IDOL

La música amansa a las fieras

David Bisbal y Bustamante fueron un par de chavales que viniendo de un entorno humilde emocionaron a millones de españoles, compartiendo el sueño de convertirse en estrellas de la canción gracias a un concurso en la televisión.
Cualquier historia de superación conmueve y el reality que les dio la oportunidad de cambiar sus vidas, se repetía casi con el mismo formato -academia televisiva o competición de talentos- en lugares tan dispares como España, China e Israel.
En poco tiempo, estos chicos que cambiaron el andamio por el micrófono y la banda de pueblo por orquestas en grandes estadios, crecieron de muchachos pobres a hombres de negocios, consiguiendo ser famosos mientras sus cuentas aumentaban en ceros.
Esa ilusión de hacerse rico alcanzando el sueño de su vida, conquistó a millones de telespectadores que además, formaban parte de la elección final del programa que descubría talentos sin importar sexo, idioma o religión, dando esperanza a quienes nunca se habían planteado ni la posibilidad de retar al destino con sólo una canción. Y aunque el gusto y el arte son cuestionables y el programa podría criticarse por manipulable, el formato hoy en día es un éxito mundial. Llegando también a muchos países donde la mujer tiene prohibido cantar hasta en la ducha y algunas canciones hasta pena de cárcel, revolucionan con tan sólo su emisión a toda una nación, desafiando la vida de los seguidores y participantes. Y si hay que tener pasión y coraje para presentarse al casting de este tipo de show, añadan el plus de jugarse la vida en cada frontera, ya que participar en esos lares implica cargar en el equipo micros y metralletas.

Mohammed Assaf es uno de esos triunfitos que sin ser un David se enfrentó a Goliat y consiguió algo similar en la Franja de Gaza, convirtiéndose en un ídolo y héroe al ganar el concurso de talentos Arab Idol. La gesta merecía ser contada e Idol retrata entre el documental y el biopic, la vida del popular cantante palestino desde su niñez hasta su victoria -y no sólo con la voz-, logrando alterar el funcionamiento social y político de un país encerrado en un conflicto permanente.

 

 

Idol está basada en hechos reales y se estructura en dos partes que repasan la infancia y juventud del protagonista (interpretado por dos actores según la edad); un par de mitades algo desequilibradas que componen un amable reflejo tanto de la biografía del artista como de la situación de represión de una población junto a un paisaje entre ruinas, minas y balas; aunque a la par, hay bandas de música y andamios en construcción.

El film emociona en sus comienzos, apoyándose en la magia e inocencia de toda mirada de un niño, durante esos años donde todo es aventura -hasta el viaje de polizonte a Egipto- Y tu pandilla el mejor refugio -también en Gaza-. Pero según avanza la historia y los muchachos maduran en jóvenes agarrados a la desesperanza, la fe o a un pistola, la película se carga de documentos de archivos y abusa de las grabaciones de televisión que paradójicamente parecen restar veracidad y profundidad al relato -aún incluyendo escenas que resultan extremas pero fueron realidad-.

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Hay días que se agradece la sonrisa del melodrama reconfortante, sin juzgar el envoltorio ni comparar el continente con el contenido. El humor hace llevadera cualquier guerra y el director Hany Abu-Assad ya lo había probado con maestría en Paradise Now, desconcertando y fascinando a partes iguales con las reflexiones e ironía de un terrorista suicida a punto de inmolarse. En Idol opta de nuevo por la risa frente al drama. No obvia el dolor pero tampoco lo evita, como cuando aparece algún mutilado en pantalla o asistimos a los ensayos con la chica del grupo y hasta le acompañamos a comprar los instrumentos; eso si, ella toca escondida por ser mujer y aquellos que venden la guitarra son peligrosos contrabandistas.

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Llegando al final, me viene a la mente Mustang, esa otra estupenda fábula con cinco hermanas turcas en plan vírgenes suicidas por un partido de futbol que representa el planazo del verano y la oportunidad de su vida para ser libres. Y recuerdo que no hace mucho, Rock The Ksabah con Bill Murray a la cabeza del reparto y Barry Levinson en la dirección, pasó sin pena ni gloria por la cartelera -ni si quiera por la portada de LaCronosfera– y quizá ahora es momento de reivindicarla. Porque nos cuentan casi lo mismo pero en Afganistan, hasta por el dato que la ganadora en este caso es una adolescente que sigue prensa por la hazaña. Igualmente correcta y pasable como necesaria y recomendable, por la denuncia que realiza y el homenaje que brinda a es@s valientes soñadores y talentosos cantantes.

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Como Idol que aun quedándose un tanto en la sensiblería y envoltorio del mismo show -ya saben que además siempre debe continuar-, confirma aquello de que la música amansa a las fieras. Más aún en lugares a las puertas del infierno, donde el verdadero paraíso es esa música que cual llave abre fronteras, guía destinos y alimenta almas.

Mariló C. Calvo

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