LA MALDICIÓN DE SHELBY OAKS: Regreso al ‘found footage’

La maldición de Shelby Oaks es una película del año 2024 que ha tardado casi dos años en llegar a nuestro país desde que se vio por primera vez el 20 de julio de 2023 en el Festival Internacional de cine Fantástico de Canadá. Pero ha merecido la pena la espera porque todas esas voces que hablaban de ella como una gran película de terror han resultado tener razón.

El equipo de youtubers en la grabación de uno de sus programas de investigación paranormal

La maldición de Shelby Oaks nos presenta a un equipo de Youtubers con un programa sobre fenómenos paranormales de mucho éxito que cuando llega a un pueblo de Ohio llamado Shelby Oaks para grabar su contenido habitual no es recibido con la tradicional hospitalidad por las fuerzas del mal que suelen investigar. Su presentadora, Riley (Sarah Durn), nota algo raro nada más llegar allí y concluye que deberían marcharse.

Pero no se van, como es lógico, y los cuatro siguen con sus grabaciones. Hasta que todo se torna tan oscuro que tres de sus miembros aparecen asesinados y Riley desaparece. Y su hermana mayor, Mía (Camille Sullivan) comienza a buscarla. La película empieza cuando lleva ya 12 años tratando de dar con ella, con las imágenes de la última vez que se vio con vida a Riley y el documental que surge de su caso, en el que Mía cuenta su periplo realizado hasta el momento. El caso dará un giro cuando Mía recibe una extraña visita en su casa, la de un hombre que tras un terrible incidente muestra en su mano una cinta de vídeo en la que se puede leer el nombre del pueblo. Será cuando Mía la ponga y la vea que comenzará la nueva etapa de su investigación en la búsqueda de su hermana.

Lo primero que llama la atención de La maldición de Shelby Oaks es ese arranque, con una cinta de vídeo de estética de los primeros años 2000, efecto buscado expresamente por el director usando iMovie 2007, una aplicación que consigue esos resultados en las grabaciones, para que parezca verdadero found footage o ‘metraje encontrado’, que es la traducción al español de ese subgénero de terror inaugurado con El proyecto de la Bruja de Blair (1999). Se puso de moda entonces, y aunque fue un recurso muy manido -de hecho muchas otras películas rodadas a continuación se nutrieron por completo de él-, no llegaron a darle la verdadera entidad que se merecía. Creaban la atmósfera de un peligro inmediato, la cámara en mano servía para dar la impresión de que el horror estaba pegado a quien la portaba pero en la mayoría de producciones que se hacían con este sistema jamás llegaban a un puerto razonable para darle a la película una entidad más allá de la estética en sí. Es decir, todo el contenido de la película estaba fundamentado en que la estética de la cámara de vídeo hiciera el trabajo que el guión descuidaba.

Mia (Camille Sullivan) investigando la desaparición de su hermana

Y era una pena porque se trataba de un subgénero muy interesante como tal en su idea primigenia, precisamente por esa proximidad al Mal que da la cámara en mano y ese ‘metraje encontrado’ que puede dar la solución de qué pasó con los personajes que desaparecieron. Antes cité El proyecto de la Bruja de Blair como la primera película en marcar un punto de partida en este tipo de producciones, pero en realidad hubo otra que previamente mostró que el ‘metraje encontrado’ era -o debería de ser para que la película tuviera sentido en lugar de ofrecer sólo expectativas-, aquello que se necesitaba para poder completar las piezas del puzzle: Holocausto Caníbal (1980), cinta italiana que se vendió con el mismo ejercicio de marketing que El proyecto de la Bruja de Blair, el de surgir de un experimento real tras el cual lo que veíamos en la pantalla no era ni siquiera la simulación que implica un rodaje de ficción. Así, el éxito estaba garantizado, por parte de las dos películas, con esa diferencia temporal que siempre hace que el público de su momento olvide, o desconozca, el fenómeno que supuso su predecesora.

El found footage fue denostado durante muchos años por los amantes del género de terror. A muchos les resultaba aburrido. Normal, porque aunque fuera un subgénero excelente adolecía de lo ya expuesto anteriormente, pero ahora que se retoma con La maldición de Shelby Oaks resulta muy satisfactorio anunciar que en éste caso su uso es útil y que estamos ante un título que merece la pena ver y recomendar.

Lo segundo que llama la atención de él es que no sólo se trata de found footage. Tras esa introducción de 17 minutos, un tanto típica dentro del género, comienzan los créditos que nos explicitan a los actores que protagonizan la película. Unos créditos muy originales, realizados de modo que no se detiene la narración, aunque parezca que lo haga, porque nos introducen de lleno en la historia que nos espera a continuación. Es un trabajo muy destacable que ha de resaltarse como un logro en un momento en que los créditos suelen ir colocados al final del metraje, algo que, no me cansaré de decirlo, supone una aberración que está llevando a que el público deje de conocer a los responsables de las películas que decide ir a ver.

Hasta esos créditos, La maldición de Shelby Oaks nos ha presentado distintos formatos cinematográficos. Hemos visto el documental y el metraje encontrado, y ahora vamos también con la ficción, que es lo habitual en todo tipo de largometraje. Y en ella nos adentramos en aras de que la hermana mayor de la presentadora de Paranormal Paranoids, que es el título del programa de YouTube, busque personalmente a la hermana que tiene desaparecida. El vídeo que llega a la puerta de su casa es el detonante para que viaje a los lugares donde se movió por última vez. Y ese viaje va a acabar siendo espeluznante.

Pero espeluznante de verdad, no un decir. La maldición de Shelby Oaks, y aquí está lo tercero que llama la atención de ella, está maravillosamente dirigida. No suele cuidarse tanto como aquí la realización del terror hasta dar auténtico miedo. Su responsable es Chris Stuckmann, hasta ahora director de cortos y series de televisión que da el salto al cine gracias a Mike Flanagan, director mítico dentro del género gracias también a series vistas en Netflix, caso de La maldición de Hill House (2018) y La maldición de Bly Manor (2020), y a un film previo a ellas, su ópera prima, que supuso, directamente, su consagración como cineasta, Oculus: El espejo del mal (2013). Flanagan resulta ser productor ejecutivo de la que ahora se estrena y su nombre presenta, en esos créditos casi iniciales tan espléndidos, al enorme talento que apadrina.

Su trabajo es realmente brillante. La maldición de Shelby Oaks es terror de atmósfera, el más complicado de lograr, porque no apoya su relato en sustos que te sobresalten de la butaca sino que te mantiene tenso en ella, no sabiendo bien qué esperar y llegando a lugares que no contemplabas en un principio. Y por eso pasas más miedo del habitual. Aquí no hay un asesino en serie con chavales que irán muriendo uno a uno cuando les toque tras escenas en las que el humor, más o menos vulgar, es un elemento que rebaje el estrés que la persecución a la víctima anterior provocó, aquí hay un pueblo fantasma en el que todo es inquietante y unas imágenes de las que sacar una información que hará el ambiente más irrespirable.

Aquí todo forma parte de un engranaje en el que tanto la historia como la manera de contarla sirve al fin de aterrorizar al espectador como no suele hacerlo el cine más comercial, lleno de gritos y de cámaras nerviosas que acaban completando una experiencia tan limitada como aburrida. El género de terror resulta una copia de sí mismo en la que los grandes estudios se han acomodado en una fórmula que funciona, que genera abultadas taquillas y que está estancado en pos de un rato similar en cada uno de los títulos que se estrenan. Pero éste no es el caso de La maldición de Shelby Oaks, que a pesar de no contar una historia realmente nueva sí lo hace con exquisitez, precisión, tiempo para explicar los hechos del presente y del pasado para comprender el futuro y con una atmósfera sugerente, tan acertada que parece que está renovando el género.

Cada descubrimiento que añade un dato más a la investigación entra en el relato con la maestría de quien ama el género y desea que que quien también lo haga la disfrute. Y asistir a su encaje dentro del conjunto para comprenderlo todo como se debe es tan atípico que resulta asombroso y lo agradecemos. Además cuenta con momentos que deberían pasar al imaginario del terror. Esa casa, que ya desde fuera invita a no entrar… pero hay que hacerlo para avanzar. Ese bosque… tanto de día como de noche.

Sí, es de admirar que una película como La maldición de Shelby Oaks se haya rodado. Y aún más que se vaya a estrenar en salas de cine y no en alguna plataforma. Debería convertirse en un clásico, o en su defecto en un título de culto porque, en definitiva, no es otra cosa que una cinta sobresaliente, cargada de personalidad y rebosante de un saber hacer de tal calibre que consiga marcar un punto de inflexión en el género.

Silvia García Jerez

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