LA FORASTERA: Las sombras del pasado
En La forastera, de Olga Merino, editada por Alfaguara, podemos leer fragmentos como el que sigue: ‘No echaré en falta su presencia. Necesito recuperar los pequeños ruidos dentro del silencio, el crujido de la escalera, la garrucha del pozo, el cubo al caer sobre el espejo del agua…’
Si te gusta la buena literatura, has dado con el título acertado. Pocas veces te encuentras con frases tan bonitas, ésta y otras tantas rodeándola, que resulta una gozada descubrirlas. Rebosan tanta belleza, tanto talento, son tan inauditas en tiempos de escritura gruesa y al por mayor, que cuando uno las ha leído las tiene que releer para comprobar que son verdad. Y cuando lo ha hecho, para volver a saborearlas.
Pero La forastera no es un libro de lectura fácil: tiene un lenguaje complejo, propio del campo, con un vocabulario por el que puedes pasar por encima para no detener la continuidad de la trama o ante el que detenerla para ir buscando el significado de sus sustantivos en el diccionario. Armadas alrededor, además, de una sintaxis perfecta que, muchas veces acostumbrados a lecturas más banales, nos cuesta asimilar.
Pero si atendemos a la historia y superamos la barrera de lo agotador que resulta acariciar cada frase impecable, nos encontramos en un jardín lleno de literatura frondosa, de esa que si se es un lector exigente resulta miel para los ojos. Tanto es así que nos recordará al Miguel Delibes de El camino y su Daniel el mochuelo o, más cercano en el tiempo, a esa obra maestra que también fue la primera novela de Jesús Carrasco, la soberbia Intemperie que con tanto acierto llevó al cine el pasado año ese genio llamado Benito Zambrano.
Curiosamente, en todas ellas, en los dos títulos a los que remite el presente, que ahora comento, en las tres, el campo está vivo, tanto que puedes olerlo, como el aspecto positivo, o ahogarte en él cuando la descripción a ello conduce. Porque si era asfixiante el tramo final de Intemperie, con el árido paisaje y los elementos que pese a todo encontrábamos en el camino, no lo es menos ese cerco que ahoga a Angie, su protagonista, en plena calorina insoportable, en la que aún así se ocupa sin descanso de los quehaceres de la casa.
Olga Merino nos ofrece una descripción tan redonda de todo que parece que el lector pudiera acompañar a la heroína de la novela en sus andanzas por la mismísima aldea que recorre, por los campos por los que va, por los caminos trazados para llegar donde pretende.
Merino nos lleva constantemente del presente terrible al pasado no más agradable, únicamente distinto. Ahora estamos en El Hachuelo, en la aldea a la que Angie vuelve, pero también viajamos al remoto Londres, donde vivió con un pintor al que veneró y en cuyo recuerdo sigue encontrando fuerzas para sobrellevar el horror con el que ahora también duerme.
Presente y pasado se juntan incuso en el presente, en el que no solo recuerda sus dulces momentos de aprendizaje y de sexo londinense, sino en el que rebusca en archivos, papeles y personas del pueblo que relaten, aunque no hayan escrito nada, en el controvertido huracán de sus raíces.
En ese pasado ocurrieron cosas y otras peores les precedieron, todas ellas unidas en la fatalidad y el silencio. Generaciones de apellidos en la aldea callando para que las zonas oscuras parezcan siempre luminosas. Pero el silencio tiene un precio y los remordimientos siempre se lo cobran.

La forastera es puro éxtasis literario. Es de los mejores libros que uno haya podido leerse nunca. Una novela en la que todo va sumando para convertirse en leyenda. Es imposible no amar a los personajes que pueblan sus páginas, aunque sean miserables. Olga Merino construye tan bien la historia que incluso a esos despojos morales los vemos con buenos ojos, los que nos dicen que sin ellos no hay conjunto, que la mezquindad de unos complementa la bondad de los otros para que el engranaje de la novela pueda ser tan sobresaliente.
La contraportada nos advierte de que estamos ante un western, y a pesar de que en un principio, y en su posterior desarrollo, asistimos a un drama rural con una trama familiar tan oscura como dolorosa, poco a poco la estructura de La forastera va tomando forma para que el western se consolide. Un western con una mujer al frente, de armas tomar, nunca mejor dicho: a veces la vida supera el machismo al que nos ha acostumbrado la ficción.
Y digo la vida porque Angie es un alma creíble, un personaje que podría haber existido y haber hecho historia en alguna aldea remota de nuestro país. Las narraciones en las que las mujeres toman decisiones y tras ellas, la delantera, no suelen tener protagonismo en una lista de imprescindibles, pero no por ello dejan de estar ahí y de ser susceptibles de recomendarse.
Y eso que en La forastera hay hombres. Y los hubo. En el presente y en el pasado. Hombres en los que Angie se apoya, tanto en lo físico como en lo emocional. Pero es en torno a ella alrededor de quienes giran porque son ellos los que le importan, con los que ella quiere contar y a los que no podrá olvidar.
Mención aparte para los animales. Los perros que pueblan las páginas de la novela son tan adorables como los humanos que los acompañan. Dos amigos fieles a quienes los lectores cogerán tanto cariño como a la dueña que los cuida y los acoge, fundamentales en sus paseos y en sus descansos. En una aldea siempre son parte del paisaje, pero en éste, fabricado a base de letras y frases, son incluso dos componentes inseparable de la trama que nos aboca al western.
Hombres y mujeres, vivos y muertos, animales, todos unidos forman esta fascinante novela que necesariamente ha de hacerse grande en nuestra memoria, encontrando un lugar entre los grandes títulos a los que acudir cuando nos pidan consejo. Porque insisto, pese a que no es una lectura fácil sí es imprescindible. Es una obra mayúscula en medio de otras que ya se consagraron, y aunque acaba de nacer, de ser publicada, no le costará estar entre ellas en breve. Porque al arte le cuesta erigirse como tal: no es pequeño el concepto aunque lo sea la palabra que le da pie, pero cuando lo que parecía grande se constata inmenso, ya no hay pepita de oro que se trague el barro de lo vulgar.
Silvia García Jerez