NAPOLEÓN: La épica del Emperador

Napoleón Bonaparte. Menuda figura histórica más controvertida. ¿Fue un genio o un tirano? Tal vez quien se proclama a sí mismo Emperador de los franceses para tomar el control del país no merezca sino ser calificado como lo segundo, pero su genio estratega en la batalla también era evidente y se le reconoció como tal. Incluso sus enemigos lo hicieron. Le gustaba luchar, desplegar su sabiduría en el campo, y se notaba. Pero nunca tenía suficiente. Sus ansias de gloria por su destreza en la guerra era desmedida y de este modo sus ejércitos también iban menguando.

Vanessa Kirby interpreta a Josefina

También fue grande su amor hacia Josefina, una mujer que lo fascinó desde que la conoció. Se casaron y se divorciaron pero ella siempre fue un pilar para él, la razón de su felicidad. Ella le fue infiel, él también pero después de un acto de rebeldía hacia las infidelidades de ella, venganza podría llamarse, aunque ella no lo consideraría tal porque a ella él le daba igual y los dos lo sabían. Pero él siempre quiso volver a su lado, siempre la tuvo presente y la amó por encima de todo. Relación extraña, tóxica se diría en nuestros días, pero de la que ambos, en el fondo, salieron beneficiados: uno por poder estar con ella cuanto quiso, la otra por obtener las prebendas que logró cuando la pareja llegó a su fina.

Todo esto lo cuenta Napoleón, la versión de dos horas y cuarenta minutos que Ridley Scott estrena en cines. Se trata de una producción de Apple Tv+, la misma que ha hecho posible Los asesinos de la luna, de Martin Scorsese, porque tienen presupuestos tan altos que ninguna productora de cine se quiere responsabilizar de ellos, pero es que en concreto Napoleón cuenta con una duración real de cuatro horas que no se verá en las salas, únicamente cuando llegue a la plataforma. Cierto es que no necesita más metraje, pero parece que la épica del Emperador precisa de más contenido que le dé a su persona la dimensión que le habría gustado ver reflejada en la pantalla. Grande o pequeña.

Joaquin Phoenix y Vanessa Kirby son Napoleón y Josefina en esta versión de Ridley Scott. Una pareja colosal, imponente. No podríamos decir quién está mejor de los dos como intérpretes. Él, contenido, ella, con una elegancia capaz de desarmar a cualquiera con un solo gesto. A su marido en escena o al espectador, que la admira desde su butaca porque es una actriz descomunal. Mereció el Oscar por Fragmentos de una mujer y aunque aquí sea secundaria -tal vez el metraje recortado le dé mayor protagonismo- su talento y su arrebatadora presencia le aseguran los mejores adjetivos al finalizar el metraje. Joaquin está fabuloso pero ella está aún más inmensa.

Joaquin Phoenix es el actor ideal para interpretar a Napoleón Bonaparte

Pero es que es una película que es inmensa de por sí. Napoleón es como una de aquellas grandes producciones que hacía Hollywood cuando tenía su prestigio intacto. Ben-Hur, Cleopatra, esos títulos del cine más lujoso, que congregaba a millones de personas en las salas. Ya no estamos acostumbrados a ver dramas así, ni los estudios a producirlos, y posiblemente porque la dirige Ridley Scott Apple se ha lanzado a regresar a ese pasado. No todos los directores ruedan como Scott, un hombre que tiene casi 86 años y está siempre al servicio de la película, nunca al del potencial espectador, y si ésta requiere gigantescas secuencias con cientos de extras, puede disponer de ellos, tanto en los momentos íntimos, de fiesta con Josefina, como en los de batalla, donde se nota un cuidado extremo por las mejores recreaciones.

Napoleón es grandiosa tanto cuando es pequeña como cuando se desborda. En los momentos conyugales su fuerza queda patente en cada mirada, en cada frase. Y en las batallas resulta ejemplar. Qué manera de destacar, de seguir siendo aquel director que comenzó con Los duelistas -que tenía lugar también en ese contexto, el de las guerras napoelónicas-, y que luego rodara Alien, Thelma & Louise, American Gangster o Marte. Muchas más, claro, pero menuda diversidad de géneros y de estilos, todos ellos bajo una misma batuta.

Las batallas que rueda para Napoleón son de un virtuosismo apabullante, están llenas de buen cine, del cine clásico que echábamos de menos. Se nota en cada plano, a cada segundo, en cada una de ellas. Diferentes todas, dentro del modo de combate de entonces y de las armas con las que se contaba, como los cañones, hoy en desuso, afortunadamente. De entre todas ellas, tal vez haya una que sobresalga por su crudeza y realismo, por la forma en que Scott la rueda y por el escenario, lleno de nieve, en el que transcurre: la batalla de Austerlitz. Simplemente fabulosa, una obra de arte, cinematográficamente hablando.

Hay que reconocer que no se hace larga, a pesar de su duración, porque es apasionante. Algún que otro historiador ha criticado la poca rigurosidad de la película, justificada por Scott con el consabido ‘Es que no es un documental’. Diverge de la realidad en cosas tan sencillas como el hecho de que Josefina parece que era bajita y morena y Vanessa Kirby no es ni una cosa ni la otra. O en mostrar que ella también le quería, a su manera. Pero debemos centrarnos en la película en sí y vamos a comprobar que está repleta de datos, de fechas, de situaciones históricas que van enmarcando la vida de tan peculiar personaje. Y Scott defiende su ficción frente a todo y frente a todos. El que no quiera, que no la vea. Sin más. Y lo cierto es que quien decida no acercarse a las salas se va a perder a un Ridley Scott pletórico tras las cámaras. Napoleón es otra muestra de su genio como director, otro hito para alguien que, como maestro que es, cuenta con un buen puñado de ellos.

Silvia García Jerez

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