tu familia y Ron demuestra ser mucho más que su mejor amigo.

El dolor que transmite Jay Kelly cada vez que se da cuenta de que lejos de los focos no ha sido una estrella para quienes lo rodean es inmenso. Su sonrisa es forzada porque quiere arreglar lo que no se puede pegar. Y ya es tarde para ser amable. George Clooney realiza una interpretación ejemplar como ese astro que se apaga para quienes nunca vieron luz en él. Y Adam Sandler, cómico que fue mítico en su campo, demuestra, tras la sensacional Uncut gems de los hermanos Safdie, que cuando de verdad brilla es al alejarse de las muecas que lo hicieron triunfar. Es un actor dramático colosal y en Jay Kelly desborda la pantalla de un talento que ha tardado en resaltar. Los dos firman un dúo dramático de los que hacen época, de esos que se recuerdan con fervor porque no es fácil conseguir lo que ambos logran.

Un drama intenso, durísimo, en el que el pasado pesa como una losa para poder llegar a ser persona en el presente. Y nos hace reflexionar sobre la vida que llevan los actores, esos a los que tanto admiramos desde la butaca o viéndolos en las alfombras rojas, todo ese glamour que despiden y que envidiamos sin caer en la cuenta de la oscuridad que hay tras esa parafernalia tan bonita.

Un drama intenso que Noah Baumbach cuenta con admirable sensibilidad. La secuencia en la que Jay Kelly llega con su equipo al tren y lo vemos interactuar con sus pasajeros es de lo mejor que se puede ver en el cine este año. El carisma de George Clooney es impresionante y descubrimos, con su interpretación, muchas cosas que no nos planteamos de ese trabajo tan maravilloso de cara al público.

Pero sí, Jay Kelly es dura. Asistir a su lado a de dónde viene, ir averiguando de su mano, de sus recuerdos, quién es y quién pretendía haber sido sin haberlo conseguido es un mazazo para el espectador. Qué bien la cuenta Baumbach, cómo nos asoma a ese pasado que para Kelly sigue siendo tan presente pero sin posibilidad de poder cambiarlo. Hay momentos desgarradoramente brillantes en la película. Y diálogos especialmente bien escritos. Tanto que merece la pena aprendérselos. Como hacíamos antes con los de las películas que amábamos. Nos las sabíamos. Por partes o enteras. Podíamos recitar los diálogos con los actores. Jay Kelly merece que ese pasado del espectador, nuestro pasado, regrese para regalarle esa memoria que tuvimos para otros títulos que también nos marcaron.

Y como decía al comienzo, Jay Kelly también es un canto de amor al cine. A quienes lo hacen posible, a quienes están delante y detrás de las cámaras, aguantando rodajes complicadísimos fuera de casa. Casi siempre fuera de casa, incluso en otro estado. Un homenaje a los que nos han hecho soñar personificado en un intérprete ficticio pero con una vida reconocible por todos, por ellos y por nosotros. Y un homenaje, claro que sí, al propio George Clooney, leyenda viva del cine con tantos títulos imborrables. Salimos de la sala con el corazón encogido pero con una sonrisa de agradecimiento a una estrella real que, al igual que Jay Kelly, se merece todos los homenajes.

Silvia García Jerez

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