CONTANDO OVEJAS: El calvario de Ernesto

Contando ovejas es una película extraña. Muy rara, muy extrema, muy libre, alejada de los convencionalismos de la taquilla, de los esquemas a los que nos arrastra la rutina de personajes ya vistos y situaciones conocidas.

Esto, dejémoslo claro, no tiene por qué ser malo, es solo distinto. No estamos acostumbrados a ver una película así y tiene muchas posibilidades de convertirse en un título de culto. Solo el tiempo lo dirá.

Y es que si contar ovejas nos evoca un hecho tranquilizador, el tiempo que tardarnos en dormirnos intentado pensar en algo neutro que no nos ponga nerviosos, José Corral Llorente plantea en Contando ovejas todo lo contrario. Porque la vida de Ernesto (Eneko Sagardoy) no es fácil, viviendo como chico para todo en un edificio destartalado que evoca una decadente 13 Rúe del Percebe, donde abundan los abusadores que están pidiéndole continuamente que arregle los desperfectos de la casa. De entre todos ellos sobresale Leandro (Juan Grandinetti), un narcotraficante que infunde todo el miedo que se le puede presuponer a un tipo como él.

Además de todos los problemas, una fiesta nocturna de invitados diversos, gays, trans y demás espectro de la Movida madrileña –estamos entre los 80 y los 90- tiene lugar cada noche en uno de los pisos, y tanta algarabía le hace imposible a Ernesto conciliar el sueño. No le sirve ni contar las ovejas que él mismo fabrica para su maqueta y que mueve con la imaginación, esa que todos usaríamos para visualizar que salten su valla correspondiente.

Un día, la paciencia de Ernesto alcanza su límite y será entonces cuando las ovejas que cuenta cada noche tengan una mayor presencia en su vida y le ayuden a tomar las riendas que él no es capaz de coger. Pero no será de la manera que imagina. Ni la que podríamos imaginar los demás.

Eneko Sagardoy, José Corral Llorente y Natalia de Molina
en la presentación de la película

‘El primer borrador de la película fue hace nueve años, y entonces las ovejas no eran de papel maché y el hobby del protagonista no era hacer maquetas’, nos cuenta su director, José Corral Llorente, quien ha pasado por un calvario artístico casi comparable al del protagonista, pero sin violencia. ‘También pasaban cosas fuera del edificio y según pasaban las versiones se ha ido conteniendo.’

‘El edificio también fue complicado porque tenía que ser el edificio completo, nada de rodar los exteriores y para el interior nos vamos a otro lado. Y lo encontramos tres días antes del confinamiento. En el centro, en la Plaza de Santa Ana, y aunque ya era decadente el equipo lo llevó un poco más allá’, añade.

Lo cierto es que todo en la película es excesivo, desde la atmósfera hasta la estética. Sumergirse en esta historia no es fácil, pero una vez que lo has conseguido sus peculiaridades te atrapan y logras ver sus características únicas, que son admirables.

Actores conocidos a los que vemos, como Eneko Sagardoy, el gigante de Handia, el Gorka de la serie Patria o a Natalia de Molina, y a los que escuchamos, como a Manolo Solo o a Julián Villagrán, le dan a la cinta una factura más impecable aún. Son el soporte ideal a esta locura en la que nos ayudan a adentrarnos.

Las drogas, las de siempre y las que se transforman en tales, todas nos hacen adictos, también la amistad tóxica que en esta película se crea con las ovejas y los animales de la maqueta. Unas ilegales, otras legales que se tornan ilegales. Nada extremo es bueno, por mucho que lo necesites.

Así las cosas, ésta es una película oscura que pasa del costumbrismo underground en un edificio al thriller en el mismo escenario. En el momento en el que la película gira para ponernos en la tesitura real a la que su director quiere llegar, cuando nos introduce en la fantasía degenerada a la que la historia se entrega, Contando ovejas encuentra su auténtica dimensión. Entonces se torna en la genialidad que tal vez ahora no se aprecie. Es el Arrebato de Corral Llorente.

Y esas ovejas del título, esos animales que Ernesto crea con sus manos, que se mueven en animación Stop-Motion primero y más adelante con mayor complejidad y propósitos mucho menos positivos, dieron un descomunal trabajo: ‘Las ovejas grandes fueron más complicadas de hacer, y también ellas tuvieron incluso su octava versión. Yo ya dos años antes del rodaje estaba dibujando ovejas para encontrar el camino. Y antes de eso dibujando ovejas digitales. Yo he soñado con ovejas, pero no de las mulliditas. (Risas) Al final hay como 150 planos en los que las ovejas tienen efectos especiales’, nos asegura el director.

Y la verdad es que ha valido la pena crearlas. Contando ovejas es una propuesta arriesgada, nada convencional, pero que se agradece. Si al cine le pedimos originalidad nada mejor que acudir a títulos que realmente la ofrecen, lejos de estándares conocidos y películas que ya nos sabemos desde antes de entrar en las salas. Este no es el caso, con ella vamos a ir a descubrir un nuevo mundo, un universo que no esperas encontrar y con el que te vas a enganchar.

Silvia García Jerez

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