YULI: Llevar el ballet en las venas

Llevar el ballet en las venas puede ser una bendición, si eres una niña encantadora que estás más mona todavía con un tutú, de cara a convertirte en una diosa sobre las tablas, pero llevar el ballet en las venas siendo un niño cubano en un barrio marginal de La Habana de los años 70 y 80 ya no es tan buena idea.
Porque los niños son muy crueles y ver a uno que se introduce en un mundo que tradicionalmente pertenece a las mujeres es inmediatamente objeto de ataques, por desviado, a una edad en la que todo duele, todo importa y defenderse de los chismes es una quimera.
Como si las parejas de baile no fueran necesarias, pero en eso no reparan los pequeños que solo buscan puntos débiles en los iguales para destacar a costa del mal rato del otro.
Es por eso que a Carlos Acosta, un bailarín nato casi desde antes de saber hablar, su padre lo apunta a la Escuela Nacional de Cuba, para que desarrolle ese don que también su profesora ve con claridad que el niño posee.
Pero él no quiere. Se niega. Dice que eso es de mariquitas y que él no lo es, y que nadie lo va a hacer quedarse en la Escuela. Pero Carlos tiene un padre inflexible que no le permite desaprovechar lo que nadie más en Cuba tiene.
Y Yuli, el nombre que también su padre le puso por un indio bravo, a malas penas sigue las clases. Su talento florece a medida que sus notas en el colegio van empeorando. No es buen estudiante, pero es apoteósico en lo que a movimiento del cuerpo se refiere y por lo tanto las continúa. Y lo empiezan a llamar de compañías importantes, como el Royal Ballet de Londres.
Pero él no quiere bailar, quiere estar en las calles de Cuba, lejos de la disciplina y la sumisión. Y ahí vuelve a estar su padre, recordándole lo que es, quien es y lo que vale. Yuli es una leyenda y tiene que responder a ella.

Desde pequeño YULI demuestra ser un gran bailarín
Desde pequeño YULI demuestra ser un gran bailarín

Yuli, la nueva película dirigida por Iciar Bollain, se acerca a la biografía del bailarín cubano Carlos Acosta y logra con ella su mejor película en años pero no su mejor película, como podría haber sido.
Hubo un tiempo en que Iciar nos regalaba películas compactas, sin tacha, auténticos monumentos al cine ante los que solo cabían la admiración y los halagos. Títulos como Flores de otro mundo, Te doy mis ojos o También la lluvia, gigantes que podían medirse con cualquier otro, dentro de nuestras fronteras y fuera de ella. Piezas asombrosas llenas de una emoción desbordante que le hicieron convertirse en la mejor directora en activo, incluso por encima de muchos de sus compañeros de profesión.
Pero sus últimos trabajos han pecado de falta de estructuras sólidas, caso de El olivo, cuyo guion firmaba con Paul Laverty, en la que a un inicio poco estimulante le seguía una road movie prodigiosa y un tramo final que volvía a bajar la calidad de lo logrado, o de falta de interés, en el de Katmandú, un espejo en el cielo, un guión también escrito con Paul, que inicialmente parecía apasionante pero que su traslado a la pantalla no llegaba a trasladar.
Ahora, gracias a Yuli, película en la que de nuevo Laverty está en el guion, vuelve a la senda que la hizo imprescindible pero sin acercarse del todo dicho título. Porque la vida de este bailarín, que es fascinante una vez contada y que debería serlo también vista, es magnífica en la pantalla pero no redonda.
La narración en flash-backs, tan recurrente desde que el cine lo inventara, no le favorece a la vida de este genio, que nos apasiona cuando el relato se detiene en un tiempo determinado pero nos desarma cuando nos arranca de él para llevarnos a otro, quizá presente, que no estamos necesitando. Un relato lineal, tal vez ordenado por capítulos, pero no con saltos temporales de presente y pasado tan acusados, hubiera sido una opción narrativa más acorde.

Santiago Alfonso interpreta a Pedro Acosta, padre de YULI
Santiago Alfonso interpreta a Pedro Acosta, padre de YULI

A pesar de eso, Bollaín nos ofrece un título que será difícil de olvidar. Estando el propio Yuli vivo, y en activo con su propia compañía, Acosta Danza, es él mismo quien se interpreta en un presente nostálgico, lleno de los recortes de periódico que su padre ha ido recopilando a lo largo de los años, y ocupado con los ballets que su compañía ensaya.
Varios actores se meten en su piel, desde que es pequeño hasta que ya no necesita un doble, y lo vemos evolucionar en la pantalla con la misma emoción que debieron sentir sus padres y hermanas al asistir a su ascenso a la fama.
Porque Bollain, una vez más, inunda de sentimiento cada fotograma y nos hace partícipes de un sueño que se cumple, el de un niño que primero se niega a bailar y que más adelante será el ejemplo para otros que con tanta ilusión al verlo piensan que la meta no está tan lejos.
Todo envuelto en una fotografía, de Alex Catalá, que a Carlos lo hace volar y a nosotros soñar. Imposible que sea más bonita, más mágica. Por momentos, quien firmara la fotografía de La isla mínima, se asemeja al Vittorio Storaro de Flamenco o Tango, las películas de bailes de Carlos Saura.
Pero por mucho que Carlos Acosta sea la figura central de la película, el alma de Yuli es otra, y está en su padre, en Pedro Acosta, interpretado por Santiago Alfonso. Un hombre autoritario pero encantador, que lo mismo le grita a su hijo que se olvide de ellos para convertirse en el bailarín que realmente es, sin ataduras familiares que le abrasen la nostalgia y le arruinen la concentración, que le cuenta las historias del pasado a las que debe su existencia.
Un personaje de los que dejan huella, tanto en quien lo interpreta como en el espectador que no puede creerlo, como el de LaVona, madre de Tonya, en Yo, Tonya, que le hizo ganar a Allison Janney su Oscar a la mejor actriz secundaria. Este Pedro no es así pero se le parece. Pedro tiene más aristas, es un personaje más complejo e infinitamente más cariñoso pero, como referencia, LaVona es un buen paralelismo.
Pedro es exigente, insistente y un verdadero oráculo. Sabe lo que su hijo necesita y no se detiene hasta que se lo hace ver y lo convence. Y los resultados son para darle las gracias eternamente. Su hijo también se las da, y ahora Iciar Bollain ha dejado patente que un personaje con ese carisma nos ha regalado a uno de los mejores bailarines del mundo.
Yuli es una muestra de arte y de perseverancia. De que no basta con tener talento, también hay que cultivarlo. Una enseñanza de vida. Pero también de cine. Porque la emoción es cine, el eco de la voz en los edificios sin terminar de La Habana también es cine. Y Bollain, desde que rodara aquella ópera prima asombrosa titulada Hola, ¿estás sola? nos ha estado regalando horas y horas de buen cine, con Yuli como actual colofón a una filmografía admirable.

Silvia García Jerez

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