LA GRAZIA. El don de Sorrentino

Resulta indudable que Paolo Sorrentino es un gran director. Y en La Grazia posee el don en todas sus acepciones; cual belleza, humor y clemencia, mostrándonos una suerte de relato nostálgico que nos habla de justicia, amor, recuerdos y despedidas, cuestionando la finitud de nuestra existencia.
Un filme reflexivo que vuelve con la Iglesia y la política, de soslayo, entre la solemnidad de la esfera pública y la intimidad de los secretos, bajo una bandera italiana de rojo pasión, blanco pureza y verde esperanza, que expone al Sorrentino más patriótico y humanista que nunca. 

Y así comienza La Grazia, con un desfile aéreo que despliega esas líneas tricolor en el cielo, mientras una ristra de leyes van apareciendo en pantalla.
El cumpliendo de las mismas por quien es el presidente República Italiana, a punto de ceder el poder, es la cuestión a tratar, atendiendo al prestigioso jurista que vive obsesionado con el recuerdo de su mujer junto a una hija, abogada también, quien se pregunta por los pensamientos su padre cuando fuma, a escondidas, en la azotea del palacio presidencial. Esa hija (Anna Ferzetti), tan cuidadora de la salud de su padre como del legado de su gobierno. 
Y Sorrentino nos regala, una vez más, a ese portento de actor que es Toni Servillo, encarnando a ese mandatario a punto de retirarse, Mariano De Santis, quien se enfrenta a una disyuntiva ética y filosófica con el interrogante que atraviesa toda la película, cuestionándonos quién es el dueño de nuestros días.
Sea la sociedad, la familia, la propia voluntad, o la divinidad, en La Grazia se recorren esos días de reflexión y espera ante el dictamen de legalización de la eutanasia y el posible indulto para un par de casos de asesinato, con el amor y el sufrimiento de por medio.
Mas el tiempo apremia, y más cuando entre encuentros y ensoñaciones aparecen las dudas de infidelidad que siempre le han atormentado, y a aquellas que ahora atacan sus propios principios.

A través de las conversaciones con su fiel cancerbero (Orlando Cinque), las confesiones a un Papa motero y las charlas con esa amiga de juventud (Milvia Marigliano), y sin perder el humor, este presidente va esquivando el paso y peso de la vida junto a quienes le acompañan en el ámbito público y privado, buscando los matices e imposturas de las palabras y sus significados para no faltar a la verdad, ni errar en sentencia alguna. Alcanzando así la gracia.
Como Sorrentino, quien entretanto nos ofrece una colección de imágenes poderosas e hipnóticas cual metáforas visuales -el recuerdo de la primera vez que vio a su esposa, tan bello como pictórico, la escena de solemnidad en la recepción a un clero con un vendaval incluido, la del caballo moribundo y la del astronauta llorando lágrimas flotando-, que se fijan jugando con el zoom y la música colada con acierto; ya sea un rap, o el himno cantado por veteranos con memoria histórica, además del tema central del filme (Surf Rider- IL Est Vilaine), ese temazo que va soltándose a poquitos para desarrollarse finalmente en un show de baile contemporáneo. Fascinante. Pues aun siendo las señas habituales en la filmografía del director, de un gusto irreprochable, la destreza para la sofisticación de su estilo convierte sus historias videocliperas en un brillante reflejo de la realidad (ahí está el paseo de despida del cargo, camino a casa y acompañado por una troupe de guardaespaldas con escolta de perro robótico, cuando en estos días la caminata de la primera dama estadounidense junto a un humanoide ha abierto todos los telediarios y el debate sobre una muerte digna solicitad por una joven ha sido noticia nacional

Con todo lo expuesto, la sentencia resulta irrefutable. Es indudable que Sorrentino tiene La Grazia, en todas y cada una de sus películas. Y eso no es cuestión de fe. Es un don

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Mariló C. Calvo

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