BLACK BEACH: El África más oscura
Black Beach es, tanto por definición, es decir, por argumento, como por resultado, una de esas películas de denuncia empresarial y política, que en según qué casos en las altas esferas está todo relacionado, que venimos aplaudiendo desde los tiempos en los que el cine americano las rodaba también en los convulsos, pero tan rentables artísticamente, años 70.
Black Beach la podía haber firmado perfectamente Alan J. Pakula, responsable de Todos los hombres del presidente o El informe Pelícano, y le hubiera quedado igual de bien que a Esteban Crespo, que es quien en realidad la dirige. Si la hubiera hecho Pakula habría sido en inglés pero como se trata de una producción española, está hablada en nuestro idioma. Es, en realidad, el único cambio sustancial respecto a lo que vemos ahora en la pantalla y lo que habríamos visto hace 20 ó 30 años en el cine que Pakula solía ofrecernos.
Black Beach enfoca su cámara hacia África, lugar donde tiene que dirigirse Carlos (Raúl Arévalo) tras recibir el encargo de la empresa para la que trabaja, que está a punto de hacerle socio: viajar a dicho continente para encontrar al ingeniero de la empresa petrolera a la que la suya está ligada, que ha sido secuestrado y cuyo paradero, claro está, es completamente desconocido.
Carlos ya fue, hace años, cooperante en ese país, al que vuelve en funciones muy distintas, pero gracias a ese pasado tiene contactos que le ayudan a buscar en recovecos poco accesibles. Ale (Candela Peña) fue y sigue siendo su amiga y confidente, y con ella recorrerá los peligros que se esconden en una misión tan delicada.

Puede deducirse por el argumento que Black Beach no es solo un film de espionaje industrial, es también una película de acción electrizante que no se detiene un minuto y que Esteban Crespo rueda con perfección milimétrica.
Porque al drama de la situación de los personajes, cada uno con el suyo, tanto protagonistas como secundarios, se une que sus situaciones nos pongan rumbo a otras más peligrosas. Es decir, si los contactos que busca Carlos están en las peores manos significa que la realidad que esconde la misión encomendada es todavía más feroz de lo que imaginaba cuando aceptó –tampoco le quedaba más remedio- el peligroso trabajo.
Esteban Crespo dirige la película en un in crescendo evidente sin que el comienzo desmerezca por contraste, básicamente porque sin situar personajes y objetivos no hay acción que se desarrolle con posterioridad. Pero una vez planteado el mapa sobre el que hay que moverse, Crespo corre y regatea para marcar algunos de los mejores goles de la temporada.
Las secuencias de persecución son dignas de cualquier Mission: Impossible y Raúl Arévalo la perfecta equivalencia a un Tom Cruise raudo y veloz que ha de cumplir con su cometido, a veces más por él que por completar el encargo como se debe.
Raúl, como es habitual en él, está colosal. Solo verlo moverse por la pantalla te da la dimensión del gran actor que es, dominando el lenguaje cinematográfico en el que también el comportamiento del actor, cómo camina su personaje, cómo mira, cómo responde emocionalmente, es tan importante como su manera de entonar las frases o de modular los silencios, algo en lo que Raúl ya ha demostrado que es un maestro.
A él le acompaña Candela Peña, en un papel secundario inolvidable, de amiga sin reparos a la hora de decir lo que piensa y de actuar en consecuencia.
Está maravillosa, Candela. Si en La boda de Rosa brilla con luz propia, su Ale de Black Beach no tiene menos ímpetu, solo que lo cambia de lugar y de circunstancia, pero su intención de cuidar de su gente cuidándose ella también es un hecho.
Y es fascinante verlos a los dos juntos en las escenas que comparten. Sus talentos son dos huracanes que nos arrastran con ellos a una jungla de corrupción en la que hay que adentrarse pero de la que es mejor huir. Nerviosismo, gritos, desesperación. Todo ello confluye en una relación que mezcla la amistad con los negocios y en la que los dos han de saber gestionar las tensiones y los miedos que surgen de los avances de la investigación.
También es un acierto ese despliegue de medios con el que cuenta la película, en parte producción de TVE y de Netflix, porque solo abandonando el cine intimista con el que Esteban Crespo nos obsequió en la espléndida Amar y yendo por la senda que tan bien conoce tras rodar Aquel no era yo, el cortometraje situado en África por el que lo nominaron al Oscar, puede acercar convenientemente el relato a la realidad que pretende denunciar.
Pero si hay que ponerle alguna pega, también se puede. Su guion, escrito por el propio Crespo junto a David Moreno, no es tan redondo como debería. La misión es incontestable, pero hay que reconocer que algunas resoluciones para llegar a ellas y resolver el enigma están sujetas al destino que la tecla escriba en lugar del que los acontecimientos dicten. Y eso acaba descolocando por mucho que el envoltorio en el que todo se conozca sea impecable.
Porque todo acaba siendo impecable. Eso ha de quedar claro. Uno sale con la sensación de haber visto una película espléndida a la altura de lo que su director venía prometiendo durante años. Los fallos que Black Beach tiene no son motivo para no admirar un resultado que es mucho más positivo que negativo y que deja como veredicto final un muy estimable thriller de acción acorde con lo que el género, en su forma más solvente, sabe darnos.
Silvia García Jerez