INCONTROLABLE (I SWEAR): Emocionante acercamiento al Síndrome de Tourette

Incontrolable es el título que se le ha puesto en España a I swear, que en inglés tiene un significado doble. Por un lado, el más conocido, Jurar, y por otro, el menos, Decir palabrotas. En este film se refiere a lo segundo porque Kirk Jones, el director británico de Despertando a Ned o La niñera mágica, ha rodado un film que se adentra en la realidad del Síndrome de Tourette, un trastorno neuropsiquiátrico crónico que se manifiesta en quien lo padece antes de los 18 años y que muestra tics motores y vocales involuntarios en las personas que lo sufren.

En efecto, todo aquel que tiene Síndrome de Tourette, y afecta aproximadamente al 1% de la población, va por la calle insultando, teniendo espasmos en el cuello, en el tronco y en las extremidades. En mayor o menor medida dependiendo del grado de la enfermedad y de lo tratada que la tenga, porque no tiene cura pero sí existen mecanismos para atenuar sus síntomas. Y si hoy se conoce poco, en la adolescencia de John Davidson, el activista nacido en Escocia en 1971 del que Incontrolable narra su duro día a día desde que la enfermedad se le manifestó a los 15 años, entonces era como si el chico simplemente estuviera loco.

La película presenta cómo comenzó a tener los primeros síntomas, los castigos físicos que sufrió por ello y cómo afectó a la convivencia con su familia, una época terrible de su vida que se apaciguó cuando se reencontró con un amigo de la infancia que lo llevó a su casa y le presentó a su madre, Dottie (Maxine Peake), una enfermera con conocimientos acerca de cómo tratar su dolencia y de la que se hace inseparable.

Peter Mullan y Robert Aramayo en un momento del film

No sería justo decir que la dureza vivida por John hasta entonces se suaviza y se vuelve más tierna porque ser un paciente de Síndrome de Tourette es un infierno, pero su reflejo en la pantalla del modo en que Kirk Jones la traslada consigue obtener de esta pesadilla de supervivencia un ejercicio cinematográfico extremadamente emocionante. Logra que Incontrolable sea, en sus manos, lo que se conoce como un Crowd Pleaser de manual. Este anglicismo indica que una historia, por muy extrema e incómoda que resulte, acaba conectando con el público de tal manera que éste llegue a derramar alguna lágrima.

Incontrolable traslada a los espectadores la experiencia de un niño que sufrió lo indecible por una enfermedad desconocida pero que de adulto supo llevarla con algo más de resignación porque encontró en su camino a las personas que supieron comprenderla, lo que resulta fundamental para que el paciente no lo pase peor de lo que ya lo pasa.

Desde la butaca puede resultar algo pintoresco, pero imagina ir por la calle y que te insulten, que te peguen porque se le dispara la mano a quien tienes al lado o estar en una comida con una persona que te escupe lo que acaba de meterse en la boca. La convivencia resulta insoportable porque lo que le sucede es, como dice el título español, Incontrolable. Y ser conscientes de que se trata de una dolencia real que no tiene cura es el primer paso para que todos estemos con mejor humor en presencia del paciente.

Incontrolable (I swear) es, más que una película, una guía de comportamiento. Para aquellos a quienes se les diagnostica y para los familiares y amigos que están a su lado. Y sí, es dura, no es fácil de ver, pero sales reconfortado por el tratamiento que la película le da al proceso de conocimiento de la enfermedad y por cómo se cuenta todo lo que le pasó al protagonista, interpretado magistralmente por Robert Aramayo, un actor inglés, conocido por El Señor de los Anillos: Los anillos de poder, la serie de Prime Vídeo en la que se mete en la piel de Elrond, y que no tiene el síndrome que tan bien es capaz de representar. De hecho, ha ganado el premio BAFTA al mejor actor por su trabajo, imponiéndose a favoritos como Leonardo DiCaprio o Timothée Chalamet. Pero no, no está nominado al Oscar, ahí acaba su reconocimiento en las galas, así que menudo colofón merecido.

Aramayo está espléndido. Más aún, brillante. Parece fácil hacer todos esos tics pero debe ser, como actor que no los tiene de verdad, algo complicado de ejecutar y además agotador llevarlos a cabo, porque hay que repetir tomas, no olvidemos en qué consiste el proceso de un rodaje, las escenas no salen a la primera casi nunca. Y Aramayo construye un John Davidson al que quieres abrazar, al que entiendes y por el que sufres un montón.

A la ternura que el film transmite, si eso es posible en una historia como la presente, también contribuyen esa madre adoptiva sublime, encantadora, comprensiva y tierna a reventar, que lo acoge como si fuera su hijo y lo cuida como a una más de su familia. Y Peter Mullan, el actor al que conocimos gracias al cine de Ken Loach y que fue compañero de reparto en la serie de Prime junto a Aramayo, que se hace cargo de otro personaje imprescindible en la vida de Davidson y del que el público se encariña nada más entrar John por la puerta de su despacho.

Incontrolable es una película dura por el tema alrededor del que gira su argumento, y por supuesto porque no es fácil ver a una persona con Síndrome de Tourette pasándolo mal, pero también es un film que se disfruta al máximo por lo emotivo que es y por lo bien hecho que está. Recuerda a ese cine británico e irlandés que llegaba a nuestras pantallas en la década de los 90, independiente y pequeñito que hacían Ken Loach, o Danny Boyle al comienzo de su carrera, y que nos trasladaba al microcosmos del norte de Europa, tan lóbrego por su clima y poblado de personajes de bajo estrato social.

Incontrolable es el perfecto ejemplo de película que requiere de un festival para darse a conocer. Ha ganado el BAFTA al mejor actor, es cierto, pero la repercusión de ese premio fuera de Inglaterra no es tan grande. Si hubiera participado en el festival de San Sebastián habría ganado el Premio del Público y tal circunstancia habría logrado que se hubiera puesto el foco sobre ella de tal manera que llegara a ser un éxito en las salas de circuitos de versión original, en las que probablemente permanecería con varios días llenos y un boca oreja muy favorable. Pero sin más premio que con uno que no es el mejor marketing posible, Incontrolable puede quedarse sin la aglomeración de espectadores que tanto está pidiendo quienes hemos podido comprobar hasta qué punto es fabulosa. Esperemos que, a falta de brillar como el fenómeno social que se merece, sólo con su calidad pueda transformarse en la película de culto en la que está pidiendo convertirse.

Silvia García Jerez

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