LA HIJA DE LA ESPAÑOLA

‘Sobrevivir es parte del horror que viaja con quien escapa’, reza Karina Sainz Borgo en su primera novela, La hija de la española, que publica Lumen en nuestro país.

La joven periodista venezolana retrata, en su triunfal entrada en la literatura, su dolorosa salida de allí donde nació y donde, como bien va explicando desde el comienzo del relato, aunque tuviera en él su casa, ni en ella podía vivir.

La hija de la española plasma, con rabia, furia y a ratos resignación, porque tampoco queda otra, la historia de Adelaida Falcón, que entierra a su madre después de ayudarla como puede a paliar la devastación del cáncer que sufre, y una vez la enfermedad termina con ella, toca el camino al cementerio.

Pero nada es fácil en ese lugar en el que hasta morir cuesta trabajo, y suerte tienes si solo te cuesta eso, y el regreso a casa desde que Adelaida deja a su madre bajo tierra será otra odisea tan fea de ver y de escuchar como asistir a una fiesta en la que prime el reggaetón.

Su casa es ocupada por una de las facciones del régimen y no le queda más remedio que marcharse de allí, pero al acudir a la de su vecina, Aurora Peralta, no solo no encuentra quien le abra la puerta sino que concluye que ella la puede abrir y que aquella a la que busca nunca más le abrirá persona alguna.

Aurora está muerta, y en medio del estupor de encontrarla de esa forma también ve Adelaida un documento en el que se le concede el pasaporte español a su vecina. Y Adelaida se aproxima a una ventana abierta entre tantas puertas cerradas: la posibilidad de asumir la identidad de quien no es para escapar de un país en el que no sabe cuánto va a seguir siendo.

Karina Sainz Borgo nos presenta en La hija de la española, más que una historia, una radiografía. Quiere que sepamos qué pasa en cada rincón de Venezuela, qué pasó y cómo se fue todo al carajo sin solución posible. Bueno, con una sola solución: el exilio, el portazo. Salir de ahí como una rata, sin remordimientos, porque todos tenemos un peso que llevar, no solo en la maleta. Es el tú también lo harías si pudieras, déjame, por lo tanto, hacerlo a mí.

Nos cuenta cómo funciona todo desde esa casa en la que ni las ventanas puede abrir para no ahogarse con los gases lacrimógenos de quienes quieren detener las protestas.

Pero Adelaida no solo ha de abrir las ventanas y asomarse a ellas, también la calle la requiere y al enfrentarla, y nosotros con ella, somos testigos del horror en grado máximo. De lo que ocurre en los hospitales a los que únicamente les queda el nombre, porque ya no pueden prestar el servicio que antaño ofrecieron.

Nos cuenta el saqueo a las tiendas, cuando quedaba algo que llevarse de ellas, así como el mercado negro de quienes siguen teniendo porque el gobierno los abastece.

También nos lleva la autora a las catacumbas donde se tortura a los estudiantes que son apresados en las manifestaciones, confinamiento en el que no se les otorga ningún derecho, ni siquiera el de la ansiada muerte tras haber intentado luchar por una vida que se escapa a cada palo.

La hija de la española es, en el presente, absolutamente demoledora narrando hechos, describiendo horrores, siendo testigo del cambio a negro de un país que una vez fue luminoso.

Pero Karina también se acerca a esa luz, a ese pasado en forma de flash-backs que recuerda la pensión de las Falcón en la que además de con su madre, vivía con sus tías. Unos años que no hacían presagiar lo que más tarde sería Venezuela.

Portada de LA HIJA DE LA ESPAÑOLA
Portada de LA HIJA DE LA ESPAÑOLA

La hija de la española es un prodigio en el presente. La dureza de la muerte en vida es palpable en cada página, en cada párrafo, que Karina escribe con un primor excepcional. En algunos casos incluso por encima del relato. Ni es necesario un lucimiento tal para que la novela brille ni a veces lo que tal fastuosidad retrata, no se requiere.

La hija de la española también decae cuando se marcha al pasado. Funciona como fórmula de escape y de aire fresco para la asfixiante realidad que impone el oscuro día a día, pero saber de la Adelaida niña no siempre es necesario y por momentos resulta ser incluso lo contrario.

No todos los pasajes del antaño son prescindibles, pero sí algunos de ellos, que aportan poco cuando con dos pinceladas que nos dé la Adelaida adulta de quién fue tenemos suficiente. Aunque hay que admitir que sí se echan de menos más asistencias a esa casa del arquitecto que en tan buena atmósfera nos introduce y en la que querríamos sumergirnos algo más. O bastante más, la verdad.

Hechas ya las salvedades, concentrémonos en que en realidad, y pese a ellas, La hija de la española es una novela ejemplar, de la que muchos autores deberían aprender de su nivel narrativo y lingüístico, al alcance de muy pocos.

Es un auténtico placer enfrenarse, como lector, a una prosa intensa, nada sencilla de concebir, que demuestra que su autora lleva la literatura en las venas. Siendo tremendamente visual en sus imágenes no se conforma con unir una palabra detrás de otra para crear las frases que configuren la historia, sino que le otorga a esta el volumen de la narración extraordinariamente elaborada. Y eso es un premio para quienes estamos cansados de que una novela se limite a serlo únicamente para entretener, sin que su meta sea alcanzar la inmortalidad por medio de un relato pulcro sin temor a ser tildado de pomposo.

La hija de la española deja también clara una cosa: Venezuela es un país al que no se puede ir. Desde luego no a vivir, y por lo que la novela denuncia más que sugiere, tampoco de visita. El retrato de su situación no es amable, todo lo contrario. Una agencia de viajes jamás recomendaría su lectura si pretendes viajar a ese horizonte. Pero posiblemente Venezuela se lo merezca. Al menos si hacemos caso a la Adelaida Falcón adulta.

Silvia García Jerez

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