HERMANAS: Las sombras de la familia
Qué engañados estamos a veces con los parentescos. Nos creemos que porque dos chicas sean hermanas ya es todo paz y armonía entre ellas, que no se ocultan cosas, que no hay rencillas ni reproches y que todo en sus vidas es pura felicidad llena de bonitos recuerdos de los que hablar en una reunión familiar o mirando fotos del pasado.
No, aceptemos la realidad: entre hermanas también puede crecer el mayor de los odios, el rencor más intenso y la ira más ciega. Pueden saltar chispas a cada palabra, nada de lo que se diga será bienvenido, y todo se usará en contra de la otra cuando llegue el turno de responder y explotar.
Porque la palabra es un arma poderosa. Puede herir o puede curar. Tú eliges la que usar, pero que esté completa, que no sea un diminutivo porque eso lastra el lenguaje y le resta su verdadero significado, su contundencia, el objetivo para el que nació y fue creada.
Todo eso es lo que plantea Hermanas, de Pascal Rambert, autor francés que ha concebido la misma obra para España y para su país de origen, para cuatro actrices, dos aquí y dos allí. Dos idiomas distintos para una misma representación.
Aquí, las encargadas de soltar su rabia son Bárbara Lennie e Irene Escolar, que trabajan juntas por primera vez y que interpretan a personajes con sus mismos nombres y que ya desde el principio de la obra, desde la llegada de Irene al lugar de trabajo de Bárbara, el espacio donde ofrecerá una conferencia que la propia Bárbara se encargará de acondicionar desplegando las sillas que vemos dispuestas en el fondo del escenario, desde ese inicio, la tensión rasga el aire.
Y nos metemos con facilidad en su mundo, el de dos hermanas que acaban de sufrir una tragedia familiar y que vagan rotas por sus días, cada una con su dolor, cada una con sus motivos, cada una tirándole a la otra los pedazos que les quedan de su maltrecha vida.

Irene y Bárbara, dos ganadoras de Goya por interpretaciones en cine, y dos titanes de la escena teatral, se enfrentan en una guerra de la que ninguna sale vencedora porque ambas demuestran que tienen el altísimo nivel que el texto exige.
Su capacidad para transmitir lo que sienten sus personajes es épica y segundo a segundo en la obra las dos ponen de manifiesto que no hay mejores actrices que ellas para hacernos partícipes de lo que ha ido ocurriendo en las vidas de sus alter ego.
Tanto Irene como Bárbara cuentan con momentos intensísimos que dejan petrificado en la butaca, monólogos ardientes en los que los dardos vuelan, en los que los recuerdos suenan a amenazas, las de que quien los cuenta no olvidará lo que considera una afrenta. O un reproche injustificado. No lo olvidará porque nunca ha podido olvidarlo y por eso sale ahora a flote, mientras ellas se hunden.
El trabajo de las dos actrices es inigualable. Una escucha inquieta, la otra habla con un nerviosismo latente. Se nota la tensión de años, se adivina un largo camino de traiciones asumidas que ahora son reveladas. Una, la mayor, Bárbara, espejo de aquello a lo que Irene aspira, han sido rivales en todo, incluso en cuanto a sus vidas sentimentales, reflejadas en Felipe, símbolo de un tira y afloja que las ha marcado.
Imposible no rendirse ante la grandeza de ambas actrices, imposible no preguntarse cómo son capaces de decir tanto con tan poco… con tan poco tiempo y con tan poco aire. Las dos vacían sus pulmones y solo la profesionalidad de ambas les permite no desfallecer entre un monólogo y otro, a los que separa una tregua musical bastante curiosa, por el momento en el que tiene lugar y por el cambio de luces que adopta el escenario.
Pero entre tanta catarsis también hay lugar para el humor en Hermanas. El humor se libera en las reacciones, las respuestas, los tonos en que se plantea el pasado. El drama intenso se mezcla con el humor liberador, el humor nervioso de una situación tensa que aparece porque nada es completamente oscuro, aunque el ánimo no pueda verlo.
Hermanas ha agotado todas las entradas en Madrid hasta el fin de sus funciones, el 10 de febrero. Se han vendido como para un concierto de U2. Una locura. Una locura que justifica todo, porque ver a Irene Escolar y a Bárbara Lennie en esta obra es un hito que ningún amante del teatro debe perderse. Dejarán una huella imborrable en el Teatro Kamikaze, donde Bárbara es ya una memorable institución y donde Irene sigue forjando su leyenda como la gran dama del teatro que es.
Silvia García Jerez