ADÚ: El sueño de sobrevivir

Todos tenemos un sueño, o varios, en la vida. Deseos. El de Adú no es como el tuyo. Seguro. Tú querrás que ese chico te haga caso, comprarte la casa que siempre quisiste, terminar la carrera y trabajar aquí o allí. Adú quiere sobrevivir. Nada más. Ni nada menos. Y no lo va a tener fácil.

Porque Adú es un niño de seis años que huye de su poblado en Camerún junto a su hermana mayor. Unos hombres los atacan de noche y mientras su madre recibe una brutal paliza ellos se marchan a nado bajo la lluvia. Y posteriormente los acontecimientos los harán huir en avión, por supuesto acomodados en el tren de aterrizaje, que lo de viajar con billete no está a su alcance. Ellos creen que van a París porque es donde les han dicho que tienen que ir, pero el destino que la aeronave tiene previsto no es ese ni remotamente.

La historia de Adú es solo una de las tres que la película que lleva por título su nombre nos cuenta. Las otras dos, diferentes cada una de ellas, nos llevan a la valla de Melilla, donde unos guardias civiles se tienen que enfrentar cada noche a la llegada de inmigrantes que quieren cruzarla. Tres guardias frente a una multitud de personas que solo buscan una vida mejor y se encuentran con un recibimiento que tal vez acabe con ella.

La tercera es la de un activista medioambiental que, no muy lejos de donde el pequeño Adú lo está pasando mal, tiene que luchar contra la caza furtiva y sus métodos no son aceptados por el equipo con el que trabaja, por lo que sus jefes no saben muy bien qué destino proponerle. Con su vida también a la deriva, recibe la visita de su hija, una chica rebelde a la que tampoco sabe muy bien cómo tratar. Aunque ella, bien es cierto, no pone nada de su parte.

Adú nos cuenta tres historias sobre personajes que se mueven en una parte del mundo hacia la que no solo no solemos mirar, es que no queremos hacerlo. Estamos muy cómodos en nuestro primer mundo y lo que ocurra con los que no nos rodean no nos importa. Y estos personajes, que no se conocen entre sí, van a terminar uniendo sus vidas en algún punto, en ese de no retorno para ninguno de ellos.

Álvaro Cercantes y Jesús Carroza, dos Guardia Civiles en la Valla de Melilla

Adú es la segunda película del director Salvador Calvo, cineasta dedicado sobre todo al medio televisivo y a series que se emiten en él. Respecto al cine, su ópera prima fue la exitosa 1898: Los últimos de Filipinas, que protagonizó, dentro de su reparto coral, Álvaro Cervantes.

También aquí Álvaro es uno de los intérpretes más destacados, dentro de otro film coral, en el que se mete en la piel de uno de los guardias civiles que tienen que lidiar con una acusación de no haber hecho bien las cosas en la valla. Y el personaje de Álvaro sabe que ha sido así y no tiene muy claro que deban ocultarlo.

Salvador también es el director del cortometraje Maras, nominado al Goya en la última edición de los premios aunque no resultó ganador del mismo. Pero en Maras ya apunta un interés enorme hacia el tema de la inmigración y de las mafias debido a las que, sobre todo, el pequeño Adú se ve perjudicado a lo largo de su viaje.

En esta, su segunda película, nos cuenta de nuevo una historia, aunque sean varias cruzadas, en la que la migración tiene cara, tiene nombre y tiene sentimientos. Personas que se ven desbordadas por situaciones que quieren controlar pero que les resulta hasta cierto punto imposible. Personas, en definitiva, que necesitan ayuda continuamente y a las que les es muy difícil encontrarla.

Salvador Calvo vuelve a regalarnos una película imprescindible, que resulta cinematográficamente apasionante pero que no siempre es agradable de ver. La dureza de sus imágenes, algo necesario si queremos mostrar la realidad en la que viven, a veces resulta estremecedora. Y como ejemplo sirva la secuencia del avión en el que Adú y su hermana pretenden llegar a París. Encoge el alma asistir a lo que en ella ocurre. Es inevitable. Si no sientes nada, si te es indiferente o si no te importa lo que en ella sucede, es que no eres de este mundo.

Anna Castillo y Luis Tosar, hija y padre en la ficción

En Adú no solo tenemos una mezcla de historias al modo en que se juntan las tres de Amores perros, en un momento concreto de la vida de esos personajes, sino que tenemos una mezcla de intérpretes de lo más variado y de lo más solvente.

Por supuesto, los desconocidos niños protagonistas: el que se mete en la piel de Adú, un pequeño que nos deja asombrados por su capacidad para transmitir todos los horrores que Adú tiene que vivir; su resuelta hermana y el amigo con el que Adú hará el tramo final de su viaje. Pero también el citado Álvaro Cervantes, espléndido en su personaje de guardia civil al que no le gusta nada de lo que pasa a su alrededor.

A él se le une Miquel Fernández, un compañero con unas ideas un tanto cuestionables, y Jesús Carroza, el Guardia Civil más resignado de todos. Y en la historia del padre y la hija, Luis Tosar, que es buen actor desde que se levanta hasta que se acuesta, no puede evitarlo ni sus admiradores queremos que lo haga, y Anna Castillo en una interpretación mejor que la que nos ofreció en 1898: Los últimos de Filipinas y mejor también que la de su carrera previa a Viaje al cuarto de una madre, pero no superior a la de este film, porque lo que hizo entonces es muy difícil de repetir.

Entre todos nos regalan una película apasionante, que nos entretiene a pesar del tema tan duro del que nos habla, porque también se trata de que no salgamos deprimidos del cine, sino dispuestos a reflexionar sobre lo que es y lo que supone la inmigración, un hecho que existe pero que hasta en los medios de comunicación nos diluyen su verdadera dimensión.

Y lo cierto es que la película no es tan dura como la historia real en la que se basa, que esa, si la leemos, es demoledora, porque incluye tráfico de órganos en menores, en niños como Adú, pero la película no cuenta eso, cuenta otras cosas también atroces pero en el límite de lo soportable en un film comercial.

Aunque, eso sí, saldremos con el alma encogida. Insisto: es soportable pero no es una comedia. Lo que vemos en ella ocurre y nosotros lo asistimos a hechos que se nos cuentan en dos horas de una tarde, pero quienes lo viven no pueden salir del cine y tomarse algo. Ya les gustaría. No, esta es su realidad y lo que hay es que agradecerle a Salvador Calvo, a Telecinco Cinema y a Mediaset por apostar por un proyecto así, que nos traiga a las salas de cine un trocito de la experiencia de mucha gente, del día a día de quienes no viven tan bien en el primer mundo. Ellos querrían, por eso vienen a Europa, aunque no sean bienvenidos.

Silvia García Jerez

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