EL SER QUERIDO
Rodrigo Sorogoyen realiza en El ser querido un calculado ejercicio de metacine y casi un máster en psicología, desplegando un prisma de profundidad y sutileza que muestra y demuestra -algo harto difícil- la dañada relación de una hija y su padre, de un padre y una hija, que se reencuentran tras trece años, siendo él un aclamado cineasta y ella, una actriz en busca de su oportunidad.
Homenajeando al cine en sí mismo y contándonos una película dentro de la película, El ser querido se envuelve con maneras de cine de autor, utilizando cada detalle de forma tan intencionada como narrativa, arriesgando al forzar planos o atravesando formatos y texturas según vamos conociendo la realidad de esa unión paterno-filial, o según estemos en la ficción, asistiendo al rodaje de un filme de época sobre el Sahara -siendo hipnótica esa primera secuencia en un jeep con los personajes en un primer plano, que va abriéndose hasta ver la grabación de la secuencia por el conjunto del equipo-.
El ser querido se desarrolla entre cámaras, combos y jirafas de sonido, en un Sahara que realmente es Fuerteventura, y con un equipo tan realista que actúa a la vera de los verdaderos técnicos del filme, junto a un elenco con Raúl Arévalo, Marina Foïs, Raúl Prieto y Nuria Prims, entre otros, mezclándose por las noches, en el hotel, contando anécdotas y curiosidades que reflejan ese ambiente de camaradería y familia que se crea en casi todos los rodajes.
No obstante, todo y todos giran alrededor de esa relación padre-hija/director-actriz que no logra reconocer el rol que les corresponde, aunque la herida parezca curada ante los encuentros aparentemente cordiales, que son un tour de forcécon Javier Bardem encarnando a un tipo narcisista, machista, manipulador e incapaz de pedir perdón. Descomunal en un difícil equilibrio como ese director maldito, seductor, y considerado un genio tras haber hecho un filme de culto –de esos tan veraces y tan al límite que determinan para mal la carrera y existencias dequienes participaron-, frente a ese portento de la interpretación que es Victoria Luengo en cada emoción y momento -destacando cuando conoce a la nueva familia de su padre y durante la imitación del padre, igual de aterradora que conmovedora-, siendo fascinante ver cómo una simple palabra actúa cual resorte provocando un mínimo cambio, un minúsculo gesto con el que logra transmitirnos esas capas de dolor que arrastra esta chica “atenta a todo, como tú, creo”, parafraseando al director al explicarle una escena, diciéndoselo casi como si la conociera -pero la distancia siempre prevalece cuando se observan, incluso en la oscuridad y desde la terraza de sus habitaciones-.
Más allá de transitar por esos territorios de meta-cine descubriéndonos, además, trucos y trampantojos del séptimo arte –mutar una escena para ver el ritmo de la actuación-, se diluyen algunos guiños hacia la realidad. Y así el conflicto surgido a mitad del rodaje es reflejo de la sociedad actual, que ya ha aprendido a poner límites a quienes abusan de su poder y posición, mientras que la trama de la película por rodar sea sobre el pueblo saharaui, coincide con un tema sobre el que Bardem siempre se ha pronunciado-.
Cierto es que haber elegido un director de cine y una actriz para la relación tóxica de un padre y una hija, que va más allá de la surgida entre esas parejas, amistades y/o superiores en el trabajo que igualmente destrozan vidas- siempre es, por supuesto, mucho más cinematográfico, pero transmitir ese rechazo, abandono y anulación por aquel que tendría que ser el ejemplo, apoyo y seguridad como cualquier otro progenitor -ya que progenitoras hay menos, por aquello del machismopatriarcalheredadoculturalmente-. cuando por mucho que la memoria ficcione los recuerdos, la verdad pesa más en una de las partes, siendo importante en un lado y casi anecdótico en el otro.
Sorogoyen dirige y firma el guión de El ser querido junto a su habitual colaboradora, Isabel Peña, sorprendiéndonos, una vez más, con cada acción -incluso la que se grita en el set de cine- y con la incursión de secuencias que te dejan boca abierta -como ocurre en toda su filmografía, destacando las series Los años nuevos y Antidisturbios, y la triunfal As Bestas-.

Acompañado de una fotografía tan bella como complicada -con tanta experimentación en planos y encuadres- y jugando a dónde colocar una banda sonora propia, El ser querido se estructura entre un par de almuerzos, memorables, un bufet de soslayo y un sandwich a medio acabar. Mostrando y demostrándolo entre comidas -que no hay nada más vital, social y familiar- las consecuencias de esa relación paterno-filial y la evolución de la misma, dejándola a nuestra observación.
Empezando en un restaurante, conociendo a Esteban y Emilia, y dosificando ese reencuentro tras trece años -una secuencia de casi veinte minutos y una toma-, que desvela el tipo de recuerdos que cada cual atesora. Luego, de la risa y a la ira, centrando la segunda en la filmación de una escena con un potaje por comida y con todo el equipo pendiente bajo un sol que derrite el apetito y casi cualquier vocación, consigue el clímax que no olvidarán.
Queda el bufet, descubriéndonos en la mirada de Luengo a esa hija espiando a ese padre con sus hijos, sus hermanastros, que ni conoce, ni reconoce; ni al uno, ni a los otros.
Y al término del rodaje, una invitación al limite para compartir sandwich entre director y actriz, hija y papá, por primera vez, a quien exigir una última respuesta cuando ya dan igual los porqués.
No sin antes habernos metido en un operístico montaje de imágenes que revuelve lo visto y sentido por las más de dos horas de metraje, acumulando lo que viene hasta el final.
Un final que llega cuando la emoción está agotada, requiriendo reflexión -de máster en psicología- y una buena digestión…
Como ese epilogo, cerrando el metacine expuesto, repitiendo en bucle y ante el director “la mejor secuencia de la peli” con esa chica vestida de época y caminando entre las dunas, con esa actriz o esa hija que se acerca a la cámara y sonríe, feliz, al escuchar ¡corten!
Mariló C. Calvo
