CINCO HORAS CON MARIO: Esta España nuestra

Cinco horas con Mario es una de las obras inmortales de la literatura universal. Escrita por Miguel Delibes y, por lo tanto, título español del que nuestra cultura puede enorgullecerse, parece que siempre ha estado ahí, que forma una parte tan importante de nosotros que damos por hecho que todo lector o espectador la conoce de sobra por haberla leído y, o visto sobre las tablas o adaptada al cine en Función de noche, de Josefina Molina.

Y nada más lejos de la realidad. No todo el mundo sabe quiénes son Carmen y Mario, no todo el mundo conoce el retrato de ese hombre cabal y esa mujer contradictoria, hija de su tiempo y abuela de un libertinaje y una apertura social que no se permite aprobar. Al igual que no todos los espectadores han visto Casablanca o Ciudadano Kane, no podemos dar por hecho que no queda nadie que no haya pasado Cinco horas con Mario.

La obra transcurre en una noche de marzo de 1966, año en el que Delibes publica la novela, por lo tanto la fotografía de la España que describe es del mismo momento en que lo hace, en pleno franquismo, y quedan patentes, a lo largo del monólogo que Carmen establece con su marido a modo de diálogo sin respuesta, las dos posturas contrapuestas que desde entonces van a darse en nuestro país, la de Carmen, mujer de clase social media alta entregada a los dictámenes del régimen y la de Mario, comprometido intelectual y periodista que al que sus ideas no le van a traer demasiadas cosas buenas en su oficio.

Recuerdos, anécdotas, reproches, todo cabe en este mirar atrás de una mujer que, como suele ocurrir en los casos de desahogo, no tiene demasiadas palabras positivas para el balance, por mucho que lamente la súbita e inesperada muerte de aquel que compartía su vida con ella. Pero claro, en la España de los años 60 la comunicación en el matrimonio no está a la orden del día, y la insatisfacción de Carmen en el plano conyugal se hará más que evidente.

También es un acierto cómo plasma Cinco horas con Mario la forma de vida a nivel de habladurías y chismorreos, del qué dirán los vecinos si hago esto o qué pensarán si digo esto otro. En el entorno de uno todo se sabe, incluso si alguien te desea aunque no sea tu marido. Y Carmen indaga en esos resquicios de vida, preguntándose qué habría sido de la suya si se hubiera entregado al que sin pudor se le insinuaba cada vez que la veía, pero en 1966 poco más podía hacer una señora de bien si quería seguir siéndolo.

Cartel de CINCO HORAS CON MARIO
Cartel de CINCO HORAS CON MARIO del Teatro Bellas Artes

La actriz Lola Herrera vuelve a meterse en la piel de Carmen en esta reposición del Teatro Bellas Artes, de la que se podrá disfrutar hasta el 1 de septiembre, y donde se nos ofrece un espectáculo que todo amante del arte sobre las tablas debería ver, porque es imprescindible e inolvidable.

Y el hecho de que Lola ya haya representado la obra en varias ocasiones a lo largo de cuarenta años no le quita mérito, porque cada función es distinta y hay que estar continuamente a la altura del personaje y de un texto que parece sencillo pero que cuenta con mil y un matices que hay que saber poner en escena, Reír, llorar, desesperarse, parar, esperar, todo marca una obra repleta de dobles sentidos que hace reflexionar al espectador.

Nada más abrirse el telón vemos a Carmen en su escritorio mientras escuchamos el audio de las visitas que alaban a Mario pero que ya se marcharon, porque el presente es esa soledad a la que Carmen ya está expuesta a pesar de que el cuerpo de Mario sigue presente en su ataúd, rodeado de las sillas en las que las vecinas han estado sentadas un poco antes para darle el pésame a la viuda.

Y es entonces, cuando todos se han despedido, que comienza esa conversación con Mario que Carmen nunca tuvo con él en vida. Confesiones que a lo mejor antes podían haber hecho que su matrimonio fuera distinto, pero qué mujer entonces tenía derecho a quejarse si es solo ahora cuando algunas, no todas, se lanzan a hacerlo.

Cinco horas con Mario es también un texto que exige posturas. Por la exposición de los hechos, por el comportamiento de sus personajes, es inevitable decantarse por uno de los dos, por estar más de acuerdo con Carmen o con Mario, por decidir quien, en base a nuestro criterio, tiene más razón de los dos.

Pero también es verdad que Delibes sitúa, como ya ha quedado dicho, la acción en el mismo año de la concepción de la novela, que Carmen es una hija de su tiempo, y en su mentalidad hay que ponerse, en su falta de oportunidades para ser lo que hoy entenderíamos como una mujer moderna. Carmen no puede ser de otra forma.

Su educación y la sociedad en la que vive la han llevado a ser así, y eso también hay que comprenderlo, no podemos juzgarla con los ojos de hoy aunque tendamos a hacerlo porque el ser humano, ni ahora ni nunca, si tiene la oportunidad, se pone en la piel del otro. Mira desde sus zapatos, sin pensar que el número de la persona a la que sentencia sea necesariamente pequeño.

Por lo tanto, Cinco horas con Mario debe permanecer viva. Constantemente. No debe dejar de representarse, porque es una joya que además de divertirnos nos recuerda quiénes somos, quiénes fuimos y quiénes podemos volver a ser. Nos remite a un pasado no tan lejano en el que una mujer podía desear algo que la sociedad no le permita tener. Nos hace reconocernos en unos personajes que no nos resultan ajenos. En nuestras familias tenemos a Carmen y a Mario, con otros nombres, pero son ellos. Por eso es una obra portentosa, y por eso es tan necesaria. El espejo en el que nos miramos siempre tiene que mantener su telón levantado.

Silvia García Jerez

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