INVISIBLES: Madurez entre paseos

Para las mujeres ser Invisibles, en la vida real, no es un superpoder, es una desgracia. Porque una vez que pasas de cierta edad, no muy lejana en la vida, aunque en la adolescencia lo parezca, algo así como los 40 ó 50, más los primeros que los segundos porque a algunas las descartan antes, las mujeres dejan de ser visibles.

Y por mucho anuncio en televisión de cremas milagrosas anti edad que protagonicen actrices o modelos que un día fueron estrellas en sus profesiones y que hoy las marcas las rescatan para que den veracidad a algo que ni a ellas les pasa fuera del spot… porque seamos sinceros, ya no las vemos si no es en ellos, así que por mucho, como digo, que los anuncios nos intenten vender otra cosa, a las mujeres a partir de los 40 no nos quieren seguir ni en Instagram.

De eso habla Invisibles, la nueva película de Gracia Querejeta. Sobre todo en lo que respecta al papel de Emma Suárez, el de Elsa, una trabajadora eficiente, ojito derecho de su jefe, que no puede creerse que haga años que, formando con él un buen equipo, no le haya tirado los tejos… hasta ahora, que tienen un viaje programado a China para temas de la empresa.

Sus amigas Amelia (Nathalie Poza) y sobre todo Julia (Adriana Ozores), la más enérgica de las tres pero también la más reservada, la que no se calla nada de cara a las demás pero no cuenta nada de lo que le pasa a ella, tratan de convencerla de que no es cierto, de que si no le ha dicho nada antes no tiene por qué querer ahora algo con ella. Pero Elsa no se da por vencida porque no admite que hayan pasado los años por ella tanto como para que su jefe no la haya mirado nunca con deseo.

Las conversaciones de las tres amigas, cada una con sus problemas personales, se van desarrollando a través de charlas cada jueves, los días en los que, desde hace años, quedan en un parque para caminar y así se ponen al día de sus vidas mientras hacen ejercicio. Vidas muy distintas entre sí, ya que Amelia tiene problemas con la hija de su nueva pareja porque no admite que su padre tenga una nueva novia, y Julia… bueno, Julia, la más reservada, nos contará los suyos con sus alumnos, una pandilla de chicos adolescentes a los que no soporta, y ese rechazo tendrá serias consecuencias.

Invisibles
La entrada al parque donde las amigas hacen sus caminatas. O la salida.

Invisibles, por lo tanto, habla en realidad de la vida, de que las mujeres no somos a lo mejor tan imprescindibles para los hombres, de que no somos especiales, en ningún ámbito. De que si los hijos toman la iniciativa no hay mujer que valga para darle a su papel la importancia que nos han vendido siempre que tiene, de que por muy entrañable que sea la profesora, una figura históricamente imprescindible en nuestra sociedad, si los adolescentes deciden que ellos mandan, que no hay autoridad que los domine, por mucho que a la docente le desespere esa idea, así va a ser y nada se puede hacer. Ahora los profesores no son los maestros.

Temas variados y todos ellos interesantes los que plantea Invisibles, pero lo hace en una película fallida con más hechuras de serie que de cine, lo cual lastra el resultado, que debería ser magnífico y se queda solo en la intención de una buena película que nunca llega a conformarse del todo.

Porque si en lugar de hacer Invisibles en una hora y media la haces en seis capítulos de media hora el proyecto toma un cuerpo diferente y el poso también será mayor, ya que las historias de estas mujeres en la propia película están separadas por cada uno de los jueves que se juntan, y de este modo está igual de separada en capítulos, así que un formato de serie real le daría la entidad que como serie ficticia tiene en el cine.

Aún así, nada nos priva de disfrutar de las interpretaciones de sus tres actrices protagonistas, tres titanes de la pantalla que deberían, por ellas solas, llenar las salas: Emma Suárez, reciente doble ganadora del Goya en una misma noche, como mejor actriz por Julieta y mejor actriz secundaria por La próxima piel, y ganadora de otro previo como actriz protagonista por El perro del hortelano, Nathalie Poza, como mejor actriz por No sé decir adiós y Adriana Ozores, tercera y también ganadora del premio de la Academia española, como mejor actriz secundaria, por La hora de los valientes.

Tres joyas de actrices con tres personajes muy diferentes entre sí no tendrían por qué destacar una por encima de la otra, y lo cierto es que las tres brillan cada cual gracias a los matices que les dan a sus personajes, pero es inevitable decantarse por una, los seres humanos siempre planteamos competiciones, están en nuestro subconsciente para hacer ganador a alguien y en este caso es imposible no decantarse por Adriana Ozores.

Adriana siempre ha sido una actriz espectacular. Y lo cierto es que le viene de familia. Los Ozores tienen unos genes privilegiados, ya sea para la comedia o para el drama, y Adriana, hija de José Luis Ozores, es una maestra en lo segundo. Hasta tal punto que solo tiene que levantarse de la cama para ser ya mejor actriz que muchas que lo intentan con ardor sin llegar a la mitad de lo que ella consigue.

Adriana te mira y en sus ojos lo lees todo. Y luego habla y te desarma. Qué capacidad para atravesarte con sus personajes, no hay otra actriz como ella, y en la escena de la cafetería, las tres tomando algo, ella se impone con el talento que sus escasas apariciones en cine nos hacen olvidar que tiene. Y lo conserva intacto. Es la reina, y qué alegría que vuelva para recordárnoslo.

Invisibles, con Adriana Ozores y Emma Suárez
Adriana Ozores y Emma Suárez

Aunque también me gustaría mencionar a Blanca Portillo, una actriz más volcada en el teatro que en el cine, donde también es un placer verla siempre que se sube a las tablas. Su aparición especial en la película, un momento concreto en el film, no pasa desapercibida. Su personaje es muy complejo y en un momento ella lo resuelve con una facilidad que te descoloca.

Porque las tres amigas citan mucho a Mara, antigua acompañante de ruta con ellas, a la que una desgracia ha apartado de sus quedadas de jueves pero en el momento en el que su personaje entra en escena nos abre los ojos respecto a la vida de una manera que ninguno, ni ellas ni los espectadores, somos capaces de imaginar.

Qué bonito es ese personaje y qué humanidad más grande le otorga Blanca, actriz descomunal que no desentona con respecto a las compañeras de reparto que le han tocado en Invisibles.

Es una pena que con tantos ingredientes interesantes Gracia Querejeta no logre una película redonda. A nivel de guión, éste lo firma ella junto a Antonio Mercero, hijo del fallecido director, y aunque impecable respecto a la creación de personajes, situaciones y temas sobre los que poder reflexionar, resbala cuando, como ya ha quedado dicho, resulta evidente que no es el formato adecuado en el que contar estas historias.

A nivel de dirección, Querejeta consigue que las actrices estén impecables y ellas son, en realidad, el núcleo de la cinta. Lo malo es que si estamos viendo una película, la dirección debe estar acorde con la narrativa cinematográfica, y si el texto del que se parte es más teatral que de gran pantalla, estar moviendo la cámara en paneos de izquierda a derecha para captar cada réplica resulta visualmente agotador, además de que te saca fácilmente de la historia.

Por lo tanto, Invisibles, que tiene elementos muy valiosos, no resulta ser en su conjunto una película grandiosa. Deja la sensación de que podría haber dado más de sí, y es una pena, porque los temas que plantea son tan pertinentes en la sociedad actual que el cine no podía dejar de tratarlos, pero que lo haga en una cinta que no llena al espectador disminuye las posibilidades de plantear los debates que propone, y eso tampoco es bueno para una sociedad en la que la mujer está tratando de que su figura importe más allá de los años en que se es becaria.

Quien esto escribe, inconscientemente relacionó Invisibles con El plan mientras veía la primera. Aparentemente no tienen nada que ver, pero si uno las analiza nos daremos cuenta de que las dos están protagonizadas por tres personajes, tres hombres en una y tres mujeres en otra. En las dos, todos tienen sus problemas y nos los van a contar en sus momentos estelares, y las dos plantean temas importantes en una sociedad que no quiere saber nada de cuanto se dice en ellas. Son un programa doble necesario para que hombre y mujeres se miren al espejo del mundo en el que viven y saquen conclusiones para que entre todos podamos ser un poco mejores.

Silvia García Jerez

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